Hace unos días, aviones saudíes atacaron la isla yemení de Kamarán para destruir una planta desalinizadora de agua. No es el primer caso de este tipo. En enero de 2016, la planta desalinizadora de la ciudad de Mokha fue también destruida en un bombardeo. Eso dejó sin agua potable a la cercana ciudad de Taiz, donde vive un millón de personas.

Es un ejemplo más de la destrucción de la infraestructura civil del país en la campaña de bombardeos iniciada por Arabia Saudí y los Emiratos contra las milicias huzíes. La destrucción directa, que también ha afectado a hospitales y clínicas, y los efectos del bloqueo naval de Yemen han sido factores decisivos para la aparición de una epidemia de cólera, porque quedan ya pocos lugares en el país más pobre de Oriente Medio donde esté asegurado el suministro de agua potable.

La OMS afirma que 1.500 personas han muerto y que el número de enfermos es de 246.000 desde abril, siendo niños una cuarta parte de ellos. La epidemia afecta a 21 de las 22 provincias de Yemen. El número de enfermos crece cada día en 5.000.

A mediados de junio, la ONU anunció que su presupuesto de emergencia para Yemen (2.100 millones de dólares) sólo estaba cubierto en un 29%. Unicef ha tomado la decisión poco habitual de utilizar una parte de sus fondos de emergencia para pagar a médicos, porque nadie lo estaba haciendo, y sin personal médico no hay posibilidades de detener la epidemia.

A finales de la pasada semana, llegó una contribución especial de un origen inesperado. Varios millones de dólares procedentes precisamente del principal responsable de la aparición de la epidemia. El príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán, que es también ministro de Defensa y el arquitecto de este conflicto bélico, hizo pública una donación de 66 millones de dólares para luchar contra los efectos de esa misma epidemia de cólera que él ha ayudado a crear con sus operaciones militares. Según el NYT, MbS “mostró su lado caritativo”.

En el primer año de la intervención saudí, se calculaba que Riad estaba gastando 200 millones de dólares diarios en la guerra. En función de esa cifra, podemos deducir que la cantidad donada ahora es equivalente al gasto militar de ocho horas de guerra.