Urdangarin, el condenado por confiado

Fecha de publicación: 17 02 2017, 17:26

Por Iñigo Dominguez. El exduque de Palma siempre actuó como si no fuera a pasarle nada, no se sabe si por inocencia pura o inducida

Las primeras alarmas sobre lo que andaba haciendo Iñaki Urdangarin, duque de Palma, son nada menos que de 2005, hace ya doce años. Cuando participó en uno de los primeros ampulosos eventos del instituto Nóos, el Illes Balears Forum ya había sonado raro. Fue entonces cuando un asesor de la Casa del Rey, José Manuel Romero, conde de Fontao, se reunió con él y le dio un toque de atención. Pero siguió a lo suyo. Es lo asombroso, e interesante, de su actitud en este asunto. O nunca creyó que hiciera nada malo o que le fueran a pillar, y es ahí donde reside la clave del caso, en por qué pensaba semejante cosa.

Cuando llegó el momento de la verdad, sentado ante el tribunal en el juicio celebrado hace un año, lo explicó de forma desvalida, casi infantil, como fruto de la ingenuidad o la confianza en quienes le rodeaban. Esa confianza es la ambigua cuestión central de este juicio, ajena a lo que se juzgaba, pero solo dentro de la sala, y de hecho su defensa ha jugado con ella hasta el final: ¿Urdangarin creía realmente que no pasaba nada o creía que no pasaba nada porque estaba por medio la Familia Real? Esta segunda hipótesis sacaba a la luz el tabú de la sospecha de un modo de vida en la institución, de que las cosas siempre se habían hecho así o se habían consentido. En este escándalo han pasado en sordina la lista interminable de empresas que había pasado por el aro soltando pasta como si fuera una regla no escrita. Pero en cualquier caso, aunque así fuera, el caso Nóos, y la sentencia de hoy, ha marcado una línea muy clara: ya no es así.

La oprobiosa sensación general de compadreo llegó en aquellos años a cotas muy altas, si se piensa que el jefe de la Casa Real que anunció en 2011 el alejamiento de Urdangarin de las actividades de Zarzuela por su comportamiento “no ejemplar”, Rafael Spottorno, ha acabado sentado en el banquillo de las tarjetas opacas de Caja Madrid. El exduque de Palma es la principal víctima de la nueva línea de transparencia que ha querido implantar Felipe VI tras la abdicación de Juan Carlos I, a raíz precisamente de esas sombras que rodeaban su forma de tomarse su figura. El caso Nóos, entre otros factores, lo precipitó, y gracias a eso la Corona puede hoy mantener cierta distancia. Basta imaginar que pasaría hoy si aún siguiera en el trono Juan Carlos I.

El exduque de Palma es un símbolo demasiado perfecto de la parábola de un país, que arranca en Barcelona 92 y naufraga en la España del ladrillo y los congresos de chichinabo. El chico guapo de la selección de balonmano que brilla en los Juegos Olímpicos, se liga a una infanta, se casan, son felices, monta un chiringuito de pelotazos y se compra un palacete. En un momento memorable del juicio, quedó en evidencia la vacuidad de este tinglado con un informe del Instituto Nóos, mostrado en la pantalla de la sala, que llegaba a explicar lo que era el fútbol: “El fútbol, denominado oficialmente balompié…”.

Urdangarin ha llegado hasta aquí por sus propios errores, pero siempre influidos en buena parte por esa convicción de que aquello era normal, o contaba con un escudo invisible y al final no pasaría nada. Lo siguió pensando cuando la Policía registró la sede de Nóos en noviembre de 2011 y negó todo. Ahí comenzó a alejarse de la Casa del Rey. El matrimonio Urdangarin percibió esa distancia como si se cerrara un paraguas y quedaran a la intemperie, perdieron esa confianza que tenían. Desde entonces sintieron que les habían dejado solos. En algún momento, hace ya mucho tiempo antes de ahora, Urdangarin debió de darse por fin cuenta de dónde se había metido. Era patente en la transformación física de un tiarrón olímpico, muchacho sanote del norte, a esa persona de aspecto frágil que se sentó en el banquillo, de rostro demacrado, marcado por un mechón blanco.

La señal más evidente de que se estaban saltando los puentes con La Zarzuela fue el rechazo de sus abogados. Los duques ya no se fiaban. El exjugador de balonmano prefirió a uno amigo suyo que conocía de jugar al tenis, Mario Pascual Vives. Se hizo popular por sus ruedas de prensa en la acera según se apeaba de la moto, con el casco bajo el brazo. Con este letrado no se ha sabido nunca si era muy tranquilo o muy despistado, pero ha sido también otro factos entrópico, de caos, en su defensa. Se ha basado en un aparatoso cambio de estrategia, convertido luego en una gigantesca contradicción: primero exculpó a la Casa del Rey y culpó a su socio Diego Torres; pero al final acabó aliándose con él, culpando a los cuñados de éste, que llevaban los papeles de la oficina, e implicando a La Zarzuela.

Este viraje de Urdangarin, desastroso para su credibilidad, es probable que también naciera de esa ciega confianza en el temblor que producía su apellido y quién era él. Le llevó tal vez a pensar que Diego Torres se comería él solo este proceso, por amor a la patria. Pero este profesor listillo y de modos jabonosos se reveló un enemigo muy correoso, y más cuando sacó sus correos. Airear la correspondencia electrónica de los duques constituyó uno de los peores desastres mediáticos para la monarquía que se recuerdan. Urdangarin aparecía retratado como un jeta que se dedicaba a vivir de su título aristocrático sin dar ni golpe.

El error de la defensa del exduque fue oponerse estólidamente a la desimputación de la mujer de Torres. Fue entonces cuando él atacó con todo lo que tenía. En el fondo, a un nivel humano, todo se ha ido liando por cómo Urdangarin y Torres han querido defender a ultranza a sus respectivas esposas. En el juicio ya se habían reconciliado, unidos en el intento de al menos salvarlas a ellas. Una vez más en los juicios españoles por corrupción, querían demostrar que no sabían nada y firmaban lo que les daban. A la vista de la sentencia, es lo único en estos años que les ha salido bien.

El exduque de Palma subestimó a Torres, un españolito que ya les había conocido lo suficiente como para perderles el respeto reverencial. Como tal vez sobrevaloró lo que era la monarquía, o más bien sus privilegios, o infravaloró la democracia, los tribunales, que todos son iguales ante la ley. Confiando en su inocencia hasta el último día –su propio abogado, en la arenga final, lo definió como un hombre “siempre demasiado confiado”-, Urdangarin ha pasado seis años sin acercarse a un pacto con el fiscal que podía haber rebajado su pena. A la simple pregunta del fiscal de qué hacía exactamente en Nóos, respondió en el juicio: “Yo me dedicaba a lo que me dedicaba”. Nunca se le pasó por la imaginación que eso pudiera llevarle a la cárcel, y lo que es peor, a ninguno de los que le rodeaban. Quizá hoy en España hemos aprendido algo nuevo, que ni a nosotros ni a ellos nos habían explicado, pero que por lo visto hacía falta.

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