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5.11.2016

 

Dicen que Motorola no tenía suficientes guardaespaldas. Otros responden que en una situación de guerra los oficiales y sus familias deben estar en los cuarteles. Quienes piensan así es que no comprenden de verdad las realidades de esta guerra.

 

Dicen que Motorola no tenía suficientes guardaespaldas. Otros responden que en una situación de guerra los oficiales y sus familias deben estar en los cuarteles. Quienes piensan así es que no comprenden de verdad las realidades de esta guerra.

El número 121 de la calle Chelyuskintsev es un habitual panel, un edificio de nueve plantas y seis portales. Ahí, en el séptimo piso, vivían Arsen Pavlov y su familia: su mujer y dos niños muy pequeños.

Lo repito una vez más: el legendario Motorola vivía en un edificio normal. Para dejarlo más claro: yo, al buscar un piso en Donetsk, no me planteé esa opción. Y soy un hombre común sin ninguna pretensión especial.

El escritor Zajar Pilepin, tras visitarle, describió así la casa del coronel Pavlov: “lo normal, con un ligero olor a humedad, una entrada algo raída (…) un piso de tres habitaciones, dormitorios pequeños y una mínima cocina”.

Cualquiera diría que alguien tan importante y conocido tendría que vivir en un edificio de lujo en un terreno cerrado, vallado y con cámaras de seguridad. Pero aquí ni siquiera había un portero.

“A nadie le sorprendería o le molestaría”, escribe Prilepin, “que Motorola hubiera vivido en una casa aislada detrás de un gran valla y con un tanque vigilando en el jardín”. “Hay muchas casas de ese tipo vacías en Donetsk, viviendas cuyos dueños huyeron a Kiev al principio de la guerra. Al fin y al cabo, Motorola era uno de los principales “militantes separatistas”, si hay que creer lo que dice la prensa ucraniana, con todo lo que se enriqueció en la guerra, debía haberse construido un gran palacio hace mucho tiempo,. Pero no fue así”.

¿Por qué no? En una entrevista, ante la pregunta de “quién es realmente Arsen Pavlov”, Motorola contestó:

Soy un trabajador corriente. Solo estoy trabajando. Trabajando con mis manos y ganando un sueldo, ese es mi camino. No necesito nada más para mantener a mi familia. No necesito esforzarme para ganar más y ser mejor que los demás. Eso es ser un trabajador normal. Yo considero que es lo normal”.

Dicen que no se mudó a la calle Chelyuskintsev hasta este verano. Su domicilio anterior, a pocas manzanas del lugar de su muerte, tampoco era una vivienda de élite, pero al menos era un edificio post-soviético de ladrillos. Vi como se le protegía. Varios milicianos armados se sentaban en un coche aparcado a la puerta. Además, su equipo protegía a su mujer: cuando salía de casa, el coche ni siquiera estaba ahí.

El propio Arsen solía circular por la ciudad en su quad, generalmente él solo o seguido por un coche.

Muchos se sorprenden por esa falta de preocupación y por la modesta vida del popular comandante. Muchos dicen que no hay suficientes fuerzas de seguridad; otros, que en situación de guerra, los oficiales y sus familias deberían estar en cuarteles, en campamentos militares con seguridad. Pero quienes piensan así no comprenden las realidades de esta guerra, que por su extraña naturaleza es difícil de definir. La palabra más utilizada suele ser “híbrida”.

El problema no es solo el complejo enredo de la intervención militar directa e indirecta de las grandes potencias, unida al uso de la tecnología de la información, sanciones económicas y maniobras diplomáticas. El problema es que estas formas de guerra también forman un complejo híbrido con la paz. Y lo que es más, esas formas habitualmente se decoran con formas legales con diferentes treguas  o procesos de negociación.

Así lo apuntó acertadamente el publicista Eduard Birov en una entrevista a Bashar al-Assad, un hombre que lucha una “guerra híbrida” en otro teatro de operaciones:

Para la mayor parte de las mentes occidentales, acostumbradas las guerras del siglo XX y a ciertas pautas de comportamiento en la guerra, les causa gran confusión combinaciones como la de calles pacíficas a escasas manzanas de la batalla.

