El 20 de junio fue escogido por Naciones Unidas como el día mundial del refugiado, en un intento por visibilizar una tragedia que afecta ya a 65 millones de personas en el mundo.

La etiqueta refugiado es una suerte de cajón de sastre en el que depositamos nuestros temores y recelos pero sobre todo nuestros prejuicios. El drama de millones de mujeres, hombres y niños nos es indiferente porque están condenados de antemano.

Decir que el Mediterráneo es un cementerio hoy es llover sobre mojado. Sin embargo, es necesario martillar esta idea. ¿En qué mundo vivimos en el que millones de personas no encuentran alternativa posible a caer en redes de contrabandistas que trafican con su miseria?

¿Cómo explicar que una persona no se convierte en refugiado por capricho?

Las causas de los conflictos que originan el flujo constante de desplazados forzosos siguen ahí ante nuestras narices. Guerras interminables, matanzas étnicas, persecuciones políticas, hambruna y un rosario de miserias que no discrimina entre ancianos y niños. Sólo entre pobres y ricos. Las guerras son siempre crueles pero tanto más lo son con los pobres que no tienen elección o alternativas posibles.

Europa sigue profundamente dividida, Francia y Reino Unido demuestran que a pesar de avances científicos y tecnológicos por doquier, muchas personas se aferran a un chivo expiatorio para sacarse responsabilidades de encima y sobre el que volcar la frustración y el miedo.

En el viejo continente es el rechazo a los inmigrantes, económicos o refugiados. Da igual, porque ambas categorías caen en un mismo saco y en Estados Unidos son los mexicanos, musulmanes, en fin, el que vino de afuera.

¿Acaso se les olvidó a los estadounidenses anglosajones de donde llegaron sus ancestros? Quizás deban dar una vuelta por las pocas reservas de indios que quedan.

¿Y en Latinoamérica estamos a salvo del rechazo al diferente? Uno pensaría que sí, habida cuenta del caudal inmigratorio recibido en todo el continente. Sin embargo, la mediatización del problema (que no es otro que el desprecio por el inmigrante pobre, o sea lo que la escritora española Adela Cortina califica como aporofobia), nos ha tornado menos tolerantes.

Sin llegar a los discursos abiertamente racistas de políticos como Le Pen o Trump, persisten los estereotipos y prejuicios que nutren la xenofobia.

Las sociedades latinoamericanas harían bien en reflexionar sobre las políticas de integración de migrantes en cada país. Tolerar al otro, al diferente, no es sólo aceptarlo como otro individuo con derechos contemplados en la legislación internacional: es sentir respeto y compasión por los necesitados, por aquel que precisa un apoyo incluso si es económico. No es lenguaje políticamente correcto ni mucho menos religioso o una expresión de falso buenismo.

Si desde nuestra infancia se nos educa en valores como solidaridad, compañerismo y amistad hacia el prójimo, sea un compañero de escuela o el vecino de casa, no hay razón por la que debamos tornarnos distantes e indiferentes en la adultez.

Entre paréntesis, no queremos dar ni compartir con quien no tiene nada para retribuir.

Sin embargo, permitir que millones de personas sigan atrapados en campos de refugiados insalubres en África o Medio Oriente y peor aún, mirar a un costado cuando nos recuerdan que cientos de personas naufragan por semana cruzando el Mediterráneo no nos hace ni mejores personas ni ciudadanos más felices.

Latinoamérica supo ser tierra de acogida y lo sigue siendo para muchos que llegan silenciosamente desde África, Europa y países vecinos.

Sería bueno que nuestros líderes lo recuerden y fomenten este debate en nuestras sociedades primero y en los foros multilaterales después. Si no es para abrir puertas que al menos sirva para no cerrar corazones. Paradójicamente, la globalización no ha supuesto un aumento de la solidaridad sino, por el contrario, el egoísmo y el individualismo.

La Universidad Católica, a través de docentes especializados en el trabajo con población refugiada, organizó un ciclo de actividades para aproximar al público a la problemática que rodea a estas personas.

Además del panel titulado “Refugiados en el mundo de hoy, una visión global y local”, se inaugurará la exposición de fotos “Acompañar defender y servir”, que muestra el trabajo desarrollado por el Servicio Jesuita de refugiados en Sudán Sur y Siria. La exposición irá en la Sala Dina Pintos del edificio principal de dicha Universidad a partir del próximo 28 de junio a las 19 horas.

A continuación de la muestra se realizará ese mismo día un taller con refugiados y migrantes residentes en Uruguay. El ciclo cerrará con la exposición de infografías “Muestra un gran angular” del 7 de agosto al 30 de setiembre del diseñador gráfico uruguayo Oscar Laguarda.

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