En el palacio de Santa Cruz existe una leyenda no escrita que viene a decir que el español que recupere Gibraltar recibirá como premio un marquesado.

No sé si será cierta o no. Es más que probable que sea una broma del escritor y periodista Juan José Téllez, que siempre fue el mayor propagador de la cosa. Pero por el interés que ponen determinados personajes de la política patria de ahora y de siempre por recuperar el Peñón por la vía urgencia, algo debe haber. ¿Quizás sea una baronía? ¿Quizás sea un apartamento en Sotogrande?

Desde Fernando María de Castiella, que cerró en 1969 la frontera de Gibraltar, ha habido patriotas persiguiendo el marquesado. En la historia más reciente, el ministro de Exteriores con Rajoy en su primera etapa José María García-Margallo, que hizo de Gibraltar piedra angular de su gestión (por momentos resultó el asunto exterior, el único asunto exterior), ha sido el más destacado por su obsesión casi enfermiza por el Peñón y por el estrepitoso fracaso cosechado persiguiendo fantasmas del pasado.

Tanto empeño puso que su sucesor, Alfonso Dastis, no ha tenido más remedio que heredar la propuesta de cosoberanía. Aunque haya rebajado considerablemente el tono, ahí sigue dale que te pego con una iniciativa que murió ya en 2002 en la playa de un referéndum en el Peñón, donde los gibraltareños dijeron nones casi unánimemente a la intentona de Blair y Aznar, dos de la funesta foto de las Azores, por acabar con tres siglos de diferencias.

Entonces, el 98,48% de los llanitos respondió con un no rotundo a la siguiente pregunta: ¿Aprueba usted el principio de que Gran Bretaña y España deben compartir la soberanía sobre Gibraltar?

Detrás de tal rotundidad estaba un cierre de la frontera que se prolongó durante 13 largos años y que ha sido la decisión política que más daño ha causado a la reivindicación española sobre el Peñón. Ni que decir tiene que desde entonces los llanitos no sienten mucho aprecio por nuestros colores.

Y en este patriotismo visceral y poco inteligente, gobernando por las urgencias, estamos también en estos días que corren.

Así las cosas, en el arranque de la negociación del Brexit,  la mención expresa que hace el Reino Unido sobre Gibraltar en el documento que perfila los derechos que tendrán los ciudadanos comunitarios que residen en el Reino ha provocado la casi protesta española, que ha recordado casi de inmediato que “el principio según el cual ningún acuerdo entre la UE y el Reino Unido se aplica a Gibraltar sin un previo acuerdo entre el Reino Unido y España no admite excepciones y afecta también al derecho de los ciudadanos” (versión El País).

Es la diplomacia española en estado puro, sudando de nuevo la camiseta por el Peñón, abundando en la excepcionalidad y alejándose de la normalidad que merecería algún día el contencioso para dejar de serlo.

Una pequeña ciudad del sur de Europa, del sur de la Península Ibérica, de apenas 30.000 habitantes, está de nuevo en el centro del universo español. El Brexit y sus miles de patas poco nada valen si nos atenemos al irrefrenable impulso por el envolvernos en la rojigualda  al grito de ¡Gibraltar, español!

Que los 100.000 españoles residentes en el Reino Unido viven en la más pura incertidumbre, que los 300.000 británicos residentes en España están angustiados, que los 10.000 trabajadores españoles que operan en el Peñón han perdido poder adquisitivo y están literalmente acojonados, pues no hay por qué preocuparse.

Para Dastis, Gibraltar es “un simple problema en el sur”. Eso sí, hay que abordarlo “de forma desapasionada”.

¿Un problema? La segunda fábrica de Andalucía, que emplea a más de 10.000 españoles y genera el 20% del PIB del Campo de Gibraltar, no puede ser jamás de los jamases un problema, sino un milagro en una zona donde el paro llega al 40%, donde el tren acumula un siglo de retraso (el Gobierno del PP lo prologa un año más por una nueva ausencia presupuestaria), donde la población sigue esperando un estudio epidemiológico que expliqué por qué hay tantos casos de cáncer.

En fin, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores no es un bocazas, pero peca de la misma falta de perspectiva e inteligencia que su antecesor. Quizás es premeditado, quizás es para lo que quieren en verdad el Peñón, para envolverse en él.

Porque mientras España no acepte el derecho de autodeterminación de los gibraltareños, que llevan 300 años en un territorio que es más suyo que de nadie, poco o nada se podrá hacer. Porque mientras que no se aplique a rajatable una estrategia de la normalidad, el status quo de Gibraltar seguirá siendo el mismo.

Así que por qué en vez de tirarles macetas, no le tiramos flores, como en su día hizo el exministro socialista Miguel Ángel Moratinos. Por qué no dejamos que los equipos gibraltareños puedan jugar las competiciones europeas en La Línea, tal como ha pedido Juan José Gallardo, el entrenador linense del Europa, campeón de la Liga local y equipo de Champions League. Por qué no guardamos las banderas en el cuarto de las escobas y dejamos que las buenas relaciones y la normalidad de los besos y los abrazos hagan su trabajo.

Etiquetas: ; ; ;