En su repaso a los diez principales conflictos a seguir en 2017, el actual Presidente del International Crisis Group (ICG), Jean-Marie Guéhenno, reinterpreta lo ocurrido en Ucrania con el objetivo de maximizar la responsabilidad de Rusia. Según él, la “intervención militar de Rusia” es el factor que define “todos los aspectos de la vida política en Ucrania”, algo que se contradice con la importancia que atribuye a continuación al problema de la corrupción en el actual liderazgo ucraniano.

¿Intervalo militar para hacer frente a la corrupción?

Guéhenno ve en efecto al régimen de Kiev “debilitado por la corrupción”, una realidad que provoca una creciente desilusión popular respecto a unos dirigentes “que ahora se parecen cada vez más a los oligarcas corruptos derribados” en Maidán. En el informe de situación del ICG, en el que basa Guéhenno sus opiniones, se señala que hasta “asesores gubernamentales sienten que el liderazgo, o no puede, o no quiere cambiar el sistema”. Algo que no hace sino aumentar la distancia entre el poder y sus bases de apoyo: “Las relaciones se han evaporado con los activistas de Maidán, que esencialmente llevaron a Poroshenko al poder. La asunción creciente en el discurso público y en las oficinas gubernamentales es que el liderazgo principal del país es incorregiblemente corrupto”.

En este contexto de fracaso de la modernización de la sociedad ucraniana, el ICG señala que el tiempo favorece la estrategia de acoso y derribo que atribuye al Kremlin. El aumento de los precios, los escándalos continuos y el colapso del presidente y sus aliados en las encuestas son factores que hacen viable una posible vuelta de las fuerzas políticas “pro-rusas” o del partido de Timoshenko (grupos en los que el ICG ve incluso una más que inverosímil posibilidad de alianza). Un escenario que genera nerviosismo, hasta el punto de que se discutan alternativas preocupantes en círculos reformistas pro-occidentales, entre ellas la posibilidad de “un intervalo militar” para abrir paso a las reformas y romper el muro de la corrupción. Una propuesta que choca, sin embargo, con la percepción de corrupción e ineficacia en el alto mando militar del que habla el propio ICG.

En cualquier caso, el peligro real que percibe el ICG en la consolidación del sistema corrupto en Ucrania es que decline el apoyo de algunos aliados a este país, poniendo en riesgo la posición política frente a Rusia de otros estados aliados de Occidente en la región.

Contra Minsk

Si la estrategia interna del ICG es la consolidación en Ucrania de un sistema homologable con Europa, alejado de la corrupción, en su política en el Donbass el objetivo es liquidar el proceso de Minsk.

Guéhenno vincula el estancamiento en la puesta en marcha del acuerdo de Minsk a un supuesto intento de Rusia de acompañar la normalización de la anexión de Crimea con “el establecimiento de entidades políticas pro-rusas permanentes en el este de Ucrania”. La percepción real del ICG, sin embargo, es que Minsk no es más que el instrumento en manos de Rusia para mantener una “herida sangrante” en el cuerpo político ucraniano.

Para el ICG, Minsk es un acuerdo que a día de hoy resulta poco menos que inaceptable. Lo parece para Occidente: “los embajadores occidentales se mostraban horrorizados con sus términos”, un “documento terrible” para algunos, “la eutanasia de un estado soberano” para otros. Y lo es, sin duda, para Kiev. Según el documento del ICG, desde el principio quedó claro en Kiev “que el núcleo del acuerdo -el compromiso de aprobar una nueva constitución a finales de 2015 y de elaborar legislación permanente sobre el estatus especial de los dos enclaves- nunca llegaría a través del parlamento”. Ucrania aplica desde entonces su táctica preferida, la “dilación”.

Para los sectores que representa el ICG, la solución pasa por otro compromiso; a lo sumo, por una reinterpretación, aún más restrictiva, de Minsk. Portavoz político del establishment occidental, las posiciones de este think-tank revelan que las fuerzas dominantes en Occidente no pretenden negociar realmente nada con Rusia en esta materia. De ahí que la principal condición que señalan a Rusia para la posible retirada de las sanciones sea “un compromiso inequívoco y vinculante de desmantelar las entidades separatistas de Donbass”.

