Mosul, antiguo bastión de los radicales, oficialmente liberado de los yihadistas a finales de junio, sigue albergando a cada paso del visitante peligros y amenazas.

Los islamistas dejaron calles enteras de edificios destruidos hasta los cimientos, entre los cuales se encuentran también muchas mezquitas, así como minas y coches bomba listos para ser utilizados, además de sótanos convertidos en cuarteles militares.

El corresponsal de Sputnik tuvo la oportunidad de presenciar el hallazgo de esos coches bomba, que se producían en masa en un taller especial, en el que todavía se encuentra un automóvil Hyundai, listo para perpetrar un atentado.

La parte delantera del vehículo está cubierta de láminas metálicas para proteger al terrorista suicida durante el ataque, y en los asientos traseros yacen dos recipientes llenos de gas.

El equipo para hacer estallar toda la construcción se encuentra junto al volante.

Desde la confección de coches-bomba hasta la producción de harina

Un poco más adelante, junto a la destruida mezquita central de Mosul Al Nuri, donde el jefe de Daesh (autoproclamado Estado Islámico, grupo terrorista proscrito en Rusia), Abu Bakr Bagdadi, proclamó su «califato» en julio de 2014, se encuentra un barrio de comerciantes.

En las primeras plantas de las casas de dos o tres pisos, donde antes se encontraban pequeñas tiendas, ahora se respira el aliento de la muerte. La calle está llena de cadáveres de los yihadistas que todavía no pudieron ser sepultados.

En uno de los comercios pueden verse sacos de unos 50 kilos de harina, en los que puede leerse el letrero «Estado Islámico».

Se trata de una prueba de que los radicales se encargaban de vender víveres a la población, empaquetando la harina, el azúcar y otros alimentos en sacos de su propia «marca».

La guerra que continúa

Seguimos los pasos de un militar que se encarga de la seguridad del grupo, y llegamos al barrio de Maidán. Justo en este lugar se realiza una operación de desminado de los edificios de vivienda donde los terroristas dejaron sus artefactos explosivos.

De pronto se escucha una explosión. Dos zapadores han perdido la vida, sus compañeros se encargan de retirar sus cuerpos. Aunque la ciudad ya fue liberada, todavía hay personas que mueren a causa de las minas.

Otro de los peligros radica en los sótanos, donde pueden ocultarse no solo los yihadistas, sino también civiles retenidos en calidad de rehenes.

Los militares iraquíes, en lugar de atacar esos fuertes subterráneos, con pasillos minados, eligieron una estrategia diferente, que consiste en esperar a que los propios radicales abandonen sus refugios.

Sin agua, corriente eléctrica y sin posibilidades de adquirir alimentos, tarde o temprano los terroristas salen de los sótanos.

«El contingente especial cercó esos barrios hace cerca de un mes, y la estrategia mostró su efectividad: en lugar de atacar los refugios y sótanos, acciones en las que pierden la vida los soldados, nosotros aguardamos», dijo una fuente en las fuerzas de seguridad iraquíes.

El interlocutor de la agencia reveló que el grupo más grande entregó sus armas hace unos seis días, en total se rindieron unos 40 yihadistas.

Según la fuente, todavía bajo tierra se encuentra cierto número de radicales que no logró huir de la ciudad junto con los refugiados, pero los militares siguen de cerca sus desplazamientos subterráneos.

 

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