Ya no queda duda de que el presidente Trump está perdido en el laberinto de su política exterior, creada por él y sus asesores. A lo único que se dedica, asumiendo el papel del ‘macho machote’, es proferir amenazas constantes contra países que no están de acuerdo con sus dictados, pero que, al final, todo resulta ser de la boca para afuera.


«Mucho ruido y pocas nueces» (William Shakespeare, 1598)


Corea del Norte fue el primer ejemplo del malabarismo político de Trump, pero no había pasado ni un mes de aquella farsa, cuando el presidente estadounidense, envalentonándose por su propia bravata verbal, lanzó un nuevo capítulo de este tipo de ataque contra Cuba.

Desde un auditorio en La Pequeña Habana, en Miami, que estaba lleno de los últimos excombatientes de la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos (1961) y de las huestes modernas anticomunistas, Donald Trump lanzó un discurso revanchista contra Cuba. Repitió la misma retórica de la Guerra Fría que en su tiempo habían utilizado John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, Richard Nixon, Gerald Ford, Jimmy Carter, Ronald Reagan, George H. W. Bush, Bill Clinton, George W. Bush y el mismo Barack Obama, quien, solamente en los últimos meses de su segunda presidencia, comenzó una política de apertura hacia ‘la mayor de las Antillas’.

En su discurso, que parecía el de un dinosaurio de la Guerra Fría, Donald Trump acusó a Cuba de suministrar armas a Corea del Norte y de incitar la violencia en Venezuela. Por supuesto, no pudo presentar ninguna prueba para sustentar sus acusaciones. ¿Pero cuándo en la historia norteamericana algún presidente ha necesitado presentar datos concretos para comprobar sus denuncias contra el país elegido como su víctima de turno? Simplemente no necesitaba hacerlo, pues bastaban pruebas prefabricadas o usar algún ataque de ‘falsa bandera’, práctica perfeccionada a lo largo de los 241 años de existencia de los Estados Unidos de Norteamérica.

En su intento de congraciarse con el exilio miamense, Donald Trump anunció que «estoy cancelando el acuerdo bilateral del último Gobierno», agregando que «fuertemente restringiremos los dólares que vayan a los militares cubanos y a los servicios de inteligencia (…) aplicaremos la prohibición sobre el turismo y aplicaremos el bloqueo». Como lo explicó el presidente norteamericano, ya era hora de derogar la Directiva Presidencial de Política de ‘Normalización de las Relaciones entre EEUU y Cuba’, emitida el 14 de octubre de 2016 por el Gobierno de Barack Obama, la cual reconocía la independencia, la soberanía y la autodeterminación de la ‘mayor de las Antillas’.

Para esto, Donald Trump firmó una orden ejecutiva, ‘Memorándum Presidencial de Seguridad Nacional sobre el Fortalecimiento de la Política de los EEUU hacia Cuba’. Según el documento, se dispone la eliminación del intercambio educacional «pueblo a pueblo», académico, cultural, educativo y religioso a título individual; se establece una mayor fiscalización de los viajeros estadounidenses a Cuba; y se decreta la prohibición de las transacciones financieras, comerciales y económicas de las compañías norteamericanas con empresas cubanas vinculadas con las Fuerzas Armadas y los servicios de inteligencia y seguridad.

En el papel, una orden ejecutiva de Trump suena a un asunto serio, pero en la práctica no cambia mucho el orden establecido por su antecesor. El caso del Tratado de Libre Comercio entre EEUU, Canadá y México —The North American Free Trade Agreement (NAFTA)— puede arrojar cierta claridad respecto al ‘modus operandi’ ejecutivo del presidente Trump. Primero, el líder norteamericano declaró que su país abandonaría el NAFTA, después se redactó la orden ejecutiva anunciando la salida del país de aquel Tratado de Libre Comercio. Sin embargo, varios días después el presidente aclaró que «no aboliría el TLC [Tratado de Libre Comercio] por el momento, y el NAFTA seguirá vigente». En total, no pasó nada.

Algo parecido sucederá con su orden ejecutiva respecto a Cuba. Cada tratado y acuerdo tienen reglas establecidas y sus cláusulas no se pueden abolir por un plumazo del presidente. El NAFTA, por ejemplo, tiene más de 2.000 artículos, firmados por los representantes de Canadá, EEUU y México que no podrán ser anulados por el presidente norteamericano sin discutir y negociar cada artículo, entre los tres países.

