En medio de una dramática lucha antiterrorista, la resistencia de Siria ante una guerra impuesta divide a los promotores de su destrucción, a lo que se suma la insensatez política de estos que eleva el nivel de las tensiones en el Medio Oriente.

Sin precedente alguno en la región, en este país árabe se enfrentan grupos extremistas, tropas de Turquía y Estados Unidos,y fuerzas especiales de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) contra el Ejército sirio, milicias aliadas y quienes con honestidad le respaldan: Rusia e Irán.

No menos de 50 000 hombres, de todas esas partes involucradas, están prácticamente a ‘tiro de cañón’ en el norte, este y sur de esta nación del Levante, punto de enlace geográfico entre Occidente y Oriente.

Los hombres y armas en el terreno de combate nunca antes tuvieron un empleo tan diverso en batallas que van desde conceptos tácticos y estratégicos convencionales hasta enfrentamientos de carácter irregular en ciudades, montañas y desierto.

Al mismo tiempo, Estados Unidos ha cruzado todas ‘las líneas rojas’ al atacar en cuatro ocasiones al Ejército siro y derribar sobre territorio de esta nación, un avión SU 22 y un dron de manera arbitraria y la prepotencia de tropas ocupantes..

Tanto el Gobierno sirio como los de Rusia e Irán condenan esas acciones y en el caso de Moscú, declaró inefectivo un acuerdo de coordinación previa establecido con Washington y la coalición que lidera. Por tanto, esas fuerzas actuarán en consecuencia.

La más reciente crisis, más diplomática y verbal que práctica, entre Qatar y Arabia Saudíta, pone de manifiesto que la firmeza demostrada por Siria en más de cinco años de guerra impuesta obliga a menos, a razonar de manera objetiva.

Desde Doha, la capital qatarí, llegan ahora señales de un necesario análisis que permita conversaciones más objetivas con Irán, Rusia y Turquía.

Sin embargo, el extremismo saudita y uno de los principales promotores de la destrucción de Siria, parece responder a posiciones intransigentes, tergiversadoras y manipuladas como resultado de la más reciente gira del presidente estadounidense Donald Trump en la región.

Un estudio primario de la presente situación permite comprender que Washington asume mediante vacíos discursos, doble rasero y malas intenciones, el papel de las antiguas potencias coloniales como Francia y Reino Unido y las del otrora imperio otomano, de gran influencia en toda la región.

No obstante, en el fondo de las actuales tensiones, es imposible descartar el interés generalizado que tanto en territorio qatarí como sirio, representan las reservas de gas, el combustible definitorio a partir del 2017 con fabulosas reservas aún no totalmente calculadas y enormes proyectos inversionistas multimillonarios, según expertos.

A esta panorama deben agregarse detalles y aspectos que implican un evidente alargamiento en las negociaciones que terminen o atenuen al menos, la situación de guerra, la creciente división interna entre los grupos terroristas y el recién renovado accionar de Estados Unidos con enfrentamientos directos, en cuatro ocasiones desde fines del 2016, contra las Fuerzas Armadas sirias.

En el último caso, Washington trata de evitar a toda costa el acceso de Damsco a las regiones de Raqqa y Deir Ezzor, fronterizas con Irak, donde se ubican la mayoría de los más importantes yacimientos de gas y petróleo sirios sobre la base de ‘reactualizar’ al hasta ahora casi inexistente papel del Ejército Libre Sirio.

Los peligros de enfrentamientos mucho más agudos son evidentes y esta nación del Levante, con ostensibles avances en una política nacional de reconciliación y desde el punto de vista militar ,tiene ahora,junto a sus aliados, el reto de salvar las cuatro zonas de distensión a partir de las últimas conversaciones de Astaná, la capital de Kazajastán, entre otras cuestiones de vital importancia.

Solamente la sagacidad, la sensatez y el manejo de cada pieza en este complicado tablero de ajedrez polÍtico- militar por parte de cada contendiente’puede abrir una luz en medio de un camino largo cuyo final es todavía imprevisible.

Por Pedro García Hernández

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