Si no fuera por la triste historia de la Base de lanzamiento de cohetes de Alcántara, en el estado de Maranhao, norte de Brasil, las recientes declaraciones del ministro de Defensa Raul Jungmann, serían tranquilizadoras.

En efecto, el ministro concurrió al Congreso la semana pasada donde aseguró que el Gobierno no realizará «acuerdos de exclusividad» con un solo país.

Por el contrario, dijo que Brasil está negociando el uso de la base con China, Rusia, Israel, Francia y EEUU y que «no habrá monopolio», intentando despejar dudas sobre el renovado interés de Washington para posicionarse en una base estratégica a la que tuvo acceso exclusivo por el acuerdo que en abril de 2000 firmara el expresidente Fernando Henrique Cardoso.

La base de Alcántara fue inaugurada en 1983 y es administrada por la Fuerza Aérea y la Agencia Espacial Brasileña. Tiene una ubicación privilegiada a sólo 2,2 grados de latitud de la línea del Ecuador, lo que permite un ahorro de hasta el 30% de combustible en el lanzamiento de cohetes. Junto a la base de Kourou (Guayana Francesa) es la única base espacial en América Latina.

Desde 1990 se realizaron 28 lanzamientos de cohetes de pequeño y mediano porte destinados a la investigación científica y meteorológica.

En el año 2000 el presidente Fernando Henrique Cardoso firmó un Acuerdo de Salvaguardas Tecnológicas con EEUU que preveía que el Pentágono asumiera el control completo de Alcántara. El acuerdo otorgaba a EEUU estatus de extraterritorialidad, por el cual el Estado brasileño no podía controlar la base ni fiscalizar la entrada de equipos.

Llegaba incluso a prohibir que los recursos por el arrendamiento de la base fueran usados para desarrollar el programa espacial brasileño, como detalla el analista Alberto Moniz Bandeira en su libro ‘As Relações Perigosas: Brasil-EEUU (De Collor a Lula, 1990-2000)’.

Un informe del diario ‘Folha de Sao Paulo’ criticaba que el dinero que Brasil recibía (cinco millones por cada lanzamiento) no pudiera invertirse en el desarrollo tecnológico de su programa espacial. Un coronel de la reserva dijo: «El acuerdo es un certificado final de sumisión a los EEUU», mientras otros uniformados afirmaban que el contrato por la base «hiere la soberanía nacional». 

En 2001, la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados decidió no aprobar el acuerdo con EEUU. Según Moniz Bandeira, la cesión de la base a EEUU tuvo «enorme resistencia dentro de las Fuerzas Armadas, donde gran parte de la oficialidad entendió que cerraría, al este, el cerco sobre la Amazonia brasileña, pues estaría situada, estratégicamente, en la entrada de la principal vía de acceso, este-oeste, lo que daría a los EEUU facilidades para reunir medios de apoyo logístico en una eventual tentativa de ocupar el valle de los ríos Amazonas/Solimões». 

En 2003, al llegar Luis Inacio Lula Da Silva a la presidencia, el proyecto de acuerdo fue archivado definitivamente, representando un duro revés para el Pentágono. En el mes de julio, el Gobierno informaba la decisión de retirar el proyecto de acuerdo con EEUU con el argumento de que no había reciprocidad, ya que las autoridades brasileñas no tendrían acceso al recinto si se concretaba el proyecto.

Pero el 22 de agosto de ese año, poco después del anuncio  oficial, se produjo un accidente en Alcántara cuando se incendió un cohete que mató a 21 técnicos y destruyó la base de lanzamiento. Algunos medios aseguraron que se trató de un «sabotaje del Tio Sam». Diez años después del «accidente», la investigación de la Fuerza Aérea no pudo establecer con precisión las causas del incendio que paralizó durante años el proyecto espacial.

El servicio de inteligencia ABIN (Agencia Brasileña de Inteligencia) investigó a ciudadanos franceses ya que existió la sospecha de que Francia podía estar interesada en sabotear una base de lanzamiento que podía competir con la suya, situada a escasa distancia. Lo cierto es que nunca se llegaron a establecer las causas del accidente.

En 2011, WikiLeaks reveló cables del Departamento de Estado a la embajada en Brasilia, en los que se manifiesta el veto al programa espacial. A la vez, se presiona a Ucrania —que en ese momento mantenía un acuerdo con Brasil— para que no le transfiera tecnología espacial. «No apoyamos el programa nativo de vehículos de lanzamiento espacial de Brasil», se puede leer en los cables, que agregan que no se oponen a la existencia de la base de Alcántara, «mientras tal actividad no sea el resultado de la transferencia de tecnología de cohetes a Brasil».

Cuando languidecía el Gobierno de Dilma Rousseff, en abril de 2015, la presidenta decidió cancelar el acuerdo de cooperación espacial con Ucrania que nunca había conseguido despegar. Poco después, el 30 de junio, se concretaron acuerdos bilaterales entre EEUU y Brasil que para el entonces ministro de Defensa Jacques Wagner, representan «una nueva fase en las relaciones bilaterales en el área de defensa».

El Gobierno de Michel Temer, instalado definitivamente luego de la destitución de Dilma Rousseff por el Parlamento el 31 de agosto de 2016, nombró a Raúl Jungmann como ministro de Defensa. Jungmann había sido ministro de Desarrollo Agrario en el segundo Gobierno de Cardoso, cuando se firmó el acuerdo que cedía la base de Alcántara a EEUU.

Por eso, cuando Jungmann anunció, en abril pasado, que el Gobierno estaba interesado en abrir a varios países el uso de su base espacial de Alcántara, se encendieron nuevamente las alarmas. Previendo la fuerte oposición que podría instalarse en las instituciones militares y civiles, el ministro se mostró cauto en el Parlamento y avanzó la idea de no entregarle la base a una nación en forma exclusiva.

La larga historia de sabotaje a la industria espacial brasileña tiene un peso enorme en un país que ha llegado al fin del ciclo político iniciando en la pos-dictadura (1985), pero que aún no tienen un rumbo definido, ni las instituciones, ni los dirigentes que habrán de modelar su futuro. Las relaciones internacionales jugarán un papel decisivo en esta nueva realidad, en la que EEUU no puede permitirse diseñar en solitario los caminos de una región que algún día fue su patio trasero.

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