Los más recientes sondeos hacia las elecciones en Francia coinciden en señalar como favoritos a las ultraderechista Marine Le Pen y al centrista Emmanuel Macron, un panorama completamente novedoso en la nación gala.

Por primera vez en la historia de la V República, en el duelo final por llegar al Palacio del Elíseo podrían estar ausentes los dos partidos que dominaron el escenario político de las últimas décadas, el derechista Los Republicanos (LR) y el Socialista (PS).

Esa posibilidad, que los analistas ven cada día más cercana, sería un punto de inflexión en la historia reciente de Francia.

En los últimos tiempos, solo en los sufragios de 2002 llegó al balotaje un representante de una fuerza política diferente tras desplazar al candidato socialista: se trató de Jean-Marie Le Pen, entonces líder del ultraconservador Frente Nacional (FN), quien finalmente resultó vencido por el derechista Jacques Chirac.

Ahora, para las elecciones de abril y mayo, es la hija de Jean-Marie, Marine Le Pen, quien amenaza con convertirse en la más votada de la primera vuelta para asegurar así su pase al segundo turno en las urnas.

Pero esta vez, de acuerdo con los sondeos, su rival podría ser el joven Emmanuel Macron, de 39 años, líder del movimiento En Marcha que él mismo fundó hace menos de un año.

Más que cosechar logros propios, Le Pen y Macron terminan siendo los máximos beneficiarios de las crisis que sacuden a sus rivales, tanto en LR como en el bando socialista.

En el caso del PS, la formación ha salido debilitada tras cinco años de gobierno encabezado por François Hollande, cuyas políticas de tendencia liberal decepcionaron a muchos de los electores que le dieron su voto en 2012.

La consecuente impopularidad llevó al mandatario a renunciar a presentarse en los comicios en busca de la reelección, otro hecho inédito en la V República, mientras su primer ministro Manuel Valls fue el elegido para representar al socialismo.

Sin embargo, el descontento con el balance del quinquenio llevó a los votantes a favorecer ampliamente en las primarias a otro político: Benoit Hamon, también del PS pero representante de su ala más izquierdista.

Esta condición ha traído problemas para el candidato oficial, quien afronta obstáculos para cohesionar a su familia política en tanto los más conservadores se niegan a apoyar a un aspirante considerado radical.

La conjugación de estas circunstancias implican que Hamon, con alrededor de un 14 por ciento del apoyo, se ubica cuarto en la intención de votos y muy lejos de los puntos necesarios para entrar en el duelo final.

Por otro lado, para la derecha el panorama se deterioró vertiginosamente en las últimas semanas: su candidato François Fillon, electo en primarias con un apoyo mayoritario de los votantes, fue el favorito para ganar la presidencia de Francia hasta que cayó en medio de un escándalo de corrupción.

A finales de enero, la prensa francesa reveló que el político derechista proporcionó lucrativos contratos de trabajo como sus asistentes parlamentarios a su esposa y dos hijos mayores, lo cual de inmediato despertó sospechas de empleos ficticios.

La Fiscalía financiera abrió una pesquisa preliminar sobre el tema y tras cuatro semanas de indagaciones, lejos de cerrar el caso (como esperaba Fillon) decidió confiarlo a jueces de instrucción, que son los únicos con competencias legales para inculpar a una persona.

Mientras crecen las posibilidades de imputación formal, Fillon continúa su campaña sin ser capaz de evitar el impacto del escándalo: de favorito pasó a ocupar el tercer puesto en la intención de votos.

De cualquier forma, nada está aún decidido y con la llegada de marzo comienza un periodo crucial para los candidatos: los debates televisados en los cuales tendrán la posibilidad de proyectarse ante el gran público.

Mientras, los politólogos y analistas indican que sin importar cuál sea el resultado final, los sucesos que tienen lugar en los meses previos a las elecciones son la muestra de un complejo panorama en Francia.

Actualmente se conjugan la crisis de los partidos tradicionales, la ausencia de paradigmas sólidos, la vulnerabilidad de las figuras políticas y la desmovilización de una parte importante de la ciudadanía.

En este sentido, las encuestas son claras al vaticinar que la participación en los comicios apenas llegará al 60 por ciento de la población (frente al 82 del 2012) y la mitad de los electores todavía no sabe a quién dará su voto.

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