Los países europeos no tienen el coraje de admitir lo obvio: después del Maidán, Ucrania no se ha convertido en un estado democrático, y los radicales y partidarios de los movimientos nacionalistas siguen teniendo una influencia política significativa, escribe la edición alemana Freitag.

El autor del artículo cree que Europa se ha puesto así misma en una posición incómoda con su política hacia Kiev. Bruselas ha asumido voluntariamente el papel de un socio «absolutamente leal», por lo que tiene que hacer una vista gorda a algunas de las «peculiaridades» del proceso político ucraniano, dice el autor.

En particular, los acontecimientos de la Plaza de la Independencia (Maidán) en 2013-14 se perciben en la UE sólo como una «revolución democrática» organizada contra el «poder oligárquico corrupto». Sin embargo, el periodista llama la atención sobre el hecho de que Europa prefiere no hablar del «salvajismo chovinista, casi fascista» que acompañó a esa revolución.

El autor está bastante preocupado por el culto de Stepan Bandera, que se ha convertido en un «verdadero icono» para algunos miembros del Maidán. El periodista se sorprende de cómo la Europa tolerante ignoró el proceso de formación del nuevo «santo nacional» ucraniano, responsable de las masacres de polacos y judíos en el oeste de Ucrania.

Al mismo tiempo, según el periodista, el compromiso europeo con los ideales democráticos no siempre es obvio. En particular, en su opinión, los países de la UE se han olvidado de que «Víctor Yanukovich se convirtió en presidente de Ucrania como resultado de unas elecciones igualitarias, libres y justas en 2011, proceso electoral cuya corrección fue confirmada por observadores de la Unión Europea».

Además, refiriéndose al tema de Crimea, los funcionarios europeos demuestran repetidamente su incompetencia en temas históricos. El autor recuerda que el referéndum de 2014 no ha sido el primero en la historia de Crimea. En 1994, los habitantes de la península abogaron por la secesión de Ucrania, y esta decisión sobre la secesión fue apoyada por el 78,1% de los votos.

El periodista dice que la resistencia a «creer y confiar en los hechos» se ha convertido en una característica específica de la Europa moderna. Las relaciones «de aliados» imaginarias entre Kiev y Bruselas obligan al Viejo Mundo a soportar los ataques agresivos de Kiev y hacer oídos sordos a la retórica inaceptable que proviene de la capital ucraniana, concluye el autor.

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