Israel lleva años entregando ayuda a grupos insurgentes sirios presentes en el sur del país. En una estrategia que recuerda a lo que hizo en el sur de Líbano durante décadas, los israelíes han buscado crear una zona cercana a la frontera controlada por un grupo que dependa de su ayuda. Durante años, al menos desde 2014, la versión oficial decía que sólo se prestaba ayuda humanitaria con el tratamiento sanitario de combatientes y civiles sirios. Un artículo del WSJ acaba de informar que esta relación va mucho más lejos:

“El Ejército israelí mantiene comunicaciones regulares con grupos rebeldes (sirios) y su ayuda incluye pagos no revelados a sus jefes con los que pagan los salarios de sus combatientes y compran armas y municiones. (…) Israel ha puesto en marcha una unidad militar que organiza ese apoyo en Siria –un país con el que está en estado de guerra desde hace décadas– y asigna un presupuesto específico para la ayuda. (…) Entrevistas con media docena de rebeldes y tres fuentes que conocen la estrategia israelí revelan que su implicación es más profunda y coordinada de lo anteriormente conocido e incluye la financiación directa de combatientes de la oposición cerca de la frontera durante años”.

El artículo cita a un portavoz del grupo Fursan al-Joulan como receptor de las ayudas: “No habríamos sobrevivido sin la ayuda de Israel”. Se trata de una facción del FSA, el grupo que más ayuda ha recibido de EEUU, pero que se ha visto obligado a llegar a alianzas con grupos islamistas y yihadistas en otras zonas del país a causa de sus fracasos militares. El líder del grupo cuenta al WSJ que reciben 5.000 dólares al mes desde Israel, una cantidad poco creíble y ridículamente baja incluso en el caso de un grupo con no muchos efectivos (unos 400 en la zona siria del Golán). Hay otras cuatro milicias armadas que también reciben ayuda israelí.

El objetivo de esta colaboración es supuestamente impedir que fuerzas hostiles a Israel, como Hizbolá o milicias iraníes se acerquen a la frontera. Por otro lado, esos combatientes cuentan con otras prioridades en muchas otras zonas del país para defender al Gobierno sirio como para empezar otra guerra. Pero los israelíes no pueden escapar a la tentación de extender unos kilómetros más su frontera con Siria, como hicieron en Líbano. Y hasta ahora no les ha costado más que algo de dinero y el traslado de heridos a sus hospitales.

Desde el principio de la guerra de Siria, los políticos y militares israelíes han mantenido que no tenían ningún favorito en esa contienda. Llegaron a decir que estaban preocupados por la desintegración de Siria y la posibilidad de que el régimen de Asad, un rival al que conocen desde hace décadas, fuera sustituido por un enemigo más peligroso. Al final, convencidos de que esa guerra está encallada en un empate estratégico y que si acaso el Gobierno de Asad lleva ventaja, decidieron aprovechar la situación para ajustar cuentas con sus enemigos de siempre, en especial todos aquellos lugares o convoyes que relacionaban con la capacidad militar de Hizbolá y de los aliados iraníes de Asad.

A mediados de 2014, varios grupos insurgentes tomaron el control del paso de Quneitra junto a la línea divisoria con el Golán ocupado por Israel. Entre esos grupos estaba el Frente Al Nusra, vinculado a Al Qaeda. La aparición de los yihadistas no cambió los planes de Israel, como tampoco la presencia cercana de unidades del ISIS. Ninguna de esas fuerzas atacó el Golán controlado por Israel, con lo que dejaron de ser una preocupación inmediata. Los intercambios de lanzamientos de mortero de los que hubo varios ejemplos en 2016 nunca supusieron una gran amenaza. Fuentes de Gobierno sirio han acusado a Israel de haber realizado ataques de artillería a sus posiciones para dar cobertura a ataques de grupos insurgentes.

El artículo del WSJ no es el único ejemplo reciente de la ayuda israelí a grupos sirios. Sólo unos días antes, este artículo describía esa intervención con algunos datos más específicos. Esa zona de seguridad instaurada por Israel tiene una superficie de 10 kilómetros de ancho y unos 20 de largo con la que mantener a distancia a las fuerzas sirias y a sus aliados iraníes y libaneses. Cita un informe de las fuerzas de la ONU en el Golán que informa del “incremento significativo de la interacción” del Ejército israelí con fuerzas de las zonas “controladas por la oposición”. Lo que quiere decir que los primeros entregan a los segundos suministros de naturaleza desconocida para la ONU.

Aprovechando la situación de Siria, el objetivo israelí es aumentar su zona de operaciones, en la que hay 17 pueblos, hasta alcanzar “Quneitra, el sur de Dará y parte de Sweida”. Al igual que se hizo en Líbano, se trata de aumentar la presencia civil (con hospitales para atender a la población civil que ya no cuenta con asistencia de un Estado que ha desaparecido) y militar (entrenando y armando a fuerzas locales que hagan las funciones policiales al servicio de los intereses de Israel).

Según una fuente local citada por el artículo, los grupos insurgentes locales reciben en torno a 50.000 dólares al mes y armas ligeras, lo suficiente para hacer de guardias fronterizos y realizar patrullas.

La apuesta israelí es a largo plazo partiendo de la idea de que pasarán muchos años antes de que un Gobierno sirio pueda extender su autoridad hasta la frontera sur. Para entonces, toda la población del Golán, incluida la parte siria, dependerá de los israelíes y habrá una milicia local armada y financiada por Tel Aviv que se ocupará de vigilar la frontera.

Iñigo Sáenz de Ugarte