Aunque el cargo del presidente de Brasil, Michel Temer, pende de un delgado hilo, hay quienes sostienen que su visita a Moscú «podrá tener un amplio y profundo impacto estratégico en la geopolítica regional». Más allá de la agenda oficial, el Gobierno brasileño estaría pidiendo ayuda para evitar «la desestabilización de la región».

Eso sostiene el director de la página militar Defesanet.com.br, Nelson Düring, quien asegura que los objetivos del Gobierno no sólo consisten en «reconstruir el sector agropecuario brasileño», duramente golpeado por lo que denomina como «sabotaje del grupo JBS al complejo de la carne (bovino, porcino y aviar)».

Se refiere a la denuncia realizada por el primer ejecutivo de la compañía brasilera JBS, Joesley Batista, quien grabó una entrevista con el presidente donde se delinean los trazos de corrupción y que puede provocar la destitución de Temer por el Poder Judicial o el Parlamento. Rusia es importadora de carne brasileña y el Gobierno ha puesto los ojos en ese mercado para salir del atolladero.

Meses atrás hubo un retroceso importante en las relaciones bilaterales, cuando Brasil puso fin a las negociaciones para la compra del sistema de defensa antiaéreo Pantsir. Ahora, la página Defesanet informa que las Fuerzas Armadas del país latinoamericano contemplan la adquisición del sistema antiaéreo «S-300 o S-400 para la protección estratégica del área de Brasilia», capital del país.

Según Düring, hubo dos hechos que descongelaron las relaciones ruso-brasileñas. El primero se relaciona con la participación de una delegación de ejecutivos y miembros del Gobierno de Rusia en LAAD 2017, la exposición de seguridad y defensa realizada del 4 al 7 de abril en Rio de Janeiro. Se trata de la mayor feria anual latinoamericana de defensa, en la que Rusia expuso «más de 350 modelos de armas y material bélico».

Poco después, el ministro de Defensa de Brasil, Raul Jungmann, visitó Moscú el 24 de abril, donde se entrevistó con su par ruso, Serguéi Shoigú, en el marco de la VI Conferencia Internacional de Seguridad de Moscú. Shoigú manifestó su aprecio por la disposición de Brasil «para retomar el diálogo bilateral, en todos los niveles, la cooperación mutuamente benéfica en varios campos, incluyendo la cooperación técnico-militar».

En segundo lugar, según Defesanet, los militares brasileños se mostraron muy satisfechos con el nombramiento de Alexandr Fomin como viceministro de Defensa de Rusia. Fomin es «muy conocido por los militares y miembros del Gobierno brasileño, pues estuvo entre 1994 y 2017 ligado a innumerables organizaciones dedicadas a la exportación de equipamientos de defensa de la Federación de Rusia», y fue también director de la cooperación técnica-militar.

Las extensas e intensas relaciones entre Fomin y las Fuerzas Armadas brasileñas podrían estar facilitando una nueva era en las relaciones bilaterales, a pesar de la tremenda inestabilidad política que caracteriza al debilitado Gobierno de Temer.

Pero los grandes medios brasileños han «desconsiderado y hasta ridiculizado» la visita de Temer a Putin, según Defesanet.

Según el diario conservador Folha de Sao Paulo, la agenda de Temer en Moscú fue de muy bajo perfil y estuvo centrada en mejorar el comercio bilateral que cayó un 45% desde 2011. El superávit comercial brasileño con Rusia cayó de 2.200 millones de dólares a sólo 300 millones, focalizado en el comercio de carne ya que Brasil domina el 60% de ese mercado.

Durante la visita, el primer ministro de Rusia, Dmitri Medvédev, propuso a Temer que el comercio bilateral se deje de hacer en dólares y se utilicen ambas monedas y señaló que las prioridades de Rusia están en las áreas de seguridad de la información, cooperación técnico-militar y espacial, mientras que Temer pidió inversiones en la áreas de energía, gas y petróleo.

Días antes del viaje presidencial, los integrantes de los Estados Mayores Conjuntos de Defensa de Brasil y Rusia firmaron, el 8 de junio en Brasilia, un acuerdo de cooperación naval, terrestre y aeronáutica.

Una nota divulgada por el Ministerio de Defensa de Brasil sostiene que se abordaron temas relacionados con la industria aeroespacial y de submarinos, la capacitación de militares brasileños en Rusia y la defensa cibernética. La delegación rusa enfatizó que «somos aliados estratégicos» y que la reunión es «un gran paso para el desarrollo de las relaciones bilaterales». Moscú ha mostrado interés en participar en el Centro de Lanzamiento de Alcántara, en el norte de Brasil.

Más allá de este viraje positivo en las relaciones bilaterales, hay un punto que no aparece directamente en las declaraciones y que es de suma importancia para las fuerzas armadas brasileñas y puede ser motivo de confluencia ente ambos Gobiernos: la preocupación por la creciente desestabilización que sufre Venezuela.

Según el editorial de Düring, los uniformados brasileños temen que la crisis en ese país debilite el control de los arsenales de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. En Venezuela, se producen fusiles AK103 y habría cerca de 5.000 misiles Igla, de fabricación rusa.

«La preocupación de Brasil es que si una cantidad mínima (por ejemplo 5 o 10 misiles) cayeran en manos del narcotráfico, el poder de chantaje de las mafias sería desestabilizador para la región». Este tipo de preocupaciones, muy realistas, revelan por lo menos dos perfiles poco conocidos sobre los militares brasileños.

En primer lugar, su profunda desconfianza hacia las políticas de Washington, que desestabilizan Gobiernos y países sin medir consecuencias. Lo sucedido en Libia después de la intervención de la OTAN contra el Gobierno de Gadafi, por poner apenas un ejemplo, debe ser motivo de alerta para quienes se frotan las manos ante la ofensiva contra el Gobierno bolivariano.

La segunda cuestión es que los militares brasileños, formados en el nacionalismo, apelan a la capacidad del Gobierno ruso para evitar las posibles consecuencias de una eventual profundización de la crisis venezolana. La ‘estrategia del caos’ que aplica una y otra vez el Pentágono ha sido desastrosa para muchas regiones del mundo y quieren evitar que una situación de ese tipo se extienda en la región amazónica.

Entre los acuerdos firmados en Moscú, figura «el establecimiento de una agenda común en política externa, a ser defendida en foros como la ONU y los BRICS». La resolución de conflictos por medio de la ONU fue considerada «imperativa» en la declaración conjunta, lo que abarca no sólo los casos de Siria y Afganistán, sino que tiene idéntica validez para la región sudamericana.