Pekín y Moscú han entrado en una nueva etapa histórica de colaboración al comprometerse públicamente a trabajar juntos en la búsqueda de una solución pacífica y negociada a la aguda crisis relacionada con el programa nuclear y de misiles que desarrolla Corea del Norte.

Después de dos intensos días de encuentros en Moscú, el presidente chino Xi Jinping y su homólogo ruso Vladímir Putin han suscrito una importante declaración conjunta que refleja el magnífico estado de salud en que se encuentra la alianza estratégica sino-rusa, una alianza que está pasando en gran parte desapercibida en Occidente y que se ha visto favorecida por la política errática y ruda del presidente norteamericano en la esfera internacional.

Putin y Xi se han obligado a colaborar estrechamente para establecer un mecanismo de seguridad efectivo y completo en esa parte de Asia tan pronto como sea posible «con el fin de asegurar una paz y estabilidad duraderas en la región». Este mecanismo consistiría en aplicar una doble moratoria. Por el lado norcoreano, se trataría de suspender las actividades nucleares y de misiles. Por parte estadounidense y surcoreana, de cesar las maniobras militares a gran escala que habitualmente se llevan a cabo en la zona. La propuesta también incluiría avanzar en paralelo hacia la desnuclearización de la península de Corea.

Los dos gobiernos también han expresado su firme y fuerte oposición a la instalación en Corea del Sur, por parte de Estados Unidos, del sistema antimisiles THAAD, pues consideran que eso supone un «serio daño a los intereses estratégicos de seguridad de los Estados regionales, incluida Rusia y China». Quieren que se desmantele y se interrumpa su desarrollo.

El comunicado sino-ruso ha coincidido casi en el tiempo con el exitoso lanzamiento del misil norcoreanobautizado Hwasong-14, que podría convertirse en el futuro en el primero de Pyongyang que tendría características balísticas intercontinentales, es decir, largo alcance, superando los 5.500 kilómetros de distancia.

El test del Hwasong-14 representa todo un reto para Donald Trump quien tuiteó a principios de enero que como comandante en jefe no toleraría el diseño de un misil capaz de llegar hasta territorio de EEUU. Si no se detuvieran las pruebas de desarrollo del mencionado proyectil, éste podría alcanzar las costas de Alaska en un hipotético ataque. El riesgo no radica en que el líder Kim Jong-un lance un golpe preventivo contra Estados Unidos pues ese paso equivaldría a su suicidio. Pero sólo la mera eventualidad se presenta como una amenaza.

¿Qué opciones le quedan a Trump? Todas son arriesgadas. Podría reforzar las sanciones económicas, aumentar la presencia naval en la zona y acelerar el programa cibernauta para sabotear el lanzamiento de misiles. Pero toda esa intimidación ha resultado ser un rotundo fracaso y está enquistando el problema para alarma de los vecinos y de la comunidad internacional.

También podría ordenar ataques militares preventivos para destruir las instalaciones de misiles norcoreanos, pero esa drástica medida desataría una incontrolada respuesta del adversario. Los proyectiles de las piezas de artillería situadas al norte de la Zona Desmilitarizada llegarían sin problemas a la capital de Corea del Sur, Seúl, una urbe de unos 10 millones de habitantes.

Finalmente, la tercera opción sería negociar. El nuevo presidente surcoreano Moon Jae-in ya le ha pedido que lo haga, basándose en la premisa de la «doble moratoria» lanzada por China y apoyada por Rusia. Sin embargo, esa posibilidad supondría una retirada militar táctica en esa complicada área del Pacífico, frenando así la libertad de movimiento de los buques de la US Navy. Esa solución no sentaría nada bien a los sectores más duros del Pentágono. Y tampoco se ajustaría al carácter bravucón de Trump.

Haga lo que haga el inquilino de la Casa Blanca, la colaboración entre Rusia y China se extiende más allá de la península coreana. Bajo las nuevas condiciones forjadas, ambos países van a seguir consolidando unas relaciones basadas en la igualdad, la confianza, el apoyo mutuo, la prosperidad y la amistad duraderas, profundizando las sinergias ya conseguidas y promoviendo la cooperación en materia de seguridad y coordinación internacional. En concreto, van a priorizar sus actividades diplomáticas, apoyándose el uno en el otro en la protección de sus intereses básicos que incluyen la soberanía, la seguridad y la integridad territorial. Todo ello sin olvidar, por supuesto, los crecientes intercambios económicos. Así en 2016 el comercio aumentó un 4 por ciento hasta los 66.000 millones de dólares, pero sólo en los cuatro primeros meses de este año ya había crecido un 37% o 24.500 millones de dólares. A este movimiento de dinero hay que sumar los proyectos concretos en energía, ciberseguridad, investigación en al Ártico, espacio, tecnología, conectividad o finanzas, por citar algunos de ellos.

La cumbre supuso la tercera vez que Xi y Putin se veían en persona en lo que va de este año. Y desde que Xi llegó al poder en 2012, ambos se han encontrado nada menos que en 22 ocasiones, seis de ellas en Rusia. Estas cifras ponen de manifiesto la gran intensidad de los vínculos creados, probablemente los mejores de la historia de ambas naciones.

Buena prueba de esta sintonía y fluidez es el hecho de que Putin concedió a Xi la Orden de San Andrés el Apóstol, la más alta distinción estatal de la Federación Rusa. Desde que la Orden, que data de la época zarista, fuera recuperada en 1998 por Boris Yeltsin, sólo 17 personas han tenido el honor de recibirla y todas ellas eran personalidades rusas o soviéticas. Hasta ahora.

En una ocurrente metáfora de lo que está ocurriendo, un veterano analista político británico escribía que «el gigante China-Rusia está empezando a moverse. Y como si fuera la víctima de una tira cómica que tiene los pies atados a las vías, Trump se encuentra directamente en su camino». Veremos cómo termina esa historia.

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