La vida en la Casa Blanca es ya tan azarosa y caótica que se parece al guion de una telenovela. El reciente capítulo protagonizado por Anthony Scaramucci, breve pero intenso, ha tenido mucha audiencia. Y las mejores tramas están aún por llegar a las pantallas de todo el planeta.

Scaramucci era el flamante director de Comunicaciones del presidente Donald Trump. Daba mucho juego. Quizás demasiado. Nada más ser nombrado, esbozó una sonrisa socarrona a los periodistas y negó que hubiera malas relaciones y tensión mal disimulada en el seno del Gobierno federal estadounidense. Misión casi imposible si tenemos en cuenta que estaba ocupando el puesto que había dejado vacante desde mayo su antecesor, Mike Dubke, tras renunciar después de estar sólo tres meses en el cargo.

El personaje consiguió saborear las mieles del poder, ya que era un fiel y eficaz recaudador de fondos del Partido Republicano y, además y eso es lo más importante, un correoso escudero defensor a ultranza de la gestión del presidente, a quien ha ido alabando en cualquier plató de televisión que se preciara de recibirlo.

Sus actuaciones delante de las cámaras durante la campaña electoral impresionaron tanto a Trump que, en noviembre, formaba ya parte del exclusivo comité de transición de 16 personas, junto con los tres hijos del magnate y su yerno Jared Kushner. Luego consiguió que la CNN se retractara después de que la poderosa cadena de televisión informara de que estaba siendo investigado por el Senado por presuntos vínculos con un banco ruso.

No provenía del mundo de la comunicación ni tenía experiencia en ese delicado sector —de hecho es un exitoso empresario que estudió Derecho y Económicas y se especializó en fondos de inversiones—, pero esa circunstancia importa poco o nada en la actual Casa Blanca, que no se está gestionando ni como una empresa ni tampoco como una organización gubernamental.

El problema de Scaramucci (apodado ‘The Mooch’, es decir, ‘El Gorrón’, lo cual dice mucho de él) era el tono de su incontinencia verbal, sus métodos arrabaleros para frenar las peleas internas cada vez más visibles que están agrietando, metafóricamente hablando, el edificio situado en el número 1.600 de la Avenida de Pensilvania. Por eso mismo sólo ha durado… 10 días como responsable de Comunicación. Había empezado pisando fuerte, pues venció sin demasiados problemas en el primer cuerpo a cuerpo virtual que libró contra otro destacado miembro del equipo de Trump, su jefe de Gabinete, Reince Priebus.

A Priebus le había llamado «paranoico esquizoide» y otras ‘perlas’ de muy mal gusto llenas de expresiones soeces y no aptas para menores (él, sin embargo, lo llama «lenguaje colorido»). Previamente le había acusado de haber pasado a una periodista de una revista detalles de las reuniones privadas de Trump. «Lo que quiero es matar a todos los malditos que filtran», dijo con vehemencia.

El presidente sustituyó sin dilación a Priebus por el general retirado John Kelly, cuya primera decisión fue cesar fulminantemente al director de Comunicación, pues no le consideraba una persona de su confianza o quizás estaba cansado de sus comentarios taberneros.

El despido exprés de Scaramucci representa la más reciente muesca —pero no la última, nos tememos— del desconcertante ambiente que reina en el Ejