Publicado y traducido por: Nahia Sanzo
Artículo Original: Novorosinform

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Hace un año que no hay agua corriente en la ciudad de Elenovka, ciudad situada en la línea del frente. Los residentes se aprovisionan en fuentes y pozos cercanos. “Si antes, especialmente durante los preparativos para la Euro 2012, me hubieran dicho que en unos pocos años estaría viviendo en la edad de piedra, me habría reído”, afirma Marina, residente de la localidad. “Pronto tendremos de todo, baños-será como el paraíso. Aquel año, a pesar de los bombardeos, del miedo, había algo de agua. Salía un poco oxidada, pero algo había. Este año, nada de nada”.

Antes de la guerra, Elenovka era un lugar que incluso tenía cierto prestigio. Desde el límite de Donetsk hasta aquí no se tardaba más que diez minutos en coche en lo que era prácticamente como una autopista europea. Se arregló la carretera para la Euro 2012. De camino al mar de Azov, la mayor parte de ciudadanos de Donetsk pasaban por aquí sin parar, a veces siquiera sin reducir la velocidad. Algunos tenían dachas aquí, lo que hizo aumentar los precios de las casas y la tierra hasta niveles comparables a los de las afueras de la capital de Donbass.

Marina trabajaba en ventas. Al referirse a su último empleo, añade: “de grandes compañías constructoras”. Con el estallido de la guerra, volvió al pueblo. Dio a luz a su hija y ahora cuidar de ella requiere al menos cincuenta litros de agua al día para bañarla, fregar los platos y otras necesidades de un bebé de ocho meses.

“Hay que ir de fuente en fuente a por agua”, se queja Marina. “Bombardearon hasta dejarnos sin agua y se marcharon. Por el jardín íbamos a casa de la abuela y cogíamos agua, pero en verano dejó de haber. Yo lavo las cosas de la niña con agua de lluvia, pero en invierno ya no habrá. ¿De dónde la sacaré? Mi padre tiene cáncer, no puede levantar peso. ¿Qué podemos traer mi madre y yo? Antes, Kostya iba cinco veces al día con dos garrafas. Pero Kostya murió…”

Para una familia de dos mujeres, un bebé y un hombre enfermo, Elenovka es como vivir en el desierto. Desde la casa de Marina hasta la fuente hay más o menos un kilómetro por un camino de tierra. Con las primeras lluvias serias, el camino queda impracticable. La tienda más cercana, donde en verano se podía adquirir agua, está cerrada. Solo funcionan las tiendas de la carretera. Pero son caras. Y el dinero escasea.

A día de hoy, Elenovka se encuentra en la frontera de la República, con todas las consecuencias que eso supone. Ahora nadie acelera por la autopista. La carretera a Mariupol es un callejón sin salida. El sistema de puesto de control, barreras y aduana ha cortado en dos la carretera. Ahora, Elenovka es el puesto fronterizo.

En la parte derecha de la carretera se agolpan los vehículos que viajan a la parte ucraniana. A juzgar por la expresión de los conductores y pasajeros, no son los típicos turistas que una vez circularon por estas carreteras en dirección a la playa. A finales de abril, Elenovka volvió a ser atacada. El ataque golpeó a vehículos que esperaban la apertura de la carretera. Murieron cinco civiles, incluyendo una mujer embarazada. Desde entonces hay, a la derecha de la carretera, un pequeño altar, con la esperanza de que sea una protección.

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Últimamente, los residentes del distrito de Elenovka-Leningsky no se han sentido ciudadanos. Es mucho más complicado entregar las prestaciones sociales y cubrir las necesidades básicas de la población para el consejo local aquí que en el centro de la República.

A lo lejos se escuchan los disparos. Desde Elenovka hasta las posiciones del Ejército Ucraniano no hay más que algunos centenares de metros. Las granadas y las bombas desde el otro lado caen en Elenovka regularmente. Pero el pueblo no aparece en las noticias tanto como Zaitsevo u Oktyabrsky. Aunque la guerra aquí es la misma que allí. Los bombardeos se redujeron a principios de otoño, pero vuelven a tener la misma intensidad.

