Un sentimiento colectivo de dolor y angustia, además de una rabia profunda que algunos intentan contener, se extiende entre vecinos de los residentes del rascacielos incendiado en Londres que hablaron con Sputnik.

«Es horrible, me sobrecoge el dolor», señala la colombiana Gabi Ortega.

Muestra una fotografía de la hija de sus amigos, Jessica Urbano, de quien nadie sabe nada desde que llamó a su madre a la 1.39. A esa hora las llamas se propagaban por la Torre Grenfell, próxima a Portobello, en el distrito North Kensington.

Gabi Ortega, amiga de la familia de la niña colombiana desaparecida

«Dormía en el piso 20º y no la encontramos en hospitales ni en centros de acogida», añade compungida.

Los padres de la colegiala de 12 años y una hermana mayor se salvaron del infierno, que ya se ha cobrado 17 muertes y casi un centenar de heridos, 17 en estado crítico.

Jessica utilizó el móvil de su vecina, Briket Hafton, antes de emprender escaleras abajo junto al hijo de ella, Buroke. Los tres siguen desaparecidos.

A falta de datos oficiales se corrió el rumor de que Jessica estaba salva y sana, creando falsas ilusiones en la familia y allegados.

«Es muy triste. Están yendo de aquí para allá reaccionando a los que creen haber visto a Jessica», lamenta su amiga conteniendo la ira a duras penas.

Sus amigos se desesperan de que las autoridades «no dan ninguna noticia» sobre los desaparecidos ni los hospitalizados.

«Nos sentimos fatal. Los vecinos están muy afectados: oyeron gritos de socorro y a madres pidiendo que salvaran a sus hijos; otros vieron a gente tirarse al vacío; se me pone la carne de gallina al recordarlo», confiesa a Sputnik la española Elena González.

Madre de tres hijos trabajó hasta la semana pasada en la guardería que se ubicaba en el bajo de Torre Grenfell. Allí conoció muchos niños y padres que pueden «estar carbonizados ahí dentro», según dice dirigiendo la mirada al edificio calcinado, todavía humeante y soltando cenizas y escombros.

El viento arrastraba trozos ennegrecidos de gomaespuma que debieron formar parte del polímero termoplástico que se utilizó de aislante en la remodelación del rascacielos, en 2015.

«No se puede jugar con las vidas de las personas ni engañarles de esta manera. Les ayudaron con pisos de protección social pero les metieron en un nido de ratas sin salida; los bomberos solo pudieron llegar hasta la planta 10ª de las 24 que tenía», denuncia con malestar.

La comunidad de vecinos de Grenfell denunció irregularidades en la seguridad del edificio. Pero sus repetidos miedos y demandas fueron desestimados por el Real Ayuntamiento de Chelsea & Kensington, propietarios del bloque, y la agencia privada de gestión y mantenimiento KTMO.

«Hay ciertamente mucha ira en el vecindario; ya existía debido al problema de vivienda local y se ha intensificado», reconoce a esta agencia el reverendo Mike Long en la Iglesia Metodista de Notting Hill, casi a los pies de la quemada torre de 70 metros de altura.

El religioso prefiere no relacionar la ira popular con la enorme desigualdad del distrito, que comparte los barrios más ricos con los más desfavorecidos de la capital británica.

«Están furiosos porque sienten que no les escucharon ni les tomaron en serio», comenta el reverendo ante pilas de donaciones.

En este punto de recogida ya no dan abasto y el padre Long suplica para que perdure este grado de «interés una semana, unos meses, un año».

«Los sentimientos son una mezcla de horror y choque emocional, dolor y aflicción agudos, solidaridad y un fuerte espíritu comunitario», explica el reverendo metodista.

Apenas quedan calles en el barrio sin una mesa, un rincón o un edificio donde se están depositando montañas de ropa, juguetes, alimentos y otros artículos de primera necesidad.

«Es alucinante la entrega de la gente y la unidad de ricos, pobres, hispanos, musulmanes, hindúes… en este esfuerzo en ayuda de los que lo han perdido todo en el incendio», celebra González.

Entre los rumores sobre los afectados saltaron sorpresas gratas. Dos familias españolas, que se creyeron atrapadas por las llamas, «están a salvo», según informó un medio gallego.

También el colegio español de Portobello confirmó a esta agencia que su empleada de la limpieza, que se dio por herida o desaparecida, consiguió escapar de la torre con su marido e hijo.