Recientemente se ha recuperado el tema del resurgimiento del Ejército Ucraniano y el posible paso de Ucrania hacia tomar acciones decisivas con relación a Donbass. El Consejo de Defensa y Seguridad Nacional ha declarado la necesidad de introducir nuevos métodos de guerra y la posibilidad de dar por terminado ATO para pasar a algo más rígido y que el Consejo de Ministros adopte un programa de rearme de las fuerzas armadas. Poroshenko negocia con el secretario de Defensa de Estados Unidos un aumento significativo de planes militares. Hace tanto tiempo que la política ucraniana se ha convertido en un espectáculo que esto es lo normal. Para comprender adecuadamente este espectáculo es necesario conocer los cánones del género.

Las series políticas ucranianas están habitualmente divididas en varias escenas obligatorias que se repiten una y otra vez durante los ciclos electorales. El primer año, o los dos primeros, se dedican a “superar la herencia recibida de sus antecesores”. Después llega el momento de las “promesas” por la que la población fue a las urnas y la prensa infla exageradamentente los resultados. Con la proximidad de las elecciones, el último año, llega el momento de nuevas promesas. Con el tiempo, la brecha entre las promesas y su cumplimento se agranda y aparece la necesidad de que la prensa ayude para vender unas “victorias” mucho menos convincentes que los resultados. Para ilustrar estos pasos se puede, cómo no, citar algunos ejemplos de la historia reciente de Ucrania.

En el otoño de 1999 debían celebrarse elecciones presidenciales y el entonces presidente Leonid Kuchma se preparaba para aspirar a su segundo mandato. En aquel momento se había estabilizado la economía y comenzaba el aumento de producción industrial. Sin embargo, entre la población aumentaba el descontento. Para revertir esa tendencia, Leonid Kuchma se vio obligado a demostrar los progresos en varios campos. Por ejemplo, parte de la industria militar soviética que quedó en Ucrania fue capaz de desarrollar un ciclo de producción de tanques. Un éxito tangible fue su capacidad de producir, entre 1996 y 1999, alrededor de 300 tanques T-80 para Pakistán. Al contrario que en futuras ocasiones, el trato se realizó sin mediar escándalo.

Al comienzo de la campaña electoral, la industria ucraniana logró terminar y desarrollar un nuevo tanque T-84 Oplot, iniciado en la Unión Soviética. En sus discursos, los políticos ucranianos y la prensa rápidamente declararon que era el mejor del mundo (solo podía compararse con él al Abrams, cuyo coste era el doble) y predijeron un triunfante paso por los mercados. Juzguen por ustedes mismos: cien tanques al año, eso es lo que la industria ucraniana consiguió para cumplir con el contrato de Pakistán. Por supuesto, en el futuro se esperaba el mismo resultado para los Oplot por todo el mundo.

Los tanques ucranianos avanzaban en todos los frentes: 500 Oplot para Grecia, 200 para Turquía. Además, Turquía se preocupó por los tanques ucranianos y comenzó a comprarlos, temiendo que Grecia dispusiera del tanque más moderno del mundo.

Lo mismo ocurrió con India y Pakistán. Los paquistaníes estaban tan contentos con sus T-80 que decidieron comprar más Oplots. Cientos de tanques para empezar y después la orden de construir una planta para producir aún más tanques ucranianos. Por supuesto, ver a Pakistán intensificar sus adquisiciones del mejor tanque del mundo comenzó a preocupar a India, que decidió, no solo ganar a Pakistán en cuanto a tanques, sino en superioridad técnica. La prensa ucraniana comenzó a informar de que India, junto a los expertos ucranianos, planeaba crear, sobre la base del Oplot, su propio supertanque.

Todas estas radiantes noticias aparecieron en el periodo de promesas electorales en la lucha por la presidencia. Por supuesto, la cuestión de los tanques solo fue uno de los temas de la campaña electoral, aunque, como es habitual en la política pública, no tenía base material.

Ucrania realmente produjo varios centenares de tanques para Pakistán y los tanques ucranianos participaron en maniobras en Grecia y Turquía. Sobre la base soviética del cañón de 152mm, el cañón fue realmente diseñado como una versión ucraniana que, además, daba la opción del calibre 150mm de la OTAN, lo que permitía que turcos o griegos utilizaran el tanque. Además, Ucrania fue el único país que acordó transferir toda su tecnología para la producción. Pero, pese a las condiciones materiales, la prometida victoria no se produjo.

Sin embargo, para las masas este cambio pasó desapercibido. Al fin y al cabo, en el primer año del segundo mandato de Leonid Kuchma comenzó contra él el primer Maidan, que comenzó con el asesinato del periodista Gongadze. En el contexto de esos hechos, los tanques quedaron a la sombra y comenzó otra fase del ciclo político.

Mientras tanto, el Oplot siguió siendo el mejor tanque del mundo que no se compraba. Los motivos son variados, pero es preciso analizar uno de ellos en detalle. Ucrania tuvo que organizar su propia producción de cañones para tanques, ya que la empresa especializada abandonó Járkov para irse a Rusia. Para la producción, Ucrania eligió la empresa de Sumy llamada Frunze, que se especializaba en la producción de diferentes productos, incluyendo equipamiento para el sector de la extracción de gas y petróleo.

