Beirut, 30 abr (PL)Al margen del desconcierto inicial que generó la inscripción de mil 636 candidatos, las elecciones presidenciales de Irán se perfilan como otra demostración de la solidez de la Revolución Islámica, obviamente, sin soslayar disensos políticos y grandes desafíos económicos.

Prevista para el 19 de mayo, la duodécima votación para decidir el jefe del Estado persa suscita muchas especulaciones, sobre todo en círculos occidentales, respecto al rumbo que pudiera tomar ese país de Medio Oriente y Asia occidental, pero a lo interno prevalece una certeza lapidaria: ni reformistas ni conservadores cuestionan la existencia de la república islámica nacida en 1979.

De hecho, existe inobjetable conexión -y subordinación- con el líder supremo iraní, ayatolah Alí Khamenei, de parte de las dos tendencias políticas predominantes; la conservadora o principista (por adherirse a principios fundacionales de la revolución) y la reformista que incluye a moderados y aperturistas como el actual presidente Hassan Rouhani.

Los posibles derroteros del proceso quedaron más despejados luego de que el 21 de abril el Ministerio del Interior divulgó la lista final de los seis autorizados a concurrir como candidatos, entre los que están Rouhani, aspirante a la reelección, y su primer vicemandatario, Es’haq Jahangiri, visto como una suerte de Plan B por si al jefe de Estado se le vetaba de competir.

El Consejo de Guardianes (CG) de la Constitución tenía de plazo hasta el 26 o 27 de abril, pero resolvió con celeridad la indispensable depuración de la relación de postulados motivo de controversia por su desproporcionado número y la calificación de algunos inscriptos.

Según el calendario oficial, la campaña electoral debía comenzar el 28 de abril, aunque tras anunciar los seis afortunados, el CG dio luz verde al proselitismo hasta el 17 de mayo.

Aunque el presidente del Majlis (parlamento), Alí Larijani, saludó la pluralidad evidenciada con las mil 636 solicitudes, criticó la intención de resquebrajar la práctica de que los aspirantes tengan responsabilidades políticas, religiosas o ejecutivas. Entre los registros más insólitos estuvo el de un niño de 16 años con trastornos psicológicos y el de una chica de 19 que alegó dotes proféticas.

Entretanto, en la misma corriente moderada de Rouhani y Jahangiri se avaló también a Mostafa Hashemi-Taba, quien fue vicepresidente en el gobierno del recién fallecido ayatolah Alí Akbar Hashemi Rafsanjani, y fungió como ministro de Industrias y jefe de la Organización de Deportes.

Del bando principista pudieron clasificar como candidatos Ebrahim Raisi, exfiscal general y jefe del santuario del Imán Reza en Mashhad, postulado por el Frente Popular de Fuerzas de la Revolución Islámica (FPFRI), y Mohammad Bagher Ghalibaf, alcalde de Teherán.

El otro conservador es Mostafa Aqa-Mirsalim, un ingeniero y político jefe del Consejo Central del Partido Coalición Islámica (PCI), exministro de Cultura y Orientación Islámica (1994-1997) y consejero de 1981 a 1989 del entonces presidente Alí Khamenei (hoy líder supremo).

Tal como previeron analistas iraníes, el CG integrado por 12 personas (seis alfaquíes e igual número de juristas) vetó la candidatura del expresidente Mahmoud Ahmadinejad (2005 a 2013).

Pero la batalla real de las presidenciales se dirime de antemano en el terreno socioeconómico, sobre todo en medir los beneficios -o la falta de éstos- del histórico acuerdo nuclear firmado en julio de 2015 por la administración de Rouhani con seis potencias mundiales y que zanjó las disputas de Teherán con Occidente librándole de onerosas sanciones internacionales.

«Estamos esperando una elección sana, segura, justa y amplia, que aportaría otro honor a la república islámica … el pueblo busca crear otro hito épico», comentó el actual jefe de Estado al subrayar el apego al carácter republicano e islámico del sistema y a una lid en la que los ataques entre contrincantes eviten lacerar la savia y la fortaleza de la nación persa.

Sin embargo, aunque Rouhani enarbola como gran logro de su gestión la multiplicidad de convenios y transacciones con gobiernos y compañías europeas tras el pacto nuclear, un sondeo con mil iraníes hecho por IranPoll.com del 11 al 14 de abril arrojó que el 54 por ciento consideró sus niveles de ingresos ‘muy duros o difíciles’.

Según la encuesta, el 35 por ciento sintió que su situación económica familiar se deterioró respecto a la de hace cuatro años y apenas el 11 por ciento dijo que había mejorado, pero lo indiscutible es que la prosperidad prometida con el fin de las sanciones aún no se palpa. Siguen altos el desempleo, la inflación y la pobreza en algunas regiones, y eso podría pasar factura. (Tomado de Semanario Orbe)