Los artículos sobre el imparable camino hacia la modernización de Arabia Saudí son frecuentes en los medios y think tanks norteamericanos. No es una sorpresa porque, en el caso de los segundos, el dinero saudí es una fuente imprescindible de financiación. Sobre los medios, estos aceptan con facilidad la premisa más extendida entre los gobiernos de EEUU, según la cual cualquier cambio en la situación interna del régimen saudí iría en detrimento de los intereses norteamericanos.

Para encontrar análisis más realistas, es más fácil recurrir a los medios británicos. El Financial Times publica un artículo de un columnista, Nick Butler, que no se cree la historia de que el ascenso de Mohamed bin Salmán (MbS) es el inicio de la solución de todos los problemas del país. Butler, que trabajó 29 años en BP y que ahora es profesor del Kings College de Londres, desdeña la idea ampliamente extendida de que la monarquía saudí será capaz de abandonar su dependencia del petróleo:

“La diversificación de la economía del reino ha sido una prioridad nacional al menos desde los años 80. Sobre eso, no se ha hecho prácticamente nada. Los mejores y los más brillantes han abandonado, hombres y, desde luego, mujeres cansadas de ser tratadas como ciudadanas de segunda clase. Los grandes planes para la diversificación y modernización entregados por McKinsey y apoyados por MbS no se basan en nada más firme que la arena. Hay una gran ‘visión’ para el año 2030, pero sin ningún mecanismo para su aplicación”.

Butler afirma que los saudíes están aislados por sus decisiones erráticas en relación a varios asuntos –obviamente, cita el caso de la guerra de Yemen–, aunque es más relevante la referencia a la conducta saudí sobre el mercado del petróleo: “El resentimiento contra la decisión saudí de permitir la caída de los precios del petróleo es intenso y se extiende por toda la OPEP y más allá”.

Tras su ascenso en los últimos seis meses hasta llegar el barril de Brent a los 56 dólares, su precio volvió a caer por debajo de los 50 (ahora está en torno a 47 dólares), en lo que podría ser la constatación del fracaso de la estrategia saudí. El hundimiento del precio permitió sacar del mercado a muchas explotaciones de ‘oil shale’ en EEUU, pero en la medida en que el precio volvía a recuperarse, esas instalaciones, o al menos algunas de ellas, podían volver a ponerse en funcionamiento al ser ahora rentables. Eso empieza a parecerse a una situación estructural, que no cambiará a corto o medio plazo, con lo que la aspiración saudí de acabar con ese peligroso competidor que venía de EEUU y Canadá lleva camino de convertirse en una fantasía.

Recientemente, los últimos acuerdos de la OPEP para controlar la producción no han tenido éxito a causa de un actor inesperado. Todos daban por hecho que Libia no estaría en condiciones de aumentar su producción de petróleo, pero lo que ha ocurrido ha sido lo contrario. Los bandos enfrentados en la guerra civil libia no son capaces de formar un Gobierno, pero sí de triplicar su producción de crudo de hace un año y llevarla hasta 885.000 barriles diarios en este mes de junio.

A finales de mayo, la OPEP prolongó el recorte de producción aprobado antes, y lo que ha pasado desde entonces es que el precio del barril ha caído un 16%.

Butler aporta otro elemento de tensión en la estabilidad de la monarquía saudí, aunque sin dar detalles. Se refiere al peligro de “ruptura interna con los poderes religiosos”. Dice que la estrategia de MbS no presta ninguna atención a las limitaciones impuestas por la élite religiosa wahabí. No tendría ningún sentido aceptar ese control si de verdad quisiera modernizar la economía.

Es improbable que MbS y su padre, el rey, estén dispuestos a limitar el poder de los clérigos wahabíes hasta el punto de crear un cisma en una de las bases de la continuación del poder de la dinastía Al Saud. Ahora bien, en las últimas semanas han aparecido artículos en la prensa saudí criticando a los líderes religiosos por no haber apoyado con la energía patriótica necesaria la ofensiva contra Qatar (la religión de Estado en ese país también es de inspiración wahabí).

Ese tipo de críticas no se publican en los medios saudíes si no cuentan con el apoyo expreso del Gobierno, es decir, de los responsables de la familia real. Con la misma facilidad con que han salido esas críticas, desaparecerán más adelante una vez que los líderes religiosos den por recibido el mensaje, pero es revelador de la poca paciencia de MbS con aquellos que hasta ahora han impuesto su ideología teocrática, pero que no demuestran la misma pasión para apoyar las campañas del Gobierno.

Se diría que una monarquía absoluta cuenta con todo tipo de resortes para imponer su voluntad. No parece que MbS esté dispuesto a asumir ningún riesgo, a pesar de que el relevo en el primer puesto en la línea de sucesión se votó casi por unanimidad –sólo hubo tres votos discrepantes– en el consejo real en el que están representados los principales miembros de la familia real.

Según cuenta el NYT este jueves, al depuesto príncipe Mohamed bin Nayef se le ha prohibido salir del país e incluso no puede abandonar su palacio de Yeda. Tratándose del palacio de un multimillonario saudí, resulta difícil considerarlo un arresto domiciliario. Aun así, al menos refleja el temor de MbS a que el anterior príncipe heredero y exministro de Interior pueda suponer una amenaza en un relevo que se había vendido como pacífico y cordial.

El artículo del NYT no explica en concreto las razones de Mohamed bin Salmán porque las desconoce. Por eliminación, esto es lo que dice una de las fuentes oficiales norteamericanas que han confirmado la noticia: “Es una muestra de que MbS no permite ninguna oposición. No quiere ningún movimiento desde el interior de la familia. Quiere un ascenso directo sin ninguna disensión. No es que MbN (Bin Nayef) esté conspirando”.

Bin Nayef tiene muy buenas relaciones desde hace años con altos cargos militares y de los servicios de inteligencia norteamericanos por la colaboración mutua en la guerra contra Al Qaeda. Su enfado al conocerse la noticia, desmentida por el Gobierno saudí, es lo que ha facilitado que se haya conocido a través del NYT. No ha trascendido ninguna información que indique que MbN había mostrado su malestar en privado o público por su remoción.

Durante varios años, se ha especulado con la posibilidad de que sectores de la cúpula de la familia real (que en su conjunto es más una tribu que una familia, con más de 20.000 miembros) se enfrentaran al rey Salmán por la rápida ascensión de su hijo y la consiguiente relegación de personas de más edad y experiencia. Al final, Arabia Saudí es una monarquía feudal donde la voluntad del monarca se ha impuesto sobre los intereses de príncipes importantes en el escalafón familiar, pero sin poder real que no proceda de las decisiones del rey.

Pero si la noticia del NYT es cierta, habría que pensar que MbS no está tan seguro de que su posición esté garantizada por la simple decisión de su padre o simplemente quiere enviar un mensaje amenazador a los descontentos dentro de la familia real. Ninguna de las dos posibilidades dice mucho sobre la estabilidad del país.