El presagio es pavoroso, la autoridad indiscutible: para el año 2020, según dictamen del Instituto Nacional de Psiquiatría, el primer factor de muerte entre niños y jóvenes en México no serán las enfermedades ni los accidentes, sino lo que el escritor Albert Camus definía como el único «problema filosófico verdaderamente serio»: el suicidio.

Las estadísticas, por escasas que sean, apoyan el pronóstico. Si bien las cifras de muertes por enfermedades o accidentes en adolescentes han sufrido un leve descenso, la numeralia de menores suicidas no ha presentado parejo comportamiento; de hecho exhibe la rutina contraria. Anualmente unos 150 niños y adolescentes entre 5 y 14 años atentan contra su existencia con diversa suerte: las chicas, que recurren al uso de somníferos en dosis para elefantes, presentan una mayor tasa de intentos de suicidio; los varones, que recurren al ahorcamiento, las armas de fuego o lanzarse al vacío, presentan una mayor tasa de suicidios consumados.

Del «bullying» a la «hiperpaternidad»

Las razones para «explicar lo inexplicable» son muchas. El suicidio de menores es un fenómeno tan extremadamente complejo que no puede ser encorsetado en un móvil y responsable únicos. Según un estudio de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el 60% de los suicidios infantiles en México es resultado del acoso escolar (bullying); el mismo estudio fija entre los 12 y los 16 años la edad en la que infantes y adolescentes suelen atentar contra su vida.

Otras causas que llevan a los menores a la muerte por decisión propia son de índole biológica (depresión infantil), social (entorno ingrato, familia disfuncional, deficiente capacidad de socialización) y psicológica (escasa tolerancia a la frustración). A ellas cabría añadir fenómenos como el embarazo adolescente, que además de significar para algunas jóvenes una circunstancia moralmente perturbadora, convierte en padres y madres a personas que en muchos casos no dedicarán, por ignorancia o displicencia, toda la atención que requiere la educación de un niño con la secuela previsible de carencias afectivas; en el otro extremo, la maternidad y la paternidad tardías llevan a que los hijos tampoco reciban toda la atención que requieren con el mismo corolario de trastorno emocional. Por demás, no es descabellado pensar que el trasfondo de violencia e inseguridad que se vive en México también le abone al aumento en los suicidios de menores tal como ocurrió en la Colombia de los años 80 asolada por la violencia del narcotráfico y de la guerrilla.

Aunque parece encaminada a convertirse en una problemática de salud en México —y también globalmente: según la Organización Mundial de la Salud el suicidio es una de las cinco causas de mortalidad entre los 5 y los 19 años—, a la fecha la muerte autoinflingida de menores es una situación de difícil manejo a nivel social dada la naturaleza instintiva de tal solución en la mayoría de los casos. Por ello corresponde a la familia el estar alerta para detectar a tiempo aquellos signos —por minúsculos que parezcan— que anuncian la existencia en casa de un suicida embozado.

El aislamiento, la inapetencia, el insomnio, la irritabilidad…, deben verse como respuestas a problemas de fondo —dígase acoso o fracaso escolar, dígase agresiones o traumas intrafamiliares—, no pasajeros extravíos de comportamiento atribuibles a las inconsistencias de carácter propias de la adolescencia. Que el acoso sea un mal padecido por el 65 % de los niños y niñas en México, que el 5 % de sus víctimas presenten pensamientos suicidas, habla del alto factor de riesgo que representa, mucho más en una sociedad con niños y adolescentes «ludodependientes» que los vuelve en extremo vulnerables a las agresiones del mundo real, niños y adolescentes para los cuales, a pesar de su corta edad, la vida puede resultar desesperanzadamente difícil y no un divertido juego de PlayStation.

Porque, justo es decirlo, esa tendencia moderna hacia la sobreprotección de los hijos no puede ser esquivada a la hora de analizar los suicidios de menores. «Hiperpaternidad» la llama en el libro homónimo la periodista y escritora española Eva Millet, quien asegura que este fenómeno hace ver «a los hijos como seres intocables, a los que hay que defender a toda costa y solucionarles todos sus problemas», además de catalogarlo como un «modelo de crianza» que produce niños y niñas sin autonomía y sin capacidad para lidiar con la frustración, «niños y niñas con más miedos que nunca».
A ello cabe agregar otro signo alarmante de estos tiempos: la aceptación social del suicidio como escape ante una realidad excesiva en sus demandas, una realidad dicotómica y contradictoria que por un lado la canta al éxito personal y procura el cumplido doméstico y la aclamación social, y por el otro automatiza al individuo que sólo en el colectivo encuentra su realización. Un niño, un adolescente, sometido a estas presiones sociales extremas y opuestas acaba por encontrar falsas puertas de salida —el alcohol, la droga, el suicidio— consumido por la frustración y los miedos.
De ahí que a la pregunta retórica de «qué mundo le estamos dejando a nuestros hijos» cabría añadirle otra igual de preocupante como el de esa epidemia silenciosa de menores frágiles y potencialmente suicidas: «¿qué hijos le estamos dejando a nuestro mundo?».