Mantener la vida civil causa un efecto psicológico de cierta normalidad, que ayuda a superar el miedo al terror y permite mantener el funcionamiento de la economía, también atacada”.

El propio Assad explica la diferencia entre la guerra híbrida y la guerra abierta que conocemos gracias a las historias familiares, los libros o las películas y en la que toda la vida del país se ve afectada:

Eso es así cuando la guerra dura unas pocas semanas o unos pocos meses, pero cuando la guerra ya ha durado seis años, eso supone una parálisis de la sociedad y una parálisis del país. No se puede ganar con una sociedad paralizada”.

Pese a la transición hacia el modelo de ejército regular según el modelo ruso, las fuerzas armadas de las Repúblicas de Donbass siguen siendo, en la práctica, un milicia, lo que significa que hay personas que han tomado las armas para defender el modo de vida de la región, sus ciudades y sus pueblos de una fuerza externa.

Viven donde luchan y luchan donde viven.

La posibilidad de una vida pacífica a sus espaldas causas sentimientos contrapuestos. Por una parte, da fuerza para continuar la lucha, pero por otra puede resultar irritante que haya quienes actúan como si no hubiera ninguna guerra.

Este contraste se vivió en junio de 2015, durante la batalla de Marinka, uno de los suburbios de Donetsk. Me encontraba en una calle transitada y veía pasar los blindados con los espartanos de Motorola: circulaban adelantando coches, pasaban al lado de centros comerciales, parques perfectamente cuidados en Donetsk mientras el sonido de la artillería desde los suburbios del suroeste se intensificaba. Pareció que la calle se quedó quieta un momento, mirando las caras de los solados armados y equipados y ellos miraron a la cara a los civiles que hace un momento seguían su camino y en ese momento habían frenado en seco y les seguían con la mirada.

Todos pensábamos que esos soldados podían encontrarse con la muerte, nadie sabe quién está destinado a sobrevivir hoy ni quién va a caer. Cuando la columna pasó, la ciudad siguió como si nada hubiera pasado y continuó con su vida normal. Solo el lejano temblor de las explosiones recordaba la muerte y la guerra.

Motorola estuvo en el frente de Novorrusia desde los primeros días de la primavera rusa y los primeros días de mayo de 2014. Resultó herido muchas veces, varias de ellas de gravedad. Y todo ese tiempo, fue un trabajador de esta guerra.

Donetsk es una ciudad de trabajadores: algunos de ellos vuelven a sus apartamentos en los paneles [típicos grandes bloques soviéticos] de su trabajos como carniceros; otros, de los talleres. En los últimos años, algunos vuelven a casa desde el frente. Pero también hay otras profesiones que carecen de todo romanticismo soviético: algunos lavan coches, otros producen monumentos de granito y otros reparan tuberías o barren las calles.

Uno de los intelectuales liberales escribió en su perfil de Facebook: “De no ser por el Kremlin, Motorola seguiría trabajando en lavado de coches en una gasolinera; la RPD y la RPL solo existían en la mente de tres tarados, y Girkin [Strelkov] seguiría emborrachándose en su jrushchyovka” [típicos bloques residenciales de la época de Jruschev].

Si piensan que esto demuestra un antagonismo con el Kremlin, se equivocan. Al contrario. Por quien muestran repulsión en realidad es por los habitantes de los paneles soviéticos, especialmente si intentan abandonar ese espacio.

Arsen Pavlov abandonó su trabajo para convertirse en Motorola y participar en unos hechos que van a determinar el curso de la próxima década. Su nombre y su nombre de guerra ya han pasado a la historia. Todo ello para convertirse en el héroe cuyas fotos de boda se publicaron en The New York Times o Daily Mail.

Para convertirse en leyenda.

Motorola es el ejemplo más claro, aunque no el único, para refutar la idea de que los rusos han perdido la pasión o de que el pueblo ruso está roto o marchito. Y ese es el principal motivo del odio que le profesaban los defensores de la política ucraniana a ambos lados de la frontera ruso-ucraniana.

