China comenzó bien la semana tras difundirse que sus últimas cifras de crecimiento económico han superado las previsiones de los analistas internacionales. Esa noticia va tener consecuencias favorables para los sufridos mercados de valores y materias primas en Latinoamérica.

Según los datos oficiales del Gobierno de Pekín, el crecimiento de la economía del gigante asiático se situó en el 6,9% en el segundo trimestre, igualando así el porcentaje alcanzado entre enero y marzo de este año. Sobre una base trimestral, creció en el segundo trimestre un 1,7% frente al primero.

Los expertos financieros mundiales adelantaban un 6,8%, tres décimas por encima del objetivo de crecimiento del PIB de un 6,5% fijado por Pekín para este año.

Estos resultados deberían calmar a quienes aventuran que China va a sufrir un duro aterrizaje, mientras sus líderes se afanan en transformar la actual economía exportadora y manufacturera en otra más moderna basada en el consumo interno y en el sector de los servicios.

La Oficina Nacional de Estadísticas (NBS por sus siglas en inglés) de China subrayó, al hacer públicos los datos, que éstos mostraban que la economía nacional se ha hecho «más estable, coordinada y sostenible». Pero la agencia gubernamental no cayó en la autocomplacencia cuando puntualizó que, «en general, la economía siguió mostrando un progreso constante en el primer semestre… pero la inestabilidad y las incertidumbres internacionales siguen siendo relativamente grandes y la acumulación interna a largo plazo de desequilibrios estructurales se mantiene».

La NBS también avisó que la economía de China se enfrenta «a muchos factores inestables e inciertos en el exterior», una velada referencia a la retórica proteccionista del presidente estadounidense, Donald Trump, o a la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Todos los indicadores de la primera mitad de 2017 son mejores que los del año pasado. Incluso en los sectores que más dudas provocaban entre los especialistas. Por ejemplo, la producción industrial aumentó un 7,6%, una cifra que no se observaba desde finales de 2014. Las inversiones en el sector inmobiliario crecieron un 8,6%, las exportaciones subieron un 15%, y las ventas al por menor se expandieron un 11%, muestra de que el consumo interno ya se ha convertido en uno de los principales motores económicos del país.

China es el espejo donde mejor se reflejan los mercados emergentes. Si a ella le va bien, así les irá a ellos. Su sólido crecimiento refuerza las recuperaciones de los exportadores de materias primas y mantiene la recuperación del crecimiento mundial en 2017.

El panorama es alentador en términos globales porque China es la segunda economía más grande del planeta y su poder de empuje es muy considerable.

Si se mira con detenimiento las gráficas de los últimos años, se constata que se está frenando la desaceleración económica que empezó en 2012, cuando el PIB subió un 7,9% con respecto a 2011, fecha en que se llegó a un insuperable 9,5%. Año a año, las cifras han ido menguando poco a poco —un 7,3% en 2014, un 6,9% en 2015, un 6,7% en 2016 —, lo que tuvo efectos negativos en aquellas zonas del mundo que se nutren del comercio chino, especialmente de la compra de materias primas agrícolas o minerales. En otras palabras, el crecimiento ha dejado de caer y se ha estabilizado, una perspectiva muy relevante.

Sin embargo, es preciso no perder de vista los «desequilibrios estructurales» que todavía subyacen en el camino. Es lo que el Diario del Pueblo —el periódico oficial del Partido Comunista— denominó «rinocerontes grises», riesgos que pueden pasar inadvertidos pero desencadenar una crisis sistémica en un corto espacio de tiempo. La principal amenaza es el alto nivel que ha alcanzado la deuda pública y privada. El total de lo que debe China —incluidos el Estado, las empresas, y las familias— se ha disparado ya hasta el 277% del PIB. A su favor juega que gran parte de la deuda pública (en manos del Gobierno) y de los hogares está en niveles bajos si se compara con otras economías —no así la deuda corporativa—; o que gran parte de esa deuda es doméstica, lo que hace más fácil su control por parte del Estado.

Otro peligro latente es el descontrol de la burbuja inmobiliaria, cuyo proceso de reducción está en marcha. En algunos casos los precios de las viviendas están empezando a decaer, fruto de las duras restricciones a la adquisición impuestas por el Ejecutivo, con el telón de fondo del próximo Congreso del Partido Comunista que debe celebrarse a mediados de otoño y que cada cinco años elige a sus máximos líderes.

Con la crisis financiera desatada en 2008 y la consecuente bajada de la demanda mundial, Pekín recurrió a programas de estímulo masivos (unos 464.000 millones de euros de entonces) para espolear la demanda interna y mantener altas las cotas de crecimiento. Pero esa facilidad crediticia animó a las administraciones locales y a las empresas a endeudarse todavía más. Es la otra cara de inyectar dinero en la sociedad.

A pesar de estos retos, la actividad económica está repuntando y esa suave tendencia va a provocar efectos tonificantes en la otra orilla del océano Pacífico, pues allí se focalizan muchos intercambios comerciales e inversiones chinas, concretamente en México, Brasil y Perú. A los dos primeros países les viene muy bien que haya algunas buenas noticias económicas internacionales, pues sus cuentas públicas no son muy boyantes y además se enfrentan a serios problemas estructurales.

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