Como todo en esta vida es cíclico, llegó también el momento para Rafael Correa, quien transformó Ecuador de ‘Banana Republic’ a un país de ‘Buen Vivir’, de dejar el poder y dar oportunidad a su pueblo para decidir qué camino seguir.


Me tocó la misión de relámpago: rasgar un instante las tinieblas; fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse sobre el vacío (Simón Bolívar, 1830, Carta a Fanny Dervieu du Villars).


En realidad, no hay muchas alternativas para elegir en el actual complicado contexto nacional, regional y global, dominado por el avance de la derecha al poder. Lo único que les queda a los ecuatorianos es seguir con su Revolución Ciudadana, haciéndola más participativa y transparente, o retornar al modelo neoliberal para entregar el país a la oligarquía, a la banca usurera, todos al servicio incondicional de Washington.

El nuevo presidente, Lenín Moreno, trató de tomar una ligera distancia del legado de Rafael Correa y asumir un estilo de conducción distinto durante sus primeros 50 días de liderazgo. En el primer día de su Gobierno, Moreno suprimió la Secretaría del Buen Vivir. Días después convocó a los representantes de los medios de comunicación de la oposición anunciándoles que llegó la hora de la tolerancia, la reconciliación, el respeto y de acabar con el autoritarismo.

Pero lo más curioso y de paso alarmante en su alocución de bienvenida a los directivos de la prensa fue cuando les dijo: «Respiren los aires de la libertad, no hay satisfacción más grande». Con esta frase, prácticamente afirmó que, durante 10 años, cuatro meses y nueve días de la Presidencia de Correa, la libertad estaba ausente o restringida.

Los que estábamos siguiendo la trayectoria del presidente Rafael Correa desde el 2007 al 2017, hemos sido testigos de una sistemática guerra mediática globalizada contra el propulsor de la Revolución Ciudadana desde el primer hasta el último día de su Gobierno.

La prensa al servicio de las élites nacionales e internacionales «no se cansaba en presentar un país incendiado por la conflictividad, que marcha hacia la catástrofe y el conflicto social», según el periodista ecuatoriano Jorge Núñez Sánchez. «La oposición trató de ver diariamente en cada acto administrativo un error, en cada declaración oficial una amenaza, en cada negocio público una muestra de corrupción y en cada proyecto una infamia». Todos los intentos de diálogo fueron rechazados por la oposición y sus medios de comunicación.

Decía Bernard Shaw que «la libertad significa la responsabilidad». Sin embargo, ‘la responsabilidad’ ha sido interpretada durante siglos por la prensa al servicio de la oligarquía nacional y las transnacionales desde el punto de vista de los intereses de sus patrocinadores o sus amos, es decir, unilateralmente. Así, la prensa ecuatoriana, en su mayoría, se convirtió en la propietaria de la verdad.

A instancias de Washington y de sus generosas propinas por medio de numerosas organizaciones no gubernamentales (ONG), la USAid y la NED, la prensa manejada por la oposición intensificó aún más los ataques contra Rafael Correa después de que el presidente reorientara la política comercial hacia China y los países de la ALBA, la CELAC y Rusia, clausurara la base militar estadounidense de Manta, cancelara los proyectos de la USAid y organizara la salida de Ecuador del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).

Y no podía ser de otra forma porque hasta la promulgación de la Ley Orgánica de Comunicación en 2013, el 83% del espacio radio electrónico estaba en manos privadas, el 13% era manejado por la iglesia y solo el 3% estaba destinado al sector público y comunitario. El periódico El Universo (de Guayaquil), del Grupo Pérez, y El Comercio de Quito, de la familia Martínez, ocupaban el 65% de la circulación nacional.

En 2007, unas 19 familias controlaban 287 canales de televisión. Entre seis y ocho canales de televisión con cobertura nacional estaban ligados a los bancos privados. En estas condiciones, los medios de comunicación en manos privadas representaban un ‘poder de facto’, declarando a Rafael Correa un «dictador» con el cual no se podía entablar un diálogo.

Con la puesta en marcha de la Ley Orgánica de Comunicación en 2013, que estableció la distribución equitativa de frecuencias de radio y televisión, la guerra mediática contra Rafael Correa se hizo aún más despiadada y carente de toda ética. A los dueños de medios de comunicación no les agradó el hecho de quedarse solamente con el 33% de las frecuencias radioelectrónicas. El resto fue distribuido en la siguiente proporción: el 33% al sector público; 10% a la iglesia; y el 24% a las comunidades. Los exdueños de la ‘verdad’ que usaban la libertad de injuriar como si fuese una opinión denunciaron al unísono el «linchamiento mediático» debido a la ‘ley Mordaza’.

El anuncio del nuevo presidente, Lenín Moreno, de la apertura del diálogo con los dueños de los medios privados de la comunicación, quienes durante los últimos 10 años rechazaron todo tipo de diálogo con el Gobierno de Correa para promover ‘amor y paz’ en el país está provocando el desconcierto y preocupación de las bases de la Revolución Ciudadana.

Ya varios periodistas de opinión del periódico ligado al Gobierno El Telégrafo, como Alfredo Vera, por ejemplo, consideran que «será difícil que Lenín Moreno continúe el camino que fue trazado durante 10 años por Rafael Correa» (18-07-17). Otro columnista del mismo periódico que siempre apoyó al expresidente, Sebastián Vallejo, de pronto descubrió con la partida de Rafael Correa a Bélgica que «lo que está cosechando Alianza País son 10 años de una cultura democrática muy pobre y una excesiva centralización».

Los más poderosos periódicos de la derecha ecuatoriana, El Comercio y El Universo, han empezado a presentar a Lenín Moreno como un verdadero líder democrático que siente el pulso de su pueblo. Las alabanzas se intensificaron después de designar el presidente al derechista exeditor de El Comercio, Fernando Larenas, como director editorial del periódico público de El Telégrafo, de mayor importancia para la Alianza País.

Fernando Larenas escribió en las páginas de El Comercio contra la Revolución Ciudadana y, en especial, contra Rafael Correa. El nuevo editor ya anunció la eliminación de la página editorial de El Telégrafo, sabiendo como profesional que la página editorial es el corazón y la carta de representación de cada medio de comunicación.

Por supuesto que, el mayor enemigo de la Revolución Ciudadana, el banquero Lasso, mandó inmediatamente su ‘felicitación’ a Lenín Moreno y, cómo no, pues la derecha ya tiene su representante en el mayor periódico público del país. Fue el mismo Guillermo Lasso quien durante la última campaña electoral se olvidó de la tolerancia, el diálogo, el respeto y llamó abiertamente a la violencia contra la dictadura de Alianza País. Sus huestes quisieron inclusive incendiar la capital al enterarse de su derrota en las elecciones presidenciales.

Ahora Guillermo Lasso se está autoproclamando el defensor de la democracia y de los derechos humanos, olvidándose de su promesa electoral de expulsar a Julian Assange de la embajada de Ecuador en Londres. A la vez, el mismo siniestro personaje está tratando de entablar una sutil amistad y diálogo con el presidente Lenín Moreno.

Toda la derecha está dispuesta a apoyar a Lenín Moreno en su lucha contra la corrupción mientras que no toque sus capitales en los paraísos fiscales. La consigna de la lucha contra la corrupción es también el nuevo método de los globalizadores iluminados para dominar el mundo. En otros tiempos usaron el anticomunismo, después proclamaron la guerra al narcotráfico, la reemplazaron por el terrorismo y ahora lograron retornar a su patio trasero a Argentina y Brasil acusando a sus exlíderes de corruptos, ocultando sofisticadamente el hecho de que los acusadores e instigadores internacionales han sido los que promovieron la ola de corrupción a nivel mundial. John Perkins lo describió en su libro ‘Confesiones de un Asesino Económico a Sueldo’. Tomando todo esto en cuenta, el presidente Lenín Moreno tiene que cuidarse mucho de la sinceridad de los medios privados de comunicación para ayudar a su Gobierno en la lucha contra la corrupción en nombre de la democracia.

La supuesta ‘dictadura’ que instaló Rafael Correa es otro mito, otra ‘falsa bandera’. Basta acordarnos del informe de uno de los más prestigiosos ‘think tanks’ británicos, World Values Survey 2014, que anunció que «Ecuador es uno de los países del mundo gobernado más democráticamente, incluso más que Estados Unidos, el Reino Unido y Francia».

Un año después, en 2015, la «Corporación Latinbarómetro» presentó un informe sobre 18 países respecto a la percepción pública del Gobierno, la distribución de la riqueza y la corrupción. El informe arrojó que el 56% de los ecuatorianos estimó que en el país se gobierna para el bien de todo el pueblo. El 49% cree que la distribución de la riqueza es justa y, finalmente, Ecuador ostenta el primer lugar entre los 18 países participantes en esta encuesta, con el 54%, referente al progreso en la reducción de la corrupción en los últimos dos años.

Definitivamente, Lenín Moreno tiene que ser muy cuidadoso en su diálogo con los que representan los intereses de la oligarquía y las transnacionales en su intento de encontrar un camino más transparente y unificador para su país y no olvidar el legado de su predecesor que retornó el prestigio, la fe en sí mismo y la dignidad a los ecuatorianos e hizo crecer su clase media en 10 años de un 13% al 49%.

Por supuesto que el diálogo es siempre necesario, pero hay que tomar en cuenta que el «diálogo», según Rafael Correa, «es bienvenido… pero hay que saber con quiénes te sientas a la mesa y no dialogar con quienes saquearon Ecuador».

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