El hábito de infringir la ley y rechazar las normas establecidas puede compararse a la adicción a las drogas. ¿Para qué hacer dar tantos pasos tan complicados, seguir un enorme número de normas y prohibiciones o ser honestos y trabajar duro para conseguir los objetivos si se puede satisfacer un deseo ordinario con medio de la acción química o si se puede simplificar una ardua tarea simplemente con violar las normas y las leyes? Si ese acto da éxito y satisfacción una vez hay grandes posibilidades de que se repita ese mismo método una y otra vez.

Esta simple norma se ha repetido una y otra vez en la historia de Ucrania (por supuesto, no solo en la de Ucrania, pero hoy estamos hablando de ella). Por ejemplo, hace cuatro siglos, cuando los cosacos dejaron de responder ante la Mancomunidad [de Polonia-Lituania] y se rebelaron en repetidas ocasiones con el hábito de solucionarlo todo ignorando toda norma y basándose en la fuerza, lo que resume brevemente la historia de las continuas guerras y desastres del Hetmanato.

Durante prácticamente medio siglo, las masacres llevaron a que la Rada Central de Ucrania simplemente quedara vacía y a que incluso enemigos declarados como Rusia y Polonia se vieron obligados a aceptar la reconciliación para poder así evitar que el caos, que ya empezaba a afectar a los pueblos de alrededor, se expandiera.

Curiosamente, en la historiografía azul y amarilla, haber acabado con ese caos sigue siendo una de las mayores traiciones por parte de Rusia. Solo después de la gran guerra del norte, medio siglo después de la paz de Andrusovo [entre Polonia y Rusia en 1667], se consiguió superar las décadas de matanza.

Tres siglos después, cuando las normas del Imperio Ruso y el sistema de Gobierno cambiaron, Ucrania se sumergió de nuevo en una guerra de todos contra todos. Y cuanto más dure la existencia en ausencia de normas, más se desarrollará el hábito de actuar de forma arbitraria y buscando las vías más fáciles.

Durante la administración de la ocupación alemana entre la primavera y el otoño de 1918, se mantenía aún cierta semblanza de estabilidad y mantenimiento de la ley. Con la retirada de los alemanes, los que hasta el día anterior fueran “hermanos”, rápidamente se dividieron en diferentes bandos enfrentados. Algunos, como parte de los petliuristas, buscaron ayuda de los bolcheviques contra sus antiguos camaradas. Otros, como los de Galizia, inmediatamente buscaron tanto a blancos como a rojos y otros, liderados por el propio Petliura se vieron obligados a aplastar disturbios, provocaciones e indignación en sus propios batallones, con ejecuciones peródicas de algunos de sus más prominentes figuras.

Ese tipo de personajes como Mijnovsky, Tyutyunnik o Bolbochan se creyeron los verdaderos portadores de la idea azul y amarilla y estaban dispuestos a cualquier engaño, traición u ofensa y así lo demostraron. Hay que decir que todos ellos acabaron mal, incluido Petliura. Sin embargo, el sabotaje y los ataques en el territorio soviético, ya en paz, continuaron hasta mediados de los años 20.

Tras otro par de décadas se produjo una situación similar con la caída de la regiones occidentales de la Unión Soviética bajo el yugo de la Wehrmacht. Hoy en día, la historiografía azul y amarilla intenta presentar al ejército nacionalista insurgente como una única organización, que desde 1942 y hasta 1960 luchó con valentía contra todos los enemigos en su tierra natal.

Sin embargo, en aquellas zonas en las que la administración alemana no controlaba completamente la situación, diferentes UPA’s aparecían y desaparecían, en ocasiones antes incluso de que pudieran dejar rastro en algún documento, algo que ahora es difícil de imaginar. Tres de esas facciones son las más importantes y lucharon para ponerse por delante de las demás. Quien mejor congeniaba con los alemanes, fuente del poder, se hacía más fuerte.

Por ejemplo, recordando a los soldados de la facción de Melnyk de UPA, Kovpak y, sobre todo, su comisario Rudnev [líderes partisanos que se enfrentaron a UPA en Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial] se mostraban normalmente más compasivos con los partidarios de Melnyk que por la facción banderista de la organización. Esa era la realidad en aquel momento. Se tardó años en establecer orden legítimo en aquella zona.

Durante tres años muchos han estado esperando el inicio de una lucha más activa entre los diferentes grupos locales en Ucrania, acostumbrados ya a esa particular forma de tomarse la ley. Pero parece que en esta ocasión, los conflictos entre ellos fueron suavizados por la administración Obama, que forzó a los diferentes jugadores a adherirse al menos a algunas normas básicas. Eso recuerda al papel jugado por Alemania en 1918. Sin embargo, como hace cien años, con la retirada alemana llegó el vacío de poder y desapareció quien era capaz de establecer orden, como parece ser el caso ahora que el poder de Estados Unidos en la región se ha debilitado.

Trump, ocupado con la actual lucha política interna, parece no haber conseguido, de momento, restablecer el orden en esta anárquica economía. Esa desestabilización del sistema ucraniano favorece a los Demócratas a la hora de demostrar que Trump es incapaz de mantener la estabilidad en los territorios vasallos.

En vista de ello, los azules y amarillos volvieron a enfrentarse entre ellos como es habitual. La situación se complica teniendo en cuenta que la base electoral de Ucrania se ha reducido a las regiones occidentales, Kiev y algunos enclaves en otras ciudades. Prácticamente todas las fuerzas políticas existentes cuentan con un apoyo limitado de la población, que en ningún caso supera el 30%.

Es la más o menos patriótica porción de la población (por supuesto, en el sentido específico del patriotismo que se practica en la Ucrania actual) la que busca la continuación de la construcción de Estado dentro de los límites actuales del país. De ahí que a la cabeza de los extremistas y organizadores del bloqueo se encuentre el alcalde de una de las ciudades situadas en la parte occidental de Ucrania [Lviv]. Es la misma parte de la población que una vez apoyó activamente Maidan y hoy se enfrenta a la obvia derrota de todos los planes e ideales que se plantearon en el invierno de 2013-2014. Y a día de hoy, esos impulsos destructivos no han hecho más que aumentar, incluso en comparación con lo experimentado hace tres años.

El potencial constructivo asociado a las ilusiones de democracia, lucha contra la corrupción e integración europea ha quedado exhausto. Así que para esta población, la lucha política se está convirtiendo cada vez en algo más destructivo, más allá de los resquicios de legalidad que aún quedara en Ucrania fuera de la llamada zona “ATO” (donde hace varios años que han rechazado cualquier tipo de ley o norma).

Sin supervisión, la élite ucraniana volvió a los métodos que una vez les dieran éxito. Estos actos no hacen esperar nada bueno ni para Ucrania, ni para el este de Europa en general más allá del aumento del caos. Así que ahora es extremadamente importante analizar y planificar correctamente la salida de esta situación, algo que en el futuro solo será posible con la intervención de fuerzas externas. Solo la intervención de otros estados con el objetivo de mantener la ley será capaz de hacer descender esta anarquía y salvajismo. Parece que no existe ninguna otra posibilidad.

Aunque estos Parasiuk, Semencheko o Sadoviy [el alcalde de Lviv] sean vistos ahora de forma cómica, el resultado de sus actividades solo traerá más tragedia. Abandonada a su suerte, Ucrania llevará inevitablemente a sus ciudadanos al desastre. Y no se trata solo de un problema interno ucraniano, ya que esta enfermedad tiende a contagiarse.

Artículo Original: Denis Seleznev/Vzglyad

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