Hay que reconocer que Frunze realmente es una joya de la ingeniería del joven país independiente. Fue fundada a finales del siglo XIX y en 1991 trabajaban allí alrededor de 15.000 personas. Al contrario que buena parte de las empresas de producción de maquinaria de Ucrania, sobrevivió a los 90.

Cuando empezó la guerra en 2014, la empresa producía para industrias químicas, turbinas de gas para plantas de energía, compresores industriales o diferente equipamiento para la extracción de gas. Uno de los principales clientes de Sumy Frunze era Gazprom, que hasta mayo de 2015 no abandonó oficialmente a la empresa. En cuanto a los cañones, la producción la realizaba una empresa subsidiaria de Sumy Frunze. Esta planta hay que entenderla de forma separada. Fue fundada en 1988, en vísperas de la disolución de la Unión Soviética. En los años 90 fue equipada con equipamiento de última tecnología. Su especialidad, como su nombre indica, es la producción de equipamiento para las industrias del gas y petróleo.

Ya se sabe que el cañón del tanque es, en realidad, un tubo, así que, ¿por qué no intentar producirlo en una planta avanzada de producción de tubos? Finalmente, el cañón se produjo en Sumy y en Járkov, en la planta Malyshev, donde se ensamblaron las partes del cañón. Pronto se conoció que el cañón ucraniano era dos o tres veces inferior a su homólogo soviético: solo alrededor de 200 disparos.

El secreto está en la aleación utilizada para producir los cañones. Sumy esperaba que la experiencia y la tecnología de producción de equipamiento de extracción permitiría buenos resultados en la producción de armas. Durante un tiempo, los resultados del cañón mejoraron con la introducción de otros materiales heredados de la Unión Soviética. Pero pese a los años de intentos, no se consiguió el resultado esperado.

Quince años después de la conclusión del contrato con Pakistán, en 2011, Ucrania fracasó, por segunda vez, en su intento de entregar los tanques de su producción. El comprador era Tailandia, que había firmado un contrato de producción de 54 tanques Oplot. Los tanques debían ser entregados en el periodo 2011-2014. Sin embargo, en el verano de 2017, Ucrania fue capaz de entregar tan solo 35 piezas, algunas de las cuales ni siquiera han pasado el test del cliente. Según las perspectivas más optimistas, el contrato se completará a finales del año que viene. En ese caso, el retraso será de cuatro años.

Es preciso recordar que la capacidad de producción de la industria de defensa de Ucrania ha caído veinte veces: de cien tanques en 1997 a cinco en 2016. Curiosamente, el cañón (y no solo el cañón) de estos nuevos tanques ucranianos es de producción soviética y pensado para los tanques T-80. De hecho, los T-84 vendidos a Tailandia son, en realidad, versiones actualizadas de T-80 y no nuevos modelos. Al final, en lugar de pagar un precio de 1,5 millones de dólares por tanques modernizados, Tailandia pagó 4,5 millones por tanques nuevos que debían ser Oplot.

El hecho de que los tanques vendidos a Tailandia están equipados con cañones soviéticos demuestra que, desde al menos 2008, Sumy Frunze se ha negado oficialmente a participar en la producción. Desde entonces, al menos en los últimos diez años, se han repetido los anuncios de reanudación de la producción.

No es ninguna sorpresa que, finalmente, Tailandia se haya negado a cooperar con Ucrania y haya optado por China.

La saga es interesante, no solo en sí misma, sino como ilustración de cómo ha crecido en las últimas décadas la brecha entre las triunfantes declaraciones de los políticos y la realidad. El caso más reciente es el de los viajes sin visado a la Unión Europea. Si se escucha a Poroshenko y a la prensa, parecería que se ha conseguido el propósito histórico por el que se luchó contra la policía y los tiranos en Maidan. Sin embargo, en 2014, viajar a la UE sin visado solo estaba en el top-10 de los objetivos que se planteaba la “revolución de la dignidad”. Algunos de los objetivos básicos, como conseguir la prosperidad europea, luchar contra la corrupción y, por supuesto o abrir el país a la movilidad social, han probado ser imposibles. En la práctica, la postura de la mayor parte de los ucranianos es desproporcionadamente negativa en relación con los objetivos revolucionarios.

Para tapar estas realidades se exagera el logro en el tema de los visados. Tras la caída de los ingresos, viajar o estudiar en la Unión Europea es mucho más difícil que con el régimen de visados en 2013. Así que esta estratégica e histórica lucha por la simplificación de los documentos necesarios para viajar a Europa solo llevan a más complicaciones. Lo mismo ocurre con la “defensa” ucraniana.