En la retórica de la propaganda, Motorola y el igualmente famoso Mijail Tolstij, Givi, se han convertido en una especie de equivalentes a los bíblicos Gog y Magog. “Vendrán a ti Givi y Motorola”, “Givi con Motorola quemarán tu casa”, se atemorizan unos a otros los pro-ucranianos.

¿Cómo se gestó esa reputación?

Para acabar, de alguna manera, con el terror que produjo el estallido del viento del norte en agosto de 2014, la prensa inventó el mito de la heroica defensa del aeropuerto de Donetsk, en el que los antagonistas a los ciborgs ucranianos eran los mismos Givi y Motorola.

Aunque en realidad, el aeropuerto estaba más protegido por los acuerdos de Minsk que por las armas ucranianas y cayó en los primeros días de la nueva ofensiva, en la mitológica percepción ucraniana, las personas que lo habían tomado se convirtieron en su pesadilla, en la viva imagen del mal absoluto, nazgûls de un imaginario Mordor. Esta historia ilustra a la perfección una diferencia entre las partes en combate que muchas veces se tiende a ignorar.

Vivo, de carne y hueso, con sus cualidades y sus fallos, Motorola se enfrentó a algunos ciborgs, anónimos, igual que lo fueron los anteriores héroes, las centurias celestiales. No hay nombres, ni apellidos, ni siquiera nombre de unidades militares. ¿Para qué? Detalles sin importancia. ¿Para qué evaluar las pérdidas reales? ¿Para qué buscar a los comandantes responsables? Los ciborgs no fueron bajas. Un ciborg enterrado bajo el cemento es suficiente para que en Kiev sigan confiando en que el aeropuerto de Donetsk es suyo.

No necesitan comandantes. Estaba el “legendario combatiente Kupol”, pero en cuanto en el primer minuto de la tregua Pavlov le estrechó la mano ante las cámaras, inmediatamente se desintegró, y resultó que no era “ese” legendario Kupol sino alguien diferente.

Esa distinción es a la vez una fortaleza y una debilidad de la rebelión de Novorrusia. La fuerza resiste en que un hombre de carne y hueso es más atractivo que una marca comercial y esta rebelión dio lugar a imágenes de seres humanos heroicos que se levantaron prácticamente de la nada una vez que la población abandonó sus jrushchyovkas y lavacoches. Mucho sigue dependiendo de ese tipo de personas y de su imagen. Sin ellos no habría habido ningún Voentorg, ni turistas, ni esfuerzo de la “burocracia patriótica rusa” ni nada de lo que a día de hoy hace posible la vida a escasos palmos de territorio ucraniano.

Por otra parte, en un principio estas personas eran contrarias a la maquinaria de Estado, con sus servicios de inteligencia, ejército y propaganda, cuyo poder no debe subestimarse. Es capaz de aplastarlo todo con su propio peso. Cualquier maquinaria de Estado, incluso la más oxidada y corrupta, es más fuerte que los personajes con carisma.

Solo se puede contrarrestar a la maquinaria de Estado con otra, una más fuerte y más efectiva. Pese a mi entusiasmo por las Repúblicas Populares, soy consciente de que “ciertas áreas de Donetsk y Lugansk” no disponen de los recursos para crear esa maquinaria.

Todas las muertes traen consigo el espíritu de la pérdida irreparable. Y nadie puede decir qué pasará cuando todos los que están en primera línea ya no estén. ¿Qué y quién vendrá a sustituirles? Es difícil encontrar una mejor garantía de que la primavera rusa no quedará enterrada junto a sus protagonistas que la memoria que ellos mismos han dejado. Su memoria vivirá en millones de personas desde Brest hasta Vladivostok.

Son los ciudadanos de Donbass los que tienen que resolver este asunto, pero me parece que el coronel del Ejército de la RPD Arsen Sergeyevich Pavlov merecería ser enterrado en el parque al sur de la Plaza del Teatro, en la calle Artyom [calle central de Donetsk]. Ahí están enterrados los liberadores de Donetsk: el coronel Franz Andreyevich Ginkevich, comandante de la 32ª Brigada, y el teniente-general Kuzma Akimovich Gurov, miembro del Consejo Militar del Frente Sur.

Memoria eterna para el héroe.

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