“Oh, el acuerdo de Minsk”, comenta nuestra interlocutora al escuchar una explosión a lo lejos. “En Ucrania no se puede encontrar un lenguaje común y la bomba [que suministra agua] está allí. Dicen que todo está ahí y que no hay agua. El consejo local paga para reparar los daños en los colegios, guarderías y hospitales de Dokouchaevsk. También arregla el camino, aunque el proceso es lento. Voy a la tienda, compro agua para que tengan mis padres y los niños en la guardería”.

No hay trabajo en Elenovka. Tampoco se puede trabajar en Donetsk porque no se puede llegar. Algunos han creado trabajos, pequeños negocios nacidos de las circunstancias: la venta en los puestos de control. En general, la población vive de la agricultura de subsistencia, pero también para las huertas es necesaria el agua.

“La pensión de mi madre es de 1.700 rublos, yo recibo 700 por el cuidado de la niña y mi padre, una pensión de 2.000 rublos. Todo el dinero se gasta en medicinas y la niña. Nos llega la ayuda humanitaria de Rinat Ajmetov. Sin las huertas no sobreviviríamos aquí, pero no hay suficiente agua”, dice Marina. “Así vivimos aquí – si al menos dejaran de disparar. El dinero se puede buscar, pero ahora he comprendido que lo verdaderamente importante en la vida es el pan y el agua. ¡El agua! Y no hay”.

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“Para regar la huerta es necesario alquilar un coche y traer agua. El ganado y los pollos también necesitan agua. Pero en el mercado es más caro”, añade su vecina Olga. “En verano no ha llovido, así que no ha brotado casi nada y lo que ha crecido se ha secado”.

Sin trabajos y con las huertas como modo de vida, restaurar las casas es imposible incluso para los residentes con más iniciativa. A Valery, antes conductor en la fábrica Nord en Donetsk, le faltan tres años para poder cobrar pensión pero, a causa de la guerra, perdió el trabajo en la fábrica.

“Tengo buen coche aquí. He comprado carbón para el invierno y una lona para al menos cubrir el tejado. Cómo será el invierno, no lo sé. Hace dos años que pienso de qué vale la casa: sin tejado, sin paredes, nada. Con impactos desde todos los lados”, dice mientras echa gasolina de una botella en su Volga. Gracias al coche, se le considera prácticamente el más rico del pueblo. El Volga da de comer a su familia, obligada a vivir en la casa bajo una lona.

Según Valery, durante los meses de guerra activa, la gasolinera, situada en territorio ucraniano, sufrió daños. Dos años después sigue sin reparar. La misión de la OSCE, por supuesto, visita Elenovka. Pero no les interesa mucho la situación humanitaria. Al menos no hay ningún llamamiento a Kiev para que reanude el suministro de agua a Elenovka.

“El agua viene de Volnovaja. Se bombea en Novotroitskoye para aumentar la presión. Y contacta con la planta eléctrica en Mariupol. La presión da para llegar hasta Dokouchaevsk, pero no es suficiente para llegar más lejos”, explica Valery.

Los residentes locales explican que el ayuntamiento ha llegado a entregar material al otro lado para reparar las tuberías, pero no tienen prisa por hacer nada. Diferentes países, diferentes pueblos. Hubo una vez cuando había intereses comunes, agua común. Ahora no.

“Hace un mes y medio que el material está cerca del puesto de control. Pero vivimos con las fuentes secas, tuberías vacías y Minsk”.

“¿Qué te voy a decir, habrá agua en Elenovka?”, dice una mujer de más de sesenta años, vestida con una chaqueta raída y chándal, que recoge agua en botellas de cinco litros en la fuente. Es Olga Ivanovna, pensionista. Después de dos años en la línea del frente, ha dejado de creer las promesas. Habla como todos aquí, mezclando palabras rusas y ucranianas. “¿Cómo vivimos aquí? En pocas palabras, de la cama al sótano y poco más. Mi marido está paralizado, no puede andar. Ha tenido tres ataques. No hay agua, no hay gas. Desde hace cuarenta años había agua en las fuentes, pero ahora están secas. Los vecinos tienen agua. Se marcharon y nos permitieron usar el pozo, pero es salada, no para beber. En coche traen botellas. ¿Quién me va a ayudar, quién?