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Es difícil escoger entre los cientos de discursos del comandante Chávez cuál es el de mayor vigencia hoy. Sobre todo porque, siendo un gran amante de la palabra, el comandante trataba con tal pasión las cosas sencillas y con tal sencillez las ideas más complejas, que llegaba incluso al punto de fundirlas con maestría, en expresiones retóricas propias de un poeta romántico. Su producción de sentido sigue sorprendiéndonos. Tanto que muchos al revisitar sus alocuciones llegan a calificarlas de proféticas. Nada más lejos de mi alcance pues adolezco de una precaria visión metafísica del mundo. Mi asombro ante la lucidez de su pensamiento, en cambio, podría tener la medida de una religión. Yo me decido por el primer discurso ante la Asamblea Nacional Constituyente no porque sea pertinente nada más sino porque con ese venció cualquier resistencia que yo tuviera en ese momento, frente al entusiasmo que insuflaba de vida la política y con ello de importancia a eso que llamábamos con desdén, país. Chávez citó La tempestad y yo entendí la magnitud del devenir.

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No espere el lector de prensa que haga un resumen de tan poderosa alocución, sería, además de inútil, irrespetuoso con su curiosidad. Fue el 5 de agosto de 1999 y el video se consigue fácil en internet -al igual que la obra de Shakespeare-. Subrayo el significado de la cita con la que cierra su discurso porque ella abrió, irreversiblemente, su idea y programa de acción a la contingencia de la realidad nacional, es decir, la puso a prueba ante la mayor adversidad: para el momento no era por cierto la ideología de la clase dominante sino el país mismo en su furia sin destino. “Sopla viento fuerte, sopla tempestad…” recita para luego parafrasearlo “…que tengo asamblea para maniobrarte”. La tempestad no es la metáfora de las fuerzas retrogradas que se oponen a la revolución, a mi juicio Chávez entendía que ese viento voraz, esa ferocidad que embiste ciegamente la nave y amenaza con anegar la tripulación entera es el pánico colectivo a lo desconocido. La violencia contenida en nuestro ser social se liberaba por primera vez en 40 años y era apenas lógico que su descarga fuese desordenada o cuando menos incierta. Esa tempestad dejaba de ser casual frente a lo nuevo para ser causal de lo nuevo.

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Tardé en entender que la tempestad no era lo adverso a nosotros sino que éramos nosotros mismos rehaciéndonos en medio de la calma. Y que la calma era la verdadera violencia, era un país y toda su historia tragada por las aguas del olvido y la indignidad. Esos vientos, esa borrasca enfurecida era y es todo lo que tenemos como potencia. Nadie despierta impunemente a su destino. Así como la nave de Shakespeare se suma al brusco movimiento de las olas y se empuja con sus velas al caótico ventarrón, así el proceso constituyente se hizo uno con la tempestad de un pueblo y vuelve como tifón para evitar su hundimiento. En ese barco viajaron siempre dos clases de tripulantes: los que viven para rendirse y maldecir el mal tiempo -para ellos están los camarote- y los que, como Hugo Chávez, no nacimos para ahogarnos sino para hacer la tierra donde otros ven la sal revuelta. Sí, fue ese discurso y su reinvención de la valentía colectiva, es decir, su fe en el pueblo, en el vitalismo del pueblo, lo que me convenció a subir a bordo. Esta nueva etapa es fielmente turbulenta: nos corresponde crear con el mismo vigor y con la misma voluntad un horizonte dentro del hallado. Según lo entiendo la constituyente es la eterna tempestad que nos lleva cada vez más lejos en nuestras capacidades de transformar y en nuestras esperanzas de vivir.

Por: Freddy Ñáñez

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