Esto supone un paso más allá en la posición de las fuerzas que están detrás del ICG. Si Dayton supuso aceptar la autonomía política de la República Srspka, el Plan Ahtisaari ya sólo pretendía limitarse a una descentralización municipal reforzada para las zonas serbias de Kosovo. Ahora el ICG parece haber llegado a un planteamiento aún más extremo: ni autonomía, ni descentralización para unos enclaves que no son, desde su punto de vista, más que entidades corruptas y pobremente administradas. Más allá de Trump y de Putin, el ICG parece anticipar un reino de los cielos en el que ya no será necesaria ninguna compensación para ganar la paz. Los poderosos de este mundo parecen haber llegado al límite y ya no desean dejar resquicio alguno. No habrá más poder para quienes se resistan, ni en forma de autonomía ni de descentralización especial.

Lejos quedan, por tanto, los tiempos en los que el ICG veía en los acuerdos de Minsk, de febrero de 2015, una vía para una retirada digna del conflicto por parte de Rusia.

Sanciones para una retirada completa de Rusia del este de Ucrania

El principal instrumento para conseguir que Rusia “se retire por completo del este de Ucrania” es la política de sanciones. En la formulación que hace el ICG de esta política se trata de imponer el pago “de un alto precio por la intervención”, un pago que estima en un punto de crecimiento económico de Rusia, más el coste de mantenimiento de las Repúblicas de Donetsk y de Lugansk. Se trata con ello de convencer al Kremlin de que “no puede haber un regreso a la normalidad en Europa mientras se usen varias formas de guerra híbrida para mantener sin resolver la situación en Ucrania. Las tácticas de Rusia -incluyendo el uso de la fuerza, ataques cibernéticos, propaganda y presiones financieras- envían un mensaje escalofriante a toda la región”, según Guéhenno.

Por supuesto, esta posición occidental facilita que Ucrania persista en su estrategia en el este: solución militar al conflicto, oposición a la mínima autonomía reconocida en los acuerdos de Minsk para el Donbass y total desentendimiento de la población rusa de la zona, vista de forma creciente como invasora y ocupante, sin rasgo alguno de ciudadanía compartida con el resto de la población ucraniana.

Para el ICG, sin embargo, lo que está en juego en Ucrania es algo más que el desenlace de un conflicto local. El despliegue de fuerzas en el Donbass es parte de una lucha más amplia de poder entre EEUU y la Unión Europea, de una parte, y Rusia, de otra.

El endurecimiento de la posición de los halcones cuyos puntos de vista refleja el ICG parece vincularse a una decidida voluntad de limitar la proyección exterior de Rusia, en la forma demostrada en particular en zonas estratégicas como Siria. “El Donbass y su otra gran proyección externa de poder, Siria, forman parte de la lucha de Rusia por empujar hacia atrás la dominación occidental percibida y reafirmarse como una potencia mundial”, sostiene el ICG. Una perspectiva que le parece temible en el supuesto de que pudiera consolidarse algún tipo de escenario de distensión con la Administración Trump.

La política ucraniana del ICG pretende demostrar el poder de la OTAN en el este de Europa. Esto exige impedir que se consoliden las Repúblicas de Donetsk y de Lugansk porque, de lo contrario, el Kremlin podría razonablemente decir “a su propio pueblo” que “el avance aparentemente inexorable de la OTAN hasta las fronteras de Rusia desde la desintegración de la Unión Soviética ha sido finalmente detenido”.

En un artículo posterior, a primeros de febrero, Magdalena Grono, Directora del programa para Europa y Asia Central, afirma que, sin el mantenimiento de la política de sanciones, a Kiev sólo le quedaría una salida: escalar el conflicto. Un contexto en el que tendría aún menor predisposición “a invertir en reconciliación con aquellos que viven en áreas separatistas”. Ante la incertidumbre respecto a la nueva posición estadounidense, que de mantenerse “incrementará posteriormente las tensiones”, pide un apoyo total de los países europeos a la política anti-rusa. Europa aparece así de nuevo como el principal agente en la estrategia de imposición de la lógica de avance de la OTAN hacia el este.

Etiquetas: ; ;