Bombardear a un enemigo exterior es, a veces, el mejor revulsivo para obtener la unidad del propio pueblo. Los 59 misiles lanzados sobre la base aérea siria de Shairat van a hacer olvidar durante un periodo de tiempo los fracasos de la política interior del Presidente Donald Trump.

Enfrentado a una guerra interna contra los demócratas y la izquierda norteamericana, vituperado por los principales líderes del Partido Republicano al que representa, Trump ha conseguido a tiros de Tomahawk la reconciliación pasajera con sus críticos.

Obama lo soñó; Trump lo hizo. La operación militar sobre Siria hincha el ego y recupera el orgullo guerrero de muchos norteamericanos. Sin duda, permite al mandatario norteamericano recuperar puntos en los sondeos de opinión y transmite a sus compatriotas un mensaje de «normalidad»: «America is back». A los demócratas les demuestra que él no es como Obama; que a la hora de apretar el gatillo, no le tiembla el pulso.

El presidente que pretendía desentenderse del mundo para concentrarse en los problemas de su país, recupera la estrella de sheriff internacional que su antecesor el el cargo dejó en la mesilla de noche de la Casa Blanca. Durante unos días la prensa de su país cesará de burlarse de sus declaraciones, dejará de atacar su política interna, olvidará a su mujer y a sus hijos.

Diez muertos por 59 misiles. La prensa nacional y los medios de los países aliados hacen cálculos y dan por buena la operación. Los 89 muertos de Jan Sheijun han sido vengados.

La operación sobre Siria recupera también la sonrisa entre antiguos aliados, desnortados por la actitud impredecible de Trump; desorientados desde su «cercanía» con Rusia. Francia, Reino Unido, Unión Europea, la OTAN, Turquía, Arabia Saudí, Japón… todos aplauden la acción del que hasta ahora consideraban a veces como un payaso advenedizo en la arena política internacional. Una salva de misiles hace milagros.

Pero junto a los aplausos oficiales aparecen las preguntas: ¿Por qué ahora? Donald Trump decía hace unos días que en la transición hacia la democracia en Siria había que contar con el Presidente Bashar Assad. En una declaración de ‘real-politik’, el dirigente norteamericano mantenía que había que tener en cuenta la realidad política siria.

A falta de una investigación independiente sobre la utilización armas químicas en la localidad de Jan Sheijun, los gases neurotóxicos han envenenado también un consenso que acercaba no solo a Washington y Moscú, sino también a otras capitales occidentales que ahora vuelven a exigir el veto definitivo al Presidente sirio.

«Bellos niños muertos»

La lucha común contra el Estado Islámico puede sufrir las consecuencias de esta nueva crisis. Una crisis provocada tanto por el uso de armas prohibidas, como por la utilización de las imágenes del drama. Nada nuevo, pero que tampoco debiera obviarse.

Donald Trump reconoció haber cambiado de actitud sobre Siria después de haber visto en televisión el sufrimiento de las víctimas, incluidos «bellos bebés muertos».

Los dramas bélicos son insoportables y nadie puede permanecer insensible al dolor humano, pero en las guerras hay matanzas, violaciones, muertos, heridos, desplazados y refugiados. Que unas imágenes y no otras lleguen al público —incluido el Presidente de Estados Unidos— forma parte de la guerra de propaganda, o de la guerra informativa, si se quiere disfrazar el asunto.

No se trata de hacer una competición de sufrimiento televisado, pero mientras los videos de Jan Sheijun acaparaban los noticieros internacionales, otras matanzas de civiles eran ignoradas por los medios de comunicación.

Durante meses se denunció la ofensiva militar sobre Alepo para liberar la ciudad de terroristas islámicos. Hoy, la batalla de Mosul que libran los aliados occidentales contra los yihadistas en armas está provocando a su vez la muerte de civiles inocentes y el destrozo de una parte entera de la capital de la provincia de Nínive. En un solo día, más de 150 vecinos de un bloque de viviendas de la parte oeste de la ciudad perdieron la vida bajo las bombas lanzadas por aviones norteamericanos. Los mandos militares lo admitieron, pero ni una imagen de «bellos niños muertos» ha merecido un informativo televisado.

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