Después de meses de especulaciones y aún con una parte del establishment político y mediático denunciando los supuestos lazos entre la actual administración estadounidense y el Gobierno ruso, el Congreso y el Senado de Estados Unidos han aprobado nuevas sanciones contra Rusia en un paquete que incluye también a Irán y Corea del Norte. La inminente firma del proyecto por parte de Donald Trump, que supondrá la primera ocasión en que su administración firme sanciones contra Moscú, ha provocado ya titulares que, como Reuters, apuntan al “final de la luna de miel”, que en realidad nunca existió, entre los gobiernos de Washington y Moscú.

Además de incluir a dos de los países que la administración Trump ha fijado como objetivo -Irán, al que habitualmente se refiere como “principal país patrocinador del terrorismo a nivel mundial” o Corea del Norte-, el paquete de sanciones prevé medidas que clara y abiertamente buscan favorecer los intereses económicos de Estados Unidos. En un momento en que Washington trata de logar una posición favorable en el mercado energético de la Unión Europea, el proyecto aprobado deja abierta la posibilidad de introducir sanciones contra las empresas energéticas rusas por su supuesta posición hegemónica en el mercado europeo.

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Lo inevitable de las sanciones

Brevemente, sobre el tema de las sanciones. Tras el Congreso, el Senado de Estados Unidos ha votado mayoritariamente en favor del paquete de sanciones contra Rusia, Irán y Corea del Norte. Ahora el documento debe ser remitido a la Casa Blanca, donde es previsible que sea firmado. Varios motivos llevan a ello.

En primer lugar, las sanciones contra Rusia están ligadas a sanciones contra Irán y Corea del Norte, lo que hace aún más difícil para Trump vetar la ley, ya que él mismo se ha mostrado en repetidas ocasiones a favor de sanciones contra Teherán y Pyongyang. Esta trampa fue planteada inicialmente por halcones como McCain o Graham, así que McCain ha sobrevivido a una cirugía cerebral para pasar a recibir del Congreso y el Senado esta ley a modo de regalo, como muestra de que su trabajo de lobby ha funcionado.

En segundo lugar, incluso aunque Trump no quisiera firmar la ley, su veto sería fácil de anular gracias al esfuerzo conjunto de republicanos y demócratas, ya que ambos partidos han votado a favor del proyecto [el hecho de que solo tres senadores votaran en contra del proyecto deja claro que existe la mayoría cualificada capaz de anular el veto presidencial-Ed]. Por qué dirigirse a una obvia derrota si la administración Trump se ha referido repetidamente a la necesidad de realizar consultas entre ambos partidos para desarrollar una estrategia “equilibrada” de sanciones que tuvieran en cuenta los intereses de la Casa Blanca.

Esto lleva al siguiente motivo: el Congreso ha votado también a favor de asignar fondos para la construcción del muro de la frontera con México, una de las principales promesas de la campaña de Trump. Inicialmente Trump vio rechazada su propuesta y el intento de forzar a México a pagar el proyecto recibió una fuerte reacción del presidente mejicano, que insistió en que “si necesitan un muro, constrúyanlo, pero no vamos a poner un dólar”.

Parece que la administración Trump se enfrenta a la necesidad de firmar una ley que limita sus poderes y que cierra la puerta a la posibilidad de normalizar las relaciones con Rusia (al menos en esta fase). Así que lo más probable es que, para sacar algo de esta historia, la Casa Blanca firme la ley de sanciones acordada entre ambos partidos y no se exponga a que el veto sea anulado y, a cambio, Trump obtenga financiación para el muro de la frontera con México, con lo que cumplirá una de sus promesas de campaña. Es improbable que los fondos para el muro fueran aprobados sin un acuerdo previo de la Casa Blanca de firmar la ley de sanciones. Puede que Trump consiga algún progreso en la consideración de la reforma sanitaria o la extensión del presupuesto de defensa, otra de las promesas de Trump, que prometió al Pentágono un aumento de fondos.

