Las tensiones actuales en la región de los Balcanes occidentales, tanto por problemas internos como por roces entre sus países integrantes, contrastan con los temas sobre colaboración que sus primeros ministros abordan hoy en la cumbre de Sarajevo.

El preámbulo de la reunión, una cena de trabajo organizada anoche por el jefe en funciones del gobierno de Bosnia y Herzegovina, Denis Svizdic, fue escenario del primer roce cuando el primer ministro de Serbia, Aleksandar Vucic, interpeló al de Kosovo, Isa Mustafa, por su decreto de expropiación de bienes inmuebles serbios.

La medida, de acuerdo con fuentes de Belgrado, significa la confiscación del 29 por ciento de la superficie kosovar e incluye edificios de oficinas, apartamentos, empresas y fábricas por más de 200 mil millones de dólares.

De acuerdo con trascendidos, Vucic le preguntó sobre qué bases adoptó la medida y si se trata de una idea propia o con la anuencia de alguien, en presencia de Ami Rama, jefe del gobierno de Albania, país que Belgrado señala como instigador de las acciones de Kosovo hacia Serbia.

También le advirtió, señalaron medios de prensa, que en esos predios ni podrán entrar ni podrán tomar nada de ellos, aunque insistió en el lenguaje conciliador al agregar que lo importante es dialogar para calmar las tensiones en la región, lo cual calificó de indispensable.

Este tema se sumó ayer al abultado expediente de confrontaciones entre Belgrado y Pristina, que incluye el empeño de Kosovo de formar un ejército, rechazado por la Alianza del Atlántico Norte (OTAN) y cuestionado por Estados Unidos, y la decisión de cortar las negociaciones bilaterales en Bruselas bajo la égida de la Unión Europea (UE).

Macedonia, otro de los participantes en la cumbre, está sumida en una crisis política e institucional desde las elecciones parlamentarias de fines de 2016 ante una decisión presidencial que impide formar gobierno a la coalición mayoritaria porque considera anticonstitucional un programa que amenaza con quebrar la integridad del país.

El documento, denominado Plataforma de Tirana- ante alegaciones de que fue concebida en la capital albanesa- incluye, según trascendidos, el cambio del nombre y el escudo, el establecimiento del albanés como segunda lengua oficial y otras acciones consideradas lesivas para la soberanía.

Albania, señalada como la mano detrás de este conflicto por la influencia en los partidos macedonios de esa minoría nacional, enfrenta un veto de la UE por la renuencia a poner en vigor leyes consideradas indispensables para su pretensión de ingresar al espacio comunitario.

Montenegro, por su parte, está apenas emergiendo de una tensa situación como resultado de un supuesto intento de golpe de Estado en el curso de las elecciones a fines de 2016, de cuya orquestación se acusa a ciudadanos serbios y se señala la mano del Kremlin, muy de moda en casi todo el espectro de los problemas que ocurren en el orbe.

En cuanto a Bosnia y Herzegovina, el intento de revisar un dictamen de la Corte Internacional de Justicia de La Haya para llevar a Serbia al banquillo de los acusados por genocidio no prosperó, pero sus huellas están frescas.

Respecto a Kosovo, la primera paradoja es que al declarar su independencia unilateralmente en 2008 y ser reconocido como Estado por más de un centenar de países, entre ellos sus vecinos, participa en esta cumbre como tal junto a Serbia, que lo sigue considerando parte constitucional de su territorio y asegura que nunca avalará esa separación.

En ese entorno, que Belgrado califica de turbulento y algunos dentro de la UE de barril de pólvora, hay que esperar por los resultados de la reunión de hoy para arriesgarse a algunas conclusiones.

Por Roberto Molina Hernández