Por Ulises Canales

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Beirut, 11 nov (PL) Las preguntas infaltables hoy en círculos de poder de Medio Oriente son cuáles de los peligrosos anuncios del presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, se materializarán y, de ocurrir, cuánto incidirán en las relaciones con Washington.

Al margen de Israel, al que todo inquilino de la Casa Blanca tiene que tratar como aliado estratégico intocable, en los países árabes los mensajes de felicitación al vencedor de las elecciones del 8 de noviembre entrelazaban buenos deseos con un discreto optimismo que tampoco escatimó en escepticismo.

Desde el rey Salman bin Abdulaziz de Arabia Saudita, el país árabe más influyente en la zona del golfo Pérsico y un aliado clave de Estados Unidos, pasando por el presidente de Emiratos Árabes Unidos, los emires de Qatar y Kuwait, o el sultán de Omán, los parabienes apelaban a ‘lazos históricos’.

‘Éxitos en su misión para lograr seguridad y estabilidad en Medio Oriente y el mundo entero’, le deseó el monarca wahabita al enaltecer las ‘históricas y estrechas relaciones entre los dos países amigos, que todas las partes aspiran a desarrollar y reforzar’.

El discurso disonante, como suele ocurrir cuando se trata de Estados Unidos, provino de Irán, cuyo presidente, Hassan Rouhani, y la Cancillería advirtieron que la victoria de Trump no impactará en la política doméstica y le exigieron a Washington ‘evaluar’ su estrategia hacia Medio Oriente.

Rouhani y el propio ministro de Relaciones Exteriores, Mohammad Javad Zarif, valoraron que ‘no había posibilidad’ de que el acuerdo nuclear suscrito en julio de 2015 entre Irán y seis potencias mundiales sea revocado.

A pesar de que Trump fijó entre sus prioridades ‘hacer pedazos’ el entendimiento que firmaron en Viena, en julio de 2015, Irán y el Grupo 5+1, Rouhani y Zarif recordaron que el mismo no concluiría con un país o gobierno, pues fue aprobado por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU.

Desde Rumanía, donde estaba de visita oficial, Zarif urgió a Washington a ‘atenerse a los acuerdos’ y ‘entender las realidades del mundo de hoy’.

Y es que la inminente ‘era Trump’, que para casi todos era improbable -en virtud de las encuestas- e indeseable -a partir de las virulentas declaraciones del candidato republicano durante su campaña-, se anuncia enmarañada y con puestas en escena que alternarán con una dura diplomacia tras bambalinas.

Nadie cuestiona la inexperiencia del presidente electo norteamericano en asuntos de política exterior y militares, y aunque los más optimistas confían que su vicepresidente Michael Pence aportará a su administración algo de sensatez, en esta región prevalece una suerte de miedo al disparate.

Entre las declaraciones y promesas más controversiales de Trump referidas a Medio Oriente destacan, además, apropiarse de todo el petróleo de Iraq ‘en compensación por la guerra (invasión) de 2003’ y reconocer a Jerusalén como capital de Israel moviendo hacia allí la embajada ahora en Tel Aviv.

Alentado a dar ese paso por el poderoso lobby judío y figuras políticas israelíes, si Trump lo consuma, abortará la idea de un Estado palestino independiente y certificaría la defunción del moribundo proceso de paz, el que el presidente Mahmoud Abbas le pidió el miércoles revitalizar.

En la llamada guerra contra el terrorismo y el extremismo, el Estados Unidos de Donald Trump es visto como ‘beneficioso’ por Turquía, pues sin abandonar los compromisos militares con la OTAN, es previsible que busque el involucramiento de la Rusia de Vladimir Putin, sostienen analistas.

Vale recordar que Moscú es el principal aliado político y militar del gobierno del presidente Bashar Al-Assad, y apoya a Siria en la lucha contra grupos terroristas que son armados y financiados por Ankara, Riad y otros países árabes del Golfo, según denuncia Damasco.

Hace apenas cuatro meses, el entonces candidato republicano dijo que Washington podría abandonar sus compromisos militares con la alianza atlántica, incluida la obligación de defender a miembros contra ataques, aunque desea involucrarla en una coalición contra el Estado Islámico (EI).

En las calles árabes una de los desatinos de Trump que generó mayor repulsión fue su plan de lucha contra el Islam ‘radical’ para derrotar al EI mediante lo que describió como ‘guerra ideológica’ similar a la que la Casa Blanca usó para denostar al comunismo durante la Guerra Fría.

La formación de un comité que enseñe a los estadounidenses a reconocer a ‘musulmanes radicales’ y desmantelar grupos de esa línea se concatenaría con una ‘pausa temporal a la migración desde ciertos países’, sobre todo los de mayoría islámica y los que Washington critica por no compartir sus valores.

Aires de relativo sosiego se respiran, sin embargo, en salones palaciegos donde se aconseja tener en cuenta que la retórica del candidato republicano difícilmente será la misma del presidente 45 de la mayor potencia del mundo.

Según círculos políticos y diplomáticos árabes, tres meses después de que Trump declaró la infame prohibición de entrada de los musulmanes (diciembre de 2015), miembros de su equipo contactaron a embajadas de Medio Oriente en Washington para tranquilizarlas y aconsejarles ‘ignorar’ la retórica.

Incluso, columnistas comentaron al canal Al-Arabiya que diplomáticos árabes, sobre todo los de países del Consejo de Cooperación del Golfo, recibieron la pasada primavera garantías de voceros de Trump de que ‘lo que se estaba diciendo en la campaña era diferente de cómo él gobernaría’.

Tras un resultado electoral inesperado, lo previsible es que Washington mantenga la esencia de su relación con una zona del mundo sumamente convulsa, pero inmensamente valorada en términos geopolíticos, energéticos y de seguridad global, y es justo ahí donde se abre camino lo impredecible.

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