En estas condiciones, cuando el tema de los visados quede exhausto, Ucrania necesitará sustitutos. Como no se espera ninguna “victoria” histórica en el fututo, será necesario crear imágenes de moderados pero estratégicos éxitos. Para ello es útil la antigua gloria de los productores de tanques. A principios de 2015, el nuevo director de Ukroboronprom afirmó que, en 2017, Ucrania pasaría de un nivel de producción de cinco tanques al año a 120. Antes de su nombramiento, Roman Romanov fue, durante veinte años, político a nivel regional y no tiene experiencia alguna en la industria de defensa. Y como esas cifras parecen ser salidas de internet, es necesario extrapolar sus éxitos de los 90 al presente. Porque la realidad -que se producen cinco tanques al año y que tienen componentes soviéticos- no funciona.

La situación real no es suficiente para que, en modo electoral, que parece ser algo permanente en el sistema político ucraniano, impedir declaraciones de nuevos objetivos de futuros éxitos militares.

Así que, a mitad de este mes, el Consejo de Ministros de Ucrania adoptó una resolución sobre los planes de desarrollo de la industria militar. Entre los eslóganes habituales del establishment está el de equipar el ejército con las armas y los medios más modernos.

Concretamente, se anunció la reanudación de la producción de los cañones de 120mm según los estándares de la OTAN que, como ya se ha mencionado, Ucrania intentó producir en los 90. Así que estos nuevos cañones necesitarán nuevos tanques, que según el programa del Consejo de Ministros, se comprarán para el Ejército Ucraniano.

Un mes antes, el ministerio de Defensa afirmó que el Gobierno invertirá, hasta 2020, cien millones de grivnas en armas para el ejército. Para analizar viabilidad de estos planes de producción de tanques para el ejército es interesante imaginar qué suma habrá que gastar para ello.

Es razonable asumir que estos nuevos tanques Oplot supongan un coste de alrededor de cien millones de dólares. Al final, reequipar con nuevos tanques según los estándares de la OTAN a siete brigadas aerodesplazadas de Ucrania con 13 tanques cada una costará 9.000 millones de grivnas. Y eso sin contar con el hecho de que en primer lugar hay que encontrar los fondos para reanudar la producción de una serie de elementos, incluyendo los cañones.

Es necesario después de un parón de 10-20 años. Muchos de quienes organizaron la producción de tanques en serie hace veinte años abandonaron las empresas a causa de su edad. Y muchas de las empresas que participaban en ese ciclo de producción en los 90 ya no existen. Así que la reanudación de la producción de tanques y la actualización del equipamiento de una quinta parte del ejército tendrá que invertir un 10-15% de los gastos previstos en la compra de armas y equipamiento. Y eso asumiendo que la grivna no se deprecie en estos años. Y si se habla de un paso completo a nuevos tanques, eso supondría un 60% de los gastos previstos para los próximos cuatro años.

Sería mucho más realista utilizar versiones modernizadas de tanques soviéticos en stock a los que se añadieran elementos de producción propia. Sería, cuando menos, mucho más barato.

Sin embargo, los tres años de guerra han agotado en gran medida las reservas. Algunas compañías que se dedicaban a reparar el equipamiento también han cerrado. Tras un breve resurgimiento entre 2014 y 2016, se han quedado sin los materiales de origen soviético que aún quedaban disponibles. Por esa simple razón, no hay material soviético suficiente para modernizar el equipamiento soviético del Ejército Ucraniano. Y se trata de los tanques en la reserva, no los que están operando en unidades militares.

En resumen, hay que decir que la desaparición de los recursos soviéticos hará que la imagen de victoria siga alejándose cada vez más de la realidad. En estas condiciones, una simple mirada crítica a las cosas mina la legitimidad de la élite ucraniana. Así que esa mirada crítica debe evitarse al máximo.

La vieja y probada forma de conseguir eso es la de las emociones, que, como ya se conoce, pueden reducir de forma significativa la capacidad de las personas de pensar de forma racional. La inevitable consecuencia de la sustitución de la realidad por la “victoria”, como se ha visto en el caso de los visados o de los planes militares, es la necesidad de seguir removiendo las emociones.

Esta tarea se simplifica gracias a que una parte significativa de la población ucraniana -según varias fuentes, entre el 50 y el 70% del electorado- no participa en las elecciones. Quienes continúan apoyando al actual gobierno con su participación en los procesos electorales son vulnerables a las reacciones emocionales, como ya se ha probado en estos años. La mayor parte de los partidos con representación parlamentaria, especialmente partidos como el Frente Nacional, recuerdan que uno de los motivos de su éxito fue la histeria que reinó en Ucrania en 2014.

Ahora el mismo Turchinov remueve las emociones con expectativas de una nueva guerra y un nuevo ataque contra los “rebeldes” de Donetsk. Dependiendo del progreso de las diferentes fuerzas políticas de Ucrania en la carrera electoral, podrían producirse movimientos agresivos contra las Repúblicas y la población desleal. No se puede descartar la posibilidad de provocaciones organizadas que causen una respuesta emocional en la población. Existen muchos más ejemplos, no solo el conflicto ucraniano, que dan cuenta de que el uso de la violencia y la brutalidad con motivos políticos puede causar las consecuencias más devastadoras.