Una sacudida de euforia ha recorrido ciertos despachos de la Administración del Gobierno de Bagdad. «¡Hemos derrotado a Daesh! ¡Hemos aniquilado a su líder! ¡Hemos recuperado la ciudad de Mosul!», debieron gritar satisfechos muchos funcionarios.

Efectivamente, las huestes terroristas se han retirado de la tercera ciudad más importante del país. Pero la han arrasado combatiendo en cada edificio y en cada esquina y finalmente han practicado la táctica de la tierra quemada. Ni siquiera se ha salvado de la destrucción la centenaria mezquita desde la que el temible Abu Bakr Al Baghdadi se autoproclamó califa del Estado Islámico en julio de 2014.

Poco tiempo le faltó al primer ministro iraquí, Haider al Abadi, para subirse a un coche oficial y enfilar la carretera hacia el norte. Cuando llegó a la devastada Mosul, al chií Al Abadi, vestido de negro en traje de faena, le entregaron una bandera que llegó a colocarse sobre los hombros antes de besar efusivamente a uno de los mandos militares que había coordinado la toma de la plaza.

Luego vinieron las fotos de rigor, todos sonrientes, y un breve discurso televisado a la nación:

«Anuncio desde aquí el fin y el fracaso del falso Estado Islámico que el grupo terrorista Daesh (proscrito en Rusia y otros países) anunció desde Mosul hace tres años», dijo.

El primer ministro subrayó que se trataba de una «victoria iraquí» cosechada sin la presencia de soldados extranjeros sobre el terreno.

Pero lo difícil no es llegar sino mantenerse. A los iraquíes les tocará reconstruir otra ciudad llena de ruinas y desolación, y restablecer la estabilidad en una zona machacada por la tortura y el asesinato, el miedo y la extorsión.

Dos misiones ímprobas y complejas que no están exentas de grandes obstáculos, porque las tensiones entre las comunidades chiíes, suníes y kurdas no se han apaciguado, sólo se han aparcado para expulsar al enemigo común: Daesh, y pueden volver a florecer por los territorios recuperados.

Para evitar que los miembros del autodenominado Estado Islámico se movieran hacia Erbil, la capital del gobierno autónomo kurdo, y la ocuparan, fuerzas kurdas se desplegaron por amplias áreas de la planicie de Nínive, situada al nordeste de Mosul, una comarca disputada por árabes y kurdos. Lo mismo ocurrió en la provincia de Kirkuk, rica en yacimientos petrolíferos.

Según la Constitución iraquí aprobada tras la muerte de Sadam Husein, el futuro de estas zonas debería decidirse en un referéndum que ha sido pospuesto en varias ocasiones. La guerra ha generado otra realidad. Mientras que hasta 2014 era Bagdad quien controlaba estas áreas en disputa y tenía un motivo para retrasar cualquier posible cambio, ahora los kurdos son los ocupantes y están en la posición dominante.

El salvajismo del Daesh se ha plasmado en el hecho de que volaron alevosamente con explosivos la Gran Mezquita de Al Nuri y su minarete torcido, dos joyas artísticas musulmanas que databan del siglo XII. Mosul tardará mucho en regresar a ser la misma villa después de que un régimen de terror e intolerancia provocara miles de civiles muertos y obligara a huir de sus casas a dos tercios de sus 1,8 millones de habitantes.

El número de militares iraquíes caídos se esconde como un secreto de Estado, pero se presume bastante abultado, dada la dureza de la batalla. La campaña para recuperar la ciudad a la civilización ha costado más ocho meses de cruentos combates, terribles bombardeos y demasiados mártires inocentes.

A la significativa derrota en Mosul se ha unido la noticia de la muerte de Al Baghdadi. La dan por confirmada fuentes de la provincia iraquí de Nínive y el Observatorio Sirio de Derechos Humanos.

Sin embargo, lo mejor en estos casos pasa por mostrar cautela e incluso escepticismo, porque al líder yihadista ya le dieron por muerto en varias ocasiones en los últimos tres años y siempre regresó resucitado como Lázaro. Puede que esta vez sea la definitiva. O no.

Si se verificara fehacientemente la desaparición de Al Baghdadi —que masticó su fanatismo en la cárcel clandestina norteamericana de Camp Bucca en 2004—, eso representaría un duro golpe para la organización, pero no un hecho determinante que implique su exterminio.

El Daesh está muy debilitado y casi ha sido vencido en el campo de batalla tradicional. Su poder ha menguado en Siria e Irak, pero su nombre no va a desaparecer todavía del tablero de Oriente Medio. No ha muerto. En estos años de expolio y represión, la organización terrorista se ha convertido en una máquina engrasada de matar cuyos tentáculos se reproducen, aunque sean cercenados de raíz, como si fueran las serpientes venenosas de la cabeza de la Medusa, el monstruo mitológico griego.

A partir de ahora Daesh se lamerá las heridas como un depredador furioso y se esconderá en sus guaridas más recónditas en el desierto para volver a operar desde la insurrección, de donde brotó como una metamorfosis de Al Qaeda. Muchos de sus hombres se concentrarán en la defensa de Al Raqa, su último bastión en Siria, pese a ser muy conscientes de que su pérdida también es una cuestión de tiempo.

Al Raqa es mucho más pequeña en extensión que Mosul pero tampoco va a suponer una victoria fácil. A las fuerzas que se enfrentan a los terroristas les esperan escudos humanos, túneles subterráneos repletos de explosivos o dispuestos para ocultarse, minas, coches bomba, drones bomba y emboscadas, algunas de ellas en zonas presuntamente liberadas con anterioridad. Usan cualquier treta sin importarles los principios morales.

Cuando caiga ese reducto sirio planearán la siguiente etapa de su locura: volver en cuerpo y alma a los atentados terroristas que les hicieron tan tristemente famosos en Occidente. El peligro radica en la desesperación que han ido cargando en sus mochilas ideológicas.

Una desesperación máxima que les empujará a escenarios más brutales si cabe, donde tienen cabida las armas de destrucción masiva, es decir, químicas, biológicas o atómicas. Por eso sueñan delirantes con sembrar el pánico, envenenando el río de una gran ciudad o atacando una central nuclear. Daesh seguirá vivo hasta que no se desactive a su último militante.

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