Arabia Saudita, Bahrein y Emiratos Árabes Unidos (EAU) apostaron hoy por aislar totalmente a Qatar en una acción que enarboló como leitmotiv el terrorismo, pero que ni sorprendió ni mucho menos desveló las verdaderas razones de la ruptura.

La decisión anunciada este lunes por Riad, Manama y Abu Dhabi deja cada vez menos dudas de que el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) se aboca a un desmembramiento o, en el mejor de los casos, una reestructuración que le obligará a sacrificar integración propia por alianza extrarregional.

No son pocos los que sostienen que el paso sin precedentes en la historia de esa organización nacida en 1981 es el resultado directo de las conversaciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el rey Salman bin Abdulaziz de Arabia Saudita durante la visita del primero a Riad.

Más que por el contenido mismo de las pláticas en el maratón de cumbres de Trump en mayo (primero con el rey, luego con los seis estados del CCG y finalmente con 55 naciones árabes e islámicas), lo inquietante fueron las omisiones y el descarrilamiento de las históricas prioridades árabes.

Con agobiante retórica contra Irán, la cumbre CCG-EE.UU. alardeó de cohesión entre las monarquías del Golfo y su aliado estratégico norteamericano, descuidando el detalle de que para Washington no hay amigos, y en caso de haberlos, en esta región del mundo ninguno relegará a Israel.

En Riad se habló se seguridad, terrorismo, defensa, se firmó un acuerdo multimillonario saudita-estadounidense para la venta de armas, y se arremetió -como no podía ser de otra forma- contra la Siria de Bashar Al-Assad, el Hizbulah de la Resistencia libanesa y la amenaza iraní en Yemen.

Desde el mismo minuto en que se difundió la declaración final de la cumbre árabe-islámica-EE.UU emergieron voces que se desmarcaron de parte de su contenido presentado como unánime, a pesar de que entre los 57 países de mayoría islámica hay muchos con sólidos lazos geoestratégicos con Teherán.

No es ese el caso de Qatar, hasta ahora avenido a las resoluciones del CCG contra el país persa, pero es innegable que el rico emirato petrolero se ha distinguido desde hace tiempo por una política exterior de buena vecindad con Teherán y de cierta independencia respecto a sus socios.

Dicho de otro modo, nadie duda de que Doha ha estado dispuesto a bailar con Riad y Abu Dhabi siempre que le dejaran, al menos, elegir la melodía, y no hacerlo ciegamente acatando el son que le impusieran.

Tan es así que brindó apoyo a la Hermandad Musulmana (HM), una cofradía fundada hace más de 90 años en Egipto, y que fue ilegalizada y declarada terrorista después de que el gobierno de Abdel Fattah Al-Sisi derrocó al democráticamente elegido del islamista Mohamed Morsi, en 2013.

De hecho, la crisis actual ya tuvo sus antecedentes en marzo de 2014 cuando los tres países del CCG retiraron a sus embajadores de Qatar por su apoyo a la HM y a Morsi, a lo que Doha respondió expulsando a dirigentes islamistas, pero mantuvo los vínculos e incluso dio albergue a algunos.

En la cumbre de Riad quedó omitida por completo la huelga de hambre de prisioneros palestinos, y no es casual que en Doha resida desde hace más de dos años el líder del movimiento islamista Hamas Khaled Meshaal, cuya organización fue muy criticada por Trump en sus intervenciones.

Hace 10 días, se reavivó la polémica cuando un supuesto ciberataque a la página web de la agencia QNA atribuyó al emir qatarí, jeque Tamim bin Hamad Al-Thani, comentarios sobre su supuesto cuestionamiento de la hostilidad estadounidense y del bloque árabe hacia Irán.

Al cortar ‘todas las relaciones’ con Doha, sus vecinos alegaron que era reincidente en violar compromisos regionales por apoyar y cobijar a grupos terroristas, una acusación que desde hace años ha hecho el gobierno Siria, no sólo contra Qatar, sino también contra los gobiernos que ahora le apuntan.

‘Ante la insistencia de Qatar de seguir dañando la estabilidad y seguridad de la región y su fallo a compromisos y acuerdos internacionales, se decidió tomar medidas necesarias para salvaguardar intereses de los estados del CCG en general y del hermano pueblo qatarí, en particular’, esgrimió EAU.

Pero más que una ruptura de vínculos diplomáticos, la medida parece un bloqueo en toda regla pues los tres vecinos no se contentaron con iniciativas propias, sino que arrastraron tras de sí a un país como Egipto, otrora potencia regional pero ahora con un peso menos significativo.

También se adhirieron al cese de nexos los gobiernos semi-exiliado de Yemen, presidido por Abd Rabbo Mansour Hadi a quien apoya una coalición militar árabe-islámica que lidera Riad y de la que fue expulsado hoy Qatar, y de Maldivas, república formada por 26 atolones en el océano Índico.

Al aislamiento de Qatar se alistó igualmente el pseudo-gobierno de Libia, para ser más preciso, el instalado en la ciudad oriental de Bayda con escasa autoridad sobre el país maghrebí y que rechaza a la administración reconocida internacionalmente y avalada por la ONU con sede en Trípoli, la capital.

Por razones de espacio se obvian las consecuencias económicas y comerciales de la medida saudita, emiratí y bahreiní, en virtud de que se suspendieron vuelos desde y hacia Doha, se bloquearon las fronteras terrestres y marítimas, y se cerró el espacio aéreo a aviones qataríes.

Además de la expulsión de diplomáticos en 48 horas, los tres países prohibieron viajes, cruces de fronteras o tránsitos y dieron un plazo de 14 días a los nacionales qataríes residentes en sus territorios para abandonarlos y a sus ciudadanos les urgieron a retornar.

Observadores coinciden en que las tensiones no están ligadas precisamente a algo nuevo que Qatar haya hecho mal, sino que más bien la acción en su contra se antoja como un intento saudita y emiratí de ‘capitalizar una oportunidad’ de revitalizar los lazos con la administración Trump.

Como en el más atractivo culebrón, en la crisis hay pasión, ambiciones, celos, desamores, chantajes económicos y hasta ojerizas generacionales por la percepción que miembros jóvenes de la Casa Real Al-Saud tienen de proyectos modernizadores y la simpatía que despiertan en EAU.

A todo ello cabe recordar el hecho de que Qatar alberga la mayor base militar de Estados Unidos en Medio Oriente, donde radica el comando central de la Fuerza Aérea y están desplegados más de 11 mil soldados norteamericanos.

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