Mezquita de Alepo destruida por los terroristas islámicos y la oposición «moderada» siria» apoyados por los EE.UU.

En las próximas 24 horas, Siria entrará en el sexto año de celebración del mes sagrado musulmán del Ramadán como una clara demostración de que las bases confesionales son un pretexto para destruir una nación.

Los pervertidos argumentos de que minorías alauitas -una facción del Islam chiíta- gobernando un país de mayoría sunnita, están descartados por una realidad de tolerancia religiosa, casi inexistente en los países que promueven la guerra contra Siria.

Mezquitas de confesión sunní o chií, sus tradicionales ceremonias por el sagrado mes musulmán, han tenido en estos seis años de terrible y espantosa guerra todas las facilidades, sin represión, limitaciones o acosos fanáticos.

Drusos, cristianos de diversas tendencias y otras minorías confesionales respetan cada ceremonia, el rezo cotidiano, el afán de convivir en paz y la solidaridad humana por encima de errores y aciertos.

Contra Siria se movieron desde los últimos meses del 2011, miles de millones de dólares para la promoción del camino de la presunta venganza y perpetuar la guerra y el terror sobre presuntos preceptos religiosos repletos de fanatismo y extremismo.

El barraje mediático con ese objetivo fue alentado y exacerbado desde más de 120 canales de televisión vía satélite a través de Qatar con la cadena Al Jazeera, centros de transmisión en Arabia Saudí y una evidente parcialidad informativa desde Estados Unidos y Europa Occidental.

Wahabista, salafistas y yihadistas, entre otros extremistas radicales musulmanes, han resultado ser el eco de un pormenorizado trabajo de los servicios de inteligencia occidentales claramente coordinado desde Langley, Virginia, Estados Unidos, por la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

No es una teoría más de conspiración imaginada, porque el Mossad israelí, la MIT turca, el Al Mukhabarat saudí, y sus colegas del MI6 británico o francés, estuvieron y están bien activos en regiones sirias y en claro respaldo logístico a las organizaciones terroristas.

Ese verdadero ‘Eje del mal’ obvia en lo absoluto la tolerancia en Siria para la profesión de religiones, y oculta que los verdaderos objetivos son los vastos yacimientos de gas y petróleo, o las comprobadas reservas de fosfatos en el desierto al norte de la provincia de Alepo.

Al respecto, existen antecedentes o ‘secretos’ públicamente divulgados como el estudio del Washington Institute for Near East Policy, el cual afirma que en la cuenca del Mediterráneo existen fabulosas reservas de gas y en Siria están las más importantes.

Tales criterios están basados en que ‘el apetito mundial’ por ese energético debe representar entre el actual año y el 2021, una inversión global de 284 mil millones de dólares, 50 por ciento más que en los cinco años anteriores, de acuerdo con la consultora energética estadounidense Douglas Westwood.

Revelaciones como las de WikiLeaks señalan que la intromisión en Siria data con planes elaborados desde el 2006, los cuales se concretaron a partir de fines del 2011 en una diabólica asociación Washington, Ryad, Ankara y Doha para exacerbar el sectario enfrentamiento sunní-chií y desmembrar a esta nación del Levante.

Todo fue y es paralelo a una extensa cobertura mediática de las grandes corporaciones que caracteriza a una presunta batalla por la democracia secuestrada por supuestos intereses sectarios entre sunnitas y chiítas, fundamentalmente.

La reciente gira del presidente estadounidense, Donald Trump, en un recorrido manifiestamente distorsionador por Arabia Saudí, Israel y el Vaticano, fue en lo esencial, una aparente expresión de nueva proyección política con un trasfondo evidentemente económico: armas para la guerra a cambio de petrodólares.

Tampoco es una coincidencia, ‘extrañamemnte tergiversada’ de que los grupos terroristas ocupen a sangre y fuego precisamente la ruta que comprendía la línea del gasoducto propuesto por Estados Unidos y Qatar en el año 2009 y que el presidente sirio, Bashar Al Assad, rechazara con un criterio de defensa de la soberanía nacional frente al afán injerencista de las grandes potencias occidentales y sus aliados en la región del Medio Oriente.

A todo esto, se une la impávida actitud de la Liga Arabe, con cada vez menos criterios sobre la desunión y el desvanecimiento social, cultural y político de una región que abarca a 22 naciones, con más de 330 millones de habitantes y cerca de 12 millones de kilómetros cuadrados, un cinco por ciento de esos indicadores a nivel mundial.

Toda la retórica sensacionalista, caracterizada además por una charlatanería fofa y sin contenido, podría encerrarse en algunas de las frases pronunciadas por Trump en la capital saudita: ‘Los responsables religiosos deben saber con absoluta claridad que la barbarie no nos aportará ningún tipo de gloria, la devoción por el mal no nos aportará ningún tipo de dignidad. Si escogéis el camino del terror, vuestra vida estará vacía, vuestra vida será breve y vuestra alma acabará siendo condenada’.

Ese desinterés por la verdad, con una elevada dosis de cinismo, margina de los discursos la terrible realidad en Siria, donde en seis años de guerra impuesta murieron o fueron heridos y mutilados más de 500 mil personas de cualquier tendencia religiosa y a un costo que significa más de 200 mil millones de dólares de pérdidas para la economía del país.

Pocos, muy pocos, pueden avizorar en el transcurso o después del Ramadán en Siria, si les espera la paz o el espanto.

Por Pedro García Hernandez

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