Como Marty McFly, protagonista de ‘Back to the future’ (‘Regreso al futuro’), Trump parece haber viajado en el tiempo, conocido de primera mano el mañana de Cuba y decidido que sólo es viable si se modifica el pasado obamista. Es la única excusa para la inexplicable regresión que supone la postura de su Administración respecto al Gobierno cubano.

«Ha nacido una nueva política», dijo Trump este 16 de junio en el Teatro Manuel Artime de la Pequeña Habana, Miami, para definir su posición hacia las autoridades de la vecina isla, una frase que a pesar de su brevedad encierra dos errores mortales: ni es nueva, ni es política; no es más que el mismo antigripal recetado a Cuba por otras administraciones estadounidenses para curarla del catarro castrocomunista y que en un extraño efecto placebo es el médico quien cree que la terapia funciona; no es más que otro capítulo de la cruzada personal de Donald Trump para revertir cualquier medida tomada, en no importa qué campo, por su antecesor en la Casa Blanca, Barack Obama.

Primero fueron sus restrictivas y polémicas leyes contra los inmigrantes, a contramano del espíritu incluyente de las acciones ejecutivas firmadas por Obama en materia migratoria; luego el intento de desmontaje de la ‘Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible’ (el llamado ‘Obamacare’); ahora le tocó el turno a Cuba en lo que no es más que una postura para el graderío de votantes: sus efectos reales sobre la pretendida transición en Cuba son nulos. Por más que se desgañite Trump, por más que aplauda el exilio cubano de línea dura, el Gobierno de la isla no va a legalizar los partidos de oposición ni permitirá elecciones directas, tampoco liberará a los presos de conciencia. Y el Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA) —ese conglomerado de negocios administrado por la alta jerarquía militar cubana— seguirá manejando el capital que llega a la isla desde otras latitudes del mundo sin que Trump pueda evitarlo.

La ‘Cuba libre’ que prometió Trump apenas si será viable por ahora en el área de la coctelería; en cuestiones de política sus medidas sólo traerán de regreso la vocinglería y las descalificaciones mutuas que ambas orillas habían enterrado cuando restablecieron relaciones diplomáticas el 17 de diciembre de 2014 tras décadas de frío disenso. En ese sentido, la disertación que ofreció Barack Obama en Cuba el 22 de marzo de 2016 sobre democracia y libre empresa, su política de nuevo tipo hacia la isla —«he venido aquí para enterrar el último resquicio de la Guerra Fría en el continente americano», dijo entonces—, aunque igual de inefectiva en sus propósitos de animar a cambios en la isla, al menos significó un intento de lograr por otra vía lo que no había conseguido la política de mano dura de las administraciones estadounidenses que le antecedieron. Trump es consciente de ello.

De ahí que no haya roto las relaciones diplomáticas ni afectado los vuelos de aerolíneas estadounidenses a Cuba; de ahí que no haya revertido la última medida de Obama hacia la isla, la derogación de la llamada política de ‘pies secos/pies mojados’ que beneficiaba con la exclusividad de la no deportación a todo cubano que llegara a tierra firme estadounidense incluso sin un visado; de ahí la incongruencia de no limitar el envío de remesas familiares —como sí lo hizo George W. Bush—, las cuales seguirán llegando sin problemas a las familias cubanas, familias que básicamente gastarán ese dinero en productos y servicios controlados por GAESA. Y en caso de emplearse en la frágil iniciativa privada cubana, será también GAESA quien provea los productos y servicios necesarios para su existencia. Así de ilusoria es la medida con la que se pretende no llenar las arcas de los militares y el Gobierno cubanos.

A pesar de lo que haya entrevisto por Trump en su viaje al futuro, la terca realidad apunta a que la Cuba ‘post-Castro’ no nacerá de las presiones que pueda ejercer algún Gobierno estadounidense, sino de una transición concebida y controlada por el Partido Comunista, una metamorfosis donde la privatización del entramado empresarial del estado transformará en gerentes a los administradores y en socios capitalistas —o al menos en interlocutores inevitables en cualquier transacción comercial de alto vuelo— a los mismos que hoy controlan con mano férrea los hilos de la política y la economía en la isla. Ese es el futuro de Cuba, para provecho de unos y disgusto de otros. El único rédito que sacará Trump de su ‘verboso’ viaje al año 2014 será el aplauso del exilio cubano de línea dura y la posibilidad de apostar con total certidumbre tras su regreso al futuro —de manera similar a Biff Tannen, el antagonista de Marty McFly en la icónica película de Robert Zemeckis—, que en octubre de 2016 los Cachorros de Chicago ganarán la Serie Mundial de béisbol y en febrero de 2017 los Patriotas de Nueva Inglaterra se coronarán ‘in extremis’ en el partido final (Super Bowl 51) de la Liga Nacional de Fútbol Americano.