Los pasos de la Administración Trump para revocar el pacto nuclear firmado por Irán y los garantes internacionales pueden llevar a una confrontación entre Washington y Teherán, directa o indirecta, opina el analista de seguridad nacional, Ross Harrison.

Washington tiene sus razones para frustrarse con la acciones de Teherán, admite el autor, citando la creciente influencia del país persa en Oriente Próximo a través de varios grupos apoyados por Irán, como Hizbulá y las milicias chiíes en Siria e Irak. La máxima expresión de ese predominio es el deseo de colocar en su órbita a Bagdad, actualmente ‘cliente’ de EEUU, opina el experto en un artículo para The National Interes.

El programa de misiles balísticos o el último lanzamiento de un cohete espacial iraníapenas alegran al Gobierno estadounidense.

«Pero sería falso asumir que el acuerdo nuclear tiene algo que ver con los avances de Irán en el ‘juego de poderes’ en la región, y tampoco su posible cancelación privaría a Teherán de sus capacidades [en este aspecto]», advierte Harrison.

No fue el pacto nuclear lo que proporcionó a Irán la posibilidad de influir en los asuntos regionales sino el vacío del poder dejado por las guerras en Siria, Irak y Yemen. Este vacío atrajo de la misma manera a Arabia Saudí y Turquía, subraya el autor.

Washington sí siente la necesidad de contrapesar la influencia iraní en Oriente Próximo, pero «es importante entender que la amenaza real para los intereses de EEUU no es Irán» sino el colapso de la seguridad que puso en caos a varios países y amenaza con desestabilizar a otros y la disminución del papel de Washington en la región en favor de otros actores, como Rusia.

¿Qué consecuencias tendría la ‘muerte’ del acuerdo nuclear?

«Irán interpretará cualquier paso de EEUU hacia el abandono del pacto nuclear como precursor para un eventual cambio de régimen. Por eso, usaría todos las medios disponibles en terceros países para aumentar su capacidad de detención y respuesta», apunta el autor.

En el peor caso, la respuesta iraní podría ser «lo suficiente provocadora» para que Washington considere una intervención militar y, por consecuencia, un conflicto a gran escala.

Incluso si la superioridad bélica de Washington causa un daño considerable a la infraestructura militar persa, los persas activarán las respuestas asimétricas en Siria, Irak, Yemen y Lebanon, imposibles de erradicar sin correr más riesgos de sembrar el caos en Oriente Próximo, teoriza Harrison.

La comunidad internacional también puede ponerse del lado de Irán, que se adhiere al Plan de Acción Conjunto y Completo, y no del de EEUU, que se postularía en este caso como un ‘estado-paria’.

Para Moscú en particular, tal desarrollo sería una buena oportunidad para convertir su cooperación situacional con Teherán en una alianza más estrecha y duradera, y fomentar así su posición en los asuntos globales.

Pero quizás el peor resultado de esa marcha atrás sería el de las oportunidades perdidas.

Irán, junto con Arabia Saudí y Turquía, debe ser parte de cualquier solución para acabar con las guerras civiles en la región. La cooperación de los tres es un requisito para frenar los conflictos e impedir que los terroristas tomen nuevas formas tras su expulsión de Mosul y Al Raqa, que es un interés directo de EEUU, destaca el experto.

Así, además de ‘sacar músculo’, EEUU debe ser diplomático para cooperar con el país persa. Al terminar el pacto nuclear, Washington ya no podrá emplear diplomacia, empujando a esta región crucial para sus intereses hacia una profunda crisis, concluye Harrison.