Respecto a la orden ejecutiva contra Cuba, ahora le tocará a los Departamentos del Tesoro y Comercio emitir nuevas regulaciones en un período de 30 días que en la práctica se extenderán a varios meses o más. Mientras tanto, se mantendrán los acuerdos migratorios; no se restablecerá la política de los ‘pies secos / pies mojados’; y Cuba no regresará a la infame lista norteamericana de países que financian el terrorismo. También siguen vigentes los 22 memorandos que benefician el cuidado del medio ambiente, de la seguridad marítima y aérea y se mantienen viajes aéreos y cruceros. Envíos de remesas y viajes familiares siguen sin ninguna alteración.

Lo interesante es que esta orden ejecutiva ya provocó el rechazo de los agricultores norteamericanos. Según el Departamento de Agricultura, durante los cuatro primeros meses del 2017 los envíos de granos y soja a Cuba llegaron a 142.860 toneladas a diferencia de las 49.060 toneladas en todo el 2016. El presidente nacional de productores de maíz, Wesley Spurlock, apeló al presidente Trump diciendo que «en momentos cuando la economía agrícola norteamericana está enfrentando serios problemas, pedimos a nuestros líderes en Washington que no cierren las puertas y oportunidades de nuevos mercados para los agricultores estadounidenses».

Resulta también, que de acuerdo a una encuesta realizada en 2016 por la Florida International University, en el condado Miami Dade, el 63% de los participantes se pronunció contra del embargo a Cuba y el 57% apoyó la idea de ampliar las relaciones comerciales con Cuba. Todo esto significa que la retórica de Trump de «acabar con la ideología depravada del régimen brutal de Cuba» ni siquiera tiene el apoyo de la mayoría de los exiliados cubanos en Estados Unidos y en especial, en Miami.

Solamente los grupos más recalcitrantes anticastristas y mercenarios que a cada anuncio anticubano de Donald Trump coreaban «USA, USA», apoyados por los congresistas Marco Rubio, Mario Díaz-Balart, el gobernador Rick Scott y el vicepresidente Mike Pence, piensan que se puede revertir el reloj de la historia sin conocer la mentalidad del pueblo y del Gobierno de Cuba, igualmente sin escuchar la voz de los propios ciudadanos norteamericanos. La exigencia de Trump de «liberar prisioneros políticos en Cuba, permitir el registro de los partidos de oposición y convocar a elecciones libres bajo el control internacional» ya provocaron el rechazo del pueblo y de las autoridades cubanas.

El canciller de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, respondió a Trump recalcando que «jamás negociaremos bajo amenaza» y tampoco otorgaremos «concesiones inherentes a nuestra soberanía e independencia».

La aparente política de fuerza que acaba de anunciar Donald Trump no toma en cuenta o simplemente no sabe que actualmente Cuba está en proceso de un cambio generacional y que para acelerar este proceso el año pasado fue establecida la edad límite de 60 años para ser miembro del Comité Central del Partido Comunista y 70 años para ejercer cargos de dirección dentro de esta organización. También el Consejo de Estado convocó para el próximo 22 de octubre la primera vuelta para elegir a los asambleístas municipales, como primer paso para la elección del nuevo presidente cubano, ante el anuncio de Raúl Castro de no presentarse nuevamente para las elecciones. Por el momento, los pronósticos son favorables al actual vicepresidente, Miguel Díaz-Canel, de 56 años, como el próximo presidente de Cuba. En todo caso, la ‘mayor de las Antillas’ seguirá su rumbo sin pedir permiso a nadie.

A la vez, la retórica recalcitrante de Trump, en la opinión de la periodista de El Nuevo Herald de Miami Fabiola Santiago se quedará en nada. En su opinión, «no hay reversión alguna del restablecimiento de las relaciones y la política de intercambio de Obama. La indignación de Trump ante la política de su predecesor hacia Cuba no tuvo ningún resultado. El mandatario mantuvo inclusive la controvertida ‘política del Ron y Tabaco’. No puedes nadar en Cuba, pero puedes fumar y beber, y traer contigo todo lo que puedes acarrear». Así de simple.