En los últimos días, la opinión pública argentina se ha visto estremecida por el crudo relato de la hija de Miguel Etchecolatz, un represor de la última dictadura militar. Atormentada por la figura violenta de su padre, la mujer cambió su apellido y marchó para exigir juicio y castigo para los responsables del terrorismo de Estado.

«Un monstruo», «un genocida», «la encarnación del mal en todos los ámbitos». Así describe a Miguel Etchecolatz su hija, Mariana, en una entrevista publicada por la revista Anfibia. La mujer no se mantiene ajena al repudio que genera en buena parte de la sociedad el nombre de su padre, exdirector de Investigaciones de la Policía de Buenos Aires, debido a su rol activo en numerosos casos de secuestros, torturas y asesinatos durante la última dictadura militar (1976-1983).

«Como los que marcharon el 10 de mayo, como millones de argentinos, quiere que los genocidas condenados mueran en la cárcel. Que su padre, el excomisario Miguel Osvaldo Etchecolatz, muera en la cárcel», indica el reportaje, firmado por el periodista Juan Manuel Mannarino.

Etchecolatz es uno de los represores de la dictadura argentina actualmente condenado con prisión perpetua. El policía retirado cumple fue penado por vida por numerosos episodios de homicidio, privación ilegítima de libertad y tortura. Entre los distintos operativos que lideró está el conocido como ‘Noche de los Lápices’, en el que 10 estudiantes menores de edad de la ciudad de La Plata fueron secuestrados, seis de ellos asesinados.

Miguel Etchecolatz

Sin embargo, a raíz de una sentencia de la Corte Suprema de Justicia que redujo la pena para el caso de otro represor, pidió acogerse al mismo beneficio. El dictamen del máximo órgano de Justicia provocó el rechazo de la mayoría de la sociedad y movilizó a miles de personas en las plazas de toda Argentina. Una de las manifestantes fue Mariana, quien desde 2014 ya no lleva el apellido de su padre en sus documentos.

«Siento calma, perdí el miedo y adquirí la madurez necesaria. Lo de la marcha fue conmovedor. Hay que tener la memoria despierta. Me siento acompañada porque somos millones», aseguró Mariana.

A diferencia de otros torturadores que en sus casas mostraban la cara contraria del mal, Etchecolatz hacía despliegue de la misma violencia con su familia. Amenazas de muerte, golpes, vejámenes, insultos y humillaciones eran moneda corriente para Mariana, su madre y sus dos hermanos. Solo ella sigue viviendo en Buenos Aires: los otros tres miembros de la familia no cambiaron su nombre pero se fueron lejos de la ciudad o fuera del país.

«Su sola presencia infundía terror. Al monstruo lo conocimos desde chicos, no es que fue un papá dulce y luego se convirtió. Vivimos muchos años conociendo el horror. Y ya en la adolescencia duplicado, el de adentro y el de afuera. Por eso es que nosotros también fuimos víctimas. Ser la hija de este genocida me puso muchas trabas», afirmó Mariana en el reportaje publicado por Anfibia.

Un año después de la restauración democrática en 1983, Etchecolatz y su familia volvieron a Argentina desde Brasil, donde vivieron unos años. El represor fue enviado a la cárcel: allí lo vio Mariana por última vez en 1985. Ese año su madre decidió cortar su vínculo con el represor y no llevar a sus hijos a visitarlo mientras cumplía su pena. Sin embargo, el fantasma de la figura paterna los persiguió, pero rearmaron sus vidas. Mariana vivió un tiempo en España y regresó a su país. Allí estudió psicología, profesión que ejerce actualmente.

«Etchecolatz hizo todo lo que un padre no hace. Era un ser invisible, que usaba la violencia y no se le podía decir nada. Aparentaba tener una familia, pero nos tenía asco y era encantador con los de afuera. Vivíamos arrastrados por él, mudanzas todo el tiempo, sin lazos, sin amigos, sin pertenencias. Una realidad cercenada. Nos cagó la vida. Pero nos pudimos reconstruir», dijo Mariana.

En 2014, la psicóloga acudió a la Justicia para cambiar su nombre, luego de años de verse «confrontada» y «cuestionada» por buena parte de su entorno.

«Permanentemente cuestionada y habiendo sufrido innumerables dificultades a causa de acarrear el apellido que solicito sea suprimido, resulta su historia repugnante a la suscripta, sinónimo de horror, vergüenza y dolor. No hay ni ha habido nada que nos una, y he decidido con esta solicitud ponerle punto final al gran peso que para mí significa arrastrar un apellido teñido de sangre y horror, ajeno a la constitución de mi persona. Pero además de lo expuesto, mi ideología y mis conductas fueron y son absoluta y decididamente opuestas a las suyas, no existiendo el más mínimo grado de coincidencia con el susodicho. Porque nada emparenta mi ser a este genocida», expuso Mariana ante un juzgado de Familia.

En los relatos de la hija del represor, Etchecolatz aparece como un hombre frío, a quien nunca lo vieron sufrir, «ni siquiera cuando una vez le pusieron una bomba en la jefatura de policía y le habían roto el oído». Asimismo contó que los hijos de otros represores «al menos recibieron algo de amor», a diferencia de lo que vivieron ellos en su hogar. Solo lo conmovía lo religioso.

«Se persignaba dándoles besos a las estampitas. Él se consideraba por debajo de Dios pero por encima de los mortales. Con mi hermano decíamos que cuando rezaba se estaba comiendo los santos», narró.