Así que todo apunta a que se confirmarán las nuevas sanciones contra Rusia, Irán y Corea del Norte. Incluso aunque Trump no las deseara, en este caso su opinión no importa (aunque sea el presidente) y todo depende de la opinión colectiva del establishment político y militar. Para Rusia, el problema no es tanto el aumento de las sanciones, sino que el hecho de que parece imposible acordar en un futuro a la vista la cancelación de las sanciones establece una situación en la que, por medio de esas sanciones, Estados Unidos mantendrá sobre Rusia una presión que no desaparecerá hasta el final de esta edición de la guerra fría.

Evidentemente, la posibilidad de que Trump se niegue a firmar la ley de sanciones existe, aunque es improbable [en las últimas horas, la Casa Blanca ha confirmado que, como era de esperar, Trump no vetará el proyecto-Ed]. Sería un obstáculo para el cumplimiento de sus promesas y demostraría una situación de debilidad de la Casa Blanca.

Para Rusia, todo esto significa que se cierra la puerta a la ocasión de conseguir una reducción de la tensión con Estados Unidos y, en el mejor de los casos, la tensión continuará en el nivel actual. En el peor de los casos, las relaciones entre Moscú y Washington podrían seguir deteriorándose a causa de los numerosos desacuerdos, no tanto por Siria o Ucrania, sino porque la política de la Federación Rusa no se ajusta al orden mundial establecido por Estados Unidos. Washington sigue exigiendo reconocimiento de su hegemonía y subordinación a ello, algo que el Kremlin no está dispuesto a hacer. Moscú, por su parte, quiere que Estados Unidos le reconozca como igual o como aliado, algo a lo que Washington tampoco está dispuesto, ya que esa imagen contradice la existente en la mente de los hegemonistas estadounidenses. Los desacuerdos por Siria o Ucrania derivan de ese principal conflicto.

Hay grandes posibilidades de que Rusia responda expulsando a diplomáticos estadounidenses y expropiando propiedades a modo de reacción simétrica [Rusia ya ha anunciado tales medidas, respuesta, en realidad, a las expulsión de diplomáticos rusos de Estados Unidos de diciembre de 2016. Aún está por ver si se introducirán medidas adicionales-Ed]. Es posible que se produzcan sanciones dirigidas contra ciertas compañías estadounidenses. Pero, al mismo tiempo, Moscú no intentará ir más allá en su respuesta para mantener la esperanza de que la situación política en Washington cambie y se pueda retomar la posibilidad de normalizar relaciones en algún momento, por ejemplo, en el contexto de la solución a la guerra en Siria o con la completa destrucción del llamado Estado Islámico. De forma implícita, Moscú utilizará esa inestabilidad política de Washington, que impide a Estados Unidos realizar una política consistente en asuntos relacionados con Rusia. Este hecho hace probable que aumente la influencia de los halcones de política exterior tanto en Washington como en Moscú.

La esperanza de algún tipo de alianza con la Unión Europea contra las sanciones no es más que una ilusión. A los europeos les importan las sanciones tan solo desde el punto de vista de los beneficios perdidos. En cuanto Washington y Bruselas lleguen a un acuerdo de compromiso en relación con las sanciones contra las compañías financieras y energéticas rusas, la UE olvidará fácilmente su indignación, como ya ocurriera con el South Stream y Gazprom. En este sentido, Rusia se verá obligada a seguir desarrollando sus relaciones con China y los países de Oriente Medio, intentar jugar un papel en la refundación de la región, lo que permitiría evitar una situación de aislamiento y seguir con las actividades políticas y militares relacionadas con el intento de contrarrestar la influencia estadounidense.

Finalmente, con el aumento de las tensiones entre Moscú y Washington aumentará el papel de las guerras de Irak y Siria y aumentará también la probabilidad de que se intensifiquen los conflictos en relación con Ucrania, donde las posibilidades de encontrar una solución pacífica al conflicto tienden a cero.