Brillantes amapolas rojas. Parecen fuera de lugar. Pero en realidad son la representación de la sangre derramada. Puntos rojos esparcidos en el campo verde del pueblo destrozado. Inmediatamente detrás de las flores se encuentra un edificio destruido cubierto de agujeros en las paredes y las puertas. Los huecos vacíos de las ventanas, a modo de ojos, miran directamente al alma. En el aire queda una pregunta silenciada: ¿para qué?

Llegamos al golpeado pueblo de Nikishino. Nos encontramos ante ese edificio que se hace dolorosamente familiar. Vi fotos de él en marzo de 2015. Es difícil de olvidar.

Enterrados a sus puertas…

Bajo mis pies se encuentra la gravilla, hierro oxidado y restos de metralla, ladrillos rotos y proyectiles. Junto a voluntarios de organizaciones humanitarias de la República Popular de Donetsk llegamos, en marzo de 2015, a la localidad de Nikishino. Hacía una semana que había terminado la batalla. Inmediatamente después de la liberación del pueblo, la gente se apresuró a ayudar a los residentes locales, que habían sobrevivido a un infierno.

En la suela del zapato se me clavó algo afilado en el pie derecho. Por suerte, el oxidado trozo de metal quedó en la suela. Toda la carretera estaba cubierta de ese tipo de “regalos”. Una alfombra de metal. A mi izquierda vi a una joven familia. Retiraban los restos de cristal junto a los restos de una casa medio destruida. Un niño de ocho años ayudaba con una pequeña escoba a sus padres. No les llamó inmediatamente la atención el convoy de ayuda humanitaria que les llevaba medicinas, víveres y ropa.

Un poco más adelante estaba el camión. En la parte de atrás había una chica que entregaba la ayuda humanitaria a personas mayores. Me dio vergüenza fotografiarles. Por dentro estaba avergonzado. Me compadecía de estas personas porque creía que comprendía lo que habían tenido que pasar. Las historias de estas personas merecen ser escuchadas.

Tras una breve conversación con una de las ancianas en la cola, me llamó una mujer. Vio que tenía una cámara en la mano y me ofreció hacer unas fotografías. Con lágrimas en los ojos, la mujer me guió a su casa. Concretamente, a las ruinas y las cenias de lo que una vez fuera el hogar de una gran familia feliz. Ante mí solo había un montón en el que se mezclaban los ladrillos rotos, las cenizas y los restos quemados de una vida pasada. “Ve, ve”, repetía la desesperada mujer. Sus vidas estaban destrozadas. Lo único que les daba esperanza era la voz de los periodistas. Querían que el mundo conociera su tragedia.

Cerca había dos hombres y una mujer. Hablaban de algo. Me acerqué a ellos y les pedí que me contaran su historia. Sin miedo, me hablaron de las condiciones en las que habían pasado los anteriores ocho meses. No había mucha gente en el pueblo. La mayoría habían tenido que marcharse. Quienes decidieron quedarse se vieron obligados a aguantar un infierno. De las muchas historias trágicas, la que más me impresionó fue la historia de un funeral. Había fuertes batallas. Una mujer murió por un impacto de metralla en su propio patio. En un principio, los vecinos dejaron el cuerpo en una silla en el garaje. Cuando empezó a descomponerse, bajo el sonido de las balas y de la artillería pesada, los chicos del barrio cavaron una pequeña tumba en el jardín y enterraron a la mujer junto a un árbol. En aquel momento, cuando llegué a Nikishino, los zapadores limpiaban el cementerio. No había ninguna posibilidad de volver a enterrar los cuerpos. La mujer se quedó ahí, enterrada en su propio patio, en el mismo lugar en el que encontró la muerte.

Cuidado, minas

Bajo el sol de junio, un gato descansa sentado en un banco. En el tendedero se seca la ropa. Junto a la casa hay una fila de ladrillos nuevos. Recuerdo esta casa. En 2015 me la enseñó una mujer que me hablaba de los horrores de la guerra. En la cabeza resuena una frase: “aquí vivimos y cocinamos todo el verano. Gracias a dios que aguantó”. Me acerco, pero no me atrevo a entrar a saludar. Hay signos de que alguien vive aquí. Está claro que la mujer sigue viviendo ahí. Me alejo, los compañeros no quieren esperar mucho tiempo por mí. Tenemos que seguir adelante. Con el pie piso algo duro. Parecerían los restos de una mina. Los “regalos” han vuelto a aparecer. Pero por aquí pasan constantemente vehículos pesados y civiles, lo que sugiere que es seguro. Alrededor se pueden encontrar más restos.

Corrí al autobús oficial, donde encontré a otros periodistas. Conduciendo por el pueblo veo que ha abierto una tienda de alimentación. Al lado está lo que una vez fuera la iglesia. Solo ha quedado el esqueleto. En su lugar se construye una nueva iglesia. Muchas de las viviendas que han sobrevivido han cubierto las ventanas con plástico. Las viviendas en las que reside la población se distinguen claramente de aquellas que siguen vacías. Han limpiado el terreno delante de los edificios, han cambiado las ventanas y, en algunos casos, hay incluso algunos coches. Por el camino vemos a más personas mayores. Por desgracia, los niños se aburren aquí: aquí había una vez un club en el que bailaban, cantaban, había conciertos. Todo está destruido. El colegio también está en ruinas.

Paro en la parte más devastada del pueblo. En mi cabeza recuerdo este lugar como un paisaje apocalíptico con túneles completamente destruidos. El campo estaba cortado por filas de trincheras en las que yacían proyectiles deformados y que no habían explotado y los restos de carne enlatada. Entre las ruinas llegué a encontrar un socio peluche de niño. Ahora las heridas de las trincheras son diferentes. En uno de los túneles me entero de que fue una trinchera del Ejército Ucraniano. Ahora es seguro estar aquí. Los zapadores del Ministerio de Situaciones de Emergencia de la RPD lo han comprobado. Ahora comprueban los campos adyacentes. Se produce un ruido. Se levanta el polvo. Comienza a moverse un vehículo blindado. Es similar a un tanque, pero no está hecho para la batalla. Se desarrolló sobre un T-64, pero no para la lucha, me explica un empleado del Ministerio de Emergencias. Por cierto, el blindado que busca minas en Nikishino llamó la atención de la OSCE. En su opinión, es una violación de los acuerdos de Minsk. Cada proyectil que explota aparece en sus informes.

El “tanque” continúa avanzando por el campo minado. Para evitar los obstáculos está equipado con dos varas con una antena, para que toquen las minas y avisen de antemano. Los ingenieros descubren un proyectil de RPG. Debido a su estado, se decide hacerlo explotar en el momento. Los empleados nos piden que nos alejemos. Nos apartamos hasta una distancia segura y protegemos las lentes de la futura explosión. El proyectil explota. Los restos se esparcen por todas partes. Primero se acercan los zapadores. Después, nosotros. Después de un rato, se presentan, puntuales, los observadores internacionales. Filman con sus teléfonos los restos del Palacio de Cultura. La siguiente mina explota en el camino. El humo y el polvo blanco cubren el blindado.

La herida cuna de la sabiduría

Bajo los pies cruje el cristal roto y los restos de ladrillo. La pared de cemento se ha colapsado. Los rayos de luz penetran en lo que queda del edificio a través de los muchos agujeros de los proyectiles de tanques y artillería. Por todas partes hay libros de texto y cuadernos de ejercicios, mesas de madera y sillas. Las ventanas, completamente abiertas, con los marcos quemados y sin cristales. En el completamente vacío gimnasio solo ha sobrevivido el campo de baloncesto. La hierba se hace con el suelo del abandonado colegio del pueblo de Nikishino.

Los colegios rurales son muy parecidos, pero no es por eso por lo que este lugar parece familiar. Vi un colegio parecido en el pueblo de Stepanovka (cerca de Saur Mogila). Al retirarse de la ciudad, los voluntarios del Praviy Sektor deliberadamente dispararon contra los lugares importantes. En Nikishino realizaron la misma operación.

Al volver nos fijamos en el dañado monumento a los soldados soviéticos con su bandera. Los invencibles soldados siguen mantenidos la bandera de la victoria. Detrás, el destruido parque. Lo recuerdo cubierto de restos de ladrillos y completamente destruido. La población ha limpiado el terreno alrededor del Palacio de Cultura. Los coches blindados blancos ya no están aquí. La jornada de trabajo ha terminado.

Heridas incurables

Se mezclan todos los sentimientos. Por una parte, la vida ha vuelto gradualmente a Nikishino. La población ha intentado recuperar lo que ha podido. Pero sus esfuerzos no son suficientes. Recuperar la normalidad requiere un gran esfuerzo y grandes cantidades de dinero. Los edificios destruidos aún no han podido recuperar la vida diaria. Supuestamente han abandonado las balas, las minas, el llanto y los gritos. Los testigos de los sangrientos acontecimientos tampoco han olvidado la experiencia. Las terroríficas imágenes de la batalla mantienen al pueblo, tanto a los civiles como a los militares, en pie por la noche.

La imagen apocalíptica no es completa, pero puedo recordar lo que sucedía en el invierno de 2015. Recuerdo a un voluntario que vino de Rusia y que conocí cuando pasó “a la reserva”. El soldado perdió una pierna en la batalla. Eso le obligó a dejar las armas y pasar a las misiones humanitarias. Denis era el nombre de este voluntario de San Petersburgo, que ayuda a soldados heridos a recuperarse sin perder la esperanza. Y entonces me dijo lo siguiente: “cuando estaba en la guerra bebía mucho café. He visto destrucción, he visto morir a camaradas en el frente, cañones destruyendo animales. En mi cabeza estaba en casa, tomando mi café favorito. Y luego volvía a la realidad. Soñaba con ir a mi café favorito. Con ver a mi lado a gente normal. Hablar de cosas mundanas. Estaba sentado tomando un café, concentrado en su aroma y no podía quitarme de la cabeza que estaba en un lugar en paz. Pensaba en la guerra en Donbass. No podía quitarme la obsesión de volver a Donetsk y volver a luchar con los camaradas que habían estado conmigo en Nikishino y con los que habíamos asaltado el puesto de control del Ejército Ucraniano en Debaltsevo. Cuando estaba allí solo soñaba con la vida en paz, pero ahora solo puedo pensar en la guerra”.