Si hay un hombre que puede acabar con Trump es Robert Mueller.

El pasado 17 de mayo, poco después del cese fulminante del jefe del FBI, James Comey, el Departamento de Justicia nombró a Mueller consejero especial (con funciones similares a las de un fiscal) encargado de investigar la posible injerencia de Rusia en las elecciones de 2016.

Su nombramiento sembró tal inquietud en la Casa Blanca que durante un momento Donald Trump pareció barajar la posibilidad de despedir a Mueller, acusándole de ser “muy, muy amigo de Comey, lo que podría ser un problema”.

Pero demócratas y republicanos, incluido el jefe de la mayoría en la Cámara de Representantes, Paul Ryan, le dijeron que no sería precisamente una buena idea (técnicamente, Trump no puede despedir a Mueller aunque sí podría presionar al Departamento de Justicia para que lo hiciera).

¿Quién es Robert Mueller? Nombrado por George W. Bush poco antes de los atentados del 11-S, fue jefe del FBI durante doce años (2001-2013). Nacido en Manhattan en el seno de una familia adinerada, criado en Filadelfia, casado desde hace más de medio siglo con la misma señora a la que conoció en el colegio, Robert Mueller, de 72 años, tiene fama de ser un hombre íntegro y tenaz.

Cuando estudiaba en Princeton, decidió alistarse en los marines e irse a la guerra de Vietnam en 1967, después de que uno de sus compañeros cayera en combate. Ahí recibió varias medallas por su valor. Lo recordó el año pasado ante los cadetes de la academia militar de West Point.

A Mueller lo que siempre le ha gustado es ser fiscal. Lo fue en Boston y en San Francisco durante doce años. En Washington dirigió la sección de investigaciones criminales del Departamento de Justicia en los años 90 donde se ocupó entre otros asuntos de meter en la cárcel al expresidente panameño Manuel Noriega e investigar el atentado contra el vuelo Pan Am 103 que cayó destruido sobre Lockerbie.

Mueller tiene fama de estudiarse los dosieres. Cuando estaba en el FBI empezaba sus reuniones a las siete de la mañana. “Le gustan los detalles” contó un antiguo compañero de trabajo al Washington Post. “Como un buen marine, Bob siempre se centra en su misión”, dijo Barack Obama cuando Mueller dejó el FBI en 2013, “conozco a poca gente en la vida pública que haya mostrado más integridad bajo presión”.

El nuevo consejero especial ya se ha enfrentado a la Casa Blanca. En 2004, en plena guerra de Irak él y James Comey –que era entonces número dos del ministerio de Justicia– amenazaron con dimitir si George W. Bush y su equipo se empeñaban en mantener el programa de escuchas de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) que consideraban inconstitucionales. La Casa Blanca tuvo que dar marcha atrás.

Mueller ha contratado un equipo de antiguos fiscales y abogados experimentados que han llevado casos como el de la quiebra del gigante energético Enron en 2001, investigado a varias familias mafiosas de Nueva York (los Gambino y los Genovese) e incluso participado en la investigación del Watergate.

Ya ha dicho que quiere interrogar a varios altos responsables de los servicios de inteligencia, entre ellos a Michael Rogers, el director de la NSA, para saber si presionaron a Comey –por instrucciones de Trump– para que abandonara su investigación.

¿PUEDE MUELLER PROCESAR A TRUMP?

Si acusa al presidente estadounidense de obstrucción a la justicia –si se demuestra que pidió a Comey que abandonara la investigación sobre una posible conexión rusa de su equipo de campaña– puede eso desembocar en un impeachment?

El articulo 3 de la Constitución estadounidense, que trata del proceso de destitución, no precisa si un presidente es susceptible de ser procesado mientras sigue en el puesto. Un informe del 2000 de la oficina de asesoramiento legal de departamento de Justicia asegura que no, pero tampoco está muy claro que Mueller deba seguir sus recomendaciones.

Esto va para largo. Como recordaba esta semana en portada el New York Magazine, el Watergate tardó más de un año en gestarse. Y luego está la opinión pública. Incluso cuando se iban desvelando todos los detalles del escándalo, sólo el 22% de los estadounidenses opinaba entonces que Richard Nixon debía dimitir.

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