Emmanuel Macron y Donald Trump han protagonizado en París una operación de ‘marketing’ beneficiosa para ambos, con más atención a las imágenes que al contenido político del encuentro.

Dos presidentes inesperados. Dos no favoritos que llegan al poder. Dos personajes provenientes de la empresa privada. Hay diferencias de opinión entre Macron y Trump, pero hay también una similitud de circunstancias que les acerca.

Su primer encuentro en el G7 de Taormina fue un duelo de machos. Trump, que había hablado de la decadencia francesa y de su debilidad ante el terrorismo islamista, miraba por encima del hombro a su joven homólogo. Macron necesitaba hacer frente al mandatario norteamericano sin complejos y con una nueva estrategia de acercamiento.

Nada mejor para el impacto nacional e internacional que invitar a Trump a la fiesta nacional francesa y al desfile militar del 14 de julio. La justificación era fácil: se cumplen cien años de la entrada en combate de las tropas norteamericanas en territorio francés para frenar a Alemania.

El presidente francés sabía que la mejor manera de ‘vender’ a Francia en los Estados Unidos era haciendo de Donald Trump el invitado estrella de los Campos Elíseos. Macron ya subió un escalón en la escena internacional invitando a Vladímir Putin a Versalles. Faltaba el polo occidental; Donald Trump y su esposa Melania han tenido derecho al paquete turístico completo: alta gastronomía en la Torre Eiffel, paseo por el Sena en lancha y desfile militar.

Un ‘bromance’ en París

Sobre el escenario mundial, Trump es para muchos gobiernos y opiniones públicas un paria. Un náufrago que Macron ha rescatado y ha colmado de honores, con las cámaras de TV y los fotógrafos bien situados. Apretones de manos infinitos, brazos enlazando las espaldas, golpes amistosos y varoniles en los hombros. Algunos periodistas utilizaban ya el término inglés ‘bromance’ —de brother (hermano) y romance—, que define una amistad/romance no sexual entre hombres.

Donald Trump no podía esconder su satisfacción. Vetado en el Reino Unido por las manifestaciones que se preparaban contra él, ha recibido en Francia inesperados aplausos balsámicos. Y, por supuesto, ninguna manifestación de hostilidad ni en la prensa ni en la calle.

La extrema izquierda francesa, que ha llenado de insultos y burlas al dirigente «yanqui», prefirió ir a la playa o a la piscina. Trump viajaba bajo una imponente protección oficial, pero bien hubiera podido pasearse en carroza por las calles de París.

El Jefe del Estado francés supo convertir la invitación a Trump en un homenaje a Estados Unidos como pueblo, como aliado que ha acudido dos veces en el Siglo XX a salvar a los franceses de la derrota militar y moral. Habló de «lazos indestructibles» entre los dos países y aseguró que «nada les separará jamás». Hay que entender que las diferencias franconorteamericanas sobre Siria se han suavizado. Macron reiteró que para la solución de la crisis en ese país Francia ya no exige como condición previa la salida del presidente Bashar Asad. Solo el asunto del calentamiento global y el acuerdo de París sobre el clima separan a los nuevos amigos. Nada que pudiera ensombrecer la visita.

A Macron solo le faltó condecorar a su colega con la Legión de Honor u otra distinción superior. Al fin y al cabo, Barack Obama obtuvo un Nobel antes del comienzo del partido.

Emmanuel Macron habrá ahondado con su invitación a Trump su fama de admirador de la cultura ‘USA’. El filósofo francés y antiguo guerrillero en Bolivia Regis Debray considera al nuevo dirigente galo como un ejemplo de la «norteamericanización» de su país. En su último libro, «Civilización, cómo nos hemos convertido en norteamericanos», Debray denuncia cómo la cultura proveniente de Estados Unidos cala profundamente en la sociedad francesa.

Macron, un ‘galoricano’

Macron, un neopolítico que estudió filosofía, ha cedido ante la fascinación de parte de su generación por el ‘american way of life’. Es, según Debray, un ‘galoricano’. Los jóvenes miembros de su movimiento político utilizan términos en inglés norteamericano en cada párrafo que escriben. El ‘globish’ (inglés global) es la lengua de Macron y sus tropas: ‘trendy’, ‘online’, ‘self service’, ‘border line’, ‘corner’, ‘trader’… son algunas de las miles de palabras que carcomen el vocabulario francés, gracias a los adoradores del Silicon Valley y el Nasdaq.

Francia sorprende a sus propios vecinos europeos cuando encabeza, por ejemplo, la lista de consumidores de comida basura con sello estadounidense. En pocos países del Viejo Continente existen cantantes que se transforman seriamente para hacerse pasar por nativos de Mississippi. Todo lo que llega de Estados Unidos despierta un arrobamiento sin límites críticos.

Los anteriores presidentes franceses, antinorteamericanos de boquilla, han contribuido también a esta situación. No hay nada más decepcionante para un observador exterior que ver cómo los jefes de estado franceses condecoran con la máxima distinción cultural de su país a personajes como Bruce Willis, Tom Cruise o Arnold Schwarzenegger, por ejemplo.

Así, no sorprende en absoluto que cuando se menciona el nombre de Levi-Strauss, la mayoría de los franceses piense antes en los pantalones importados de Estados Unidos que en el célebre antropólogo francés.

Para los norteamericanos, ya sean escritores de los años 30, cineastas como Vincente Minnelli y Woody Allen, o músicos como George Gershwin, París siempre será una fiesta. Gracias a Emmanuel Macron y, salvando las distancias artísticas, para Donald Trump también lo ha sido por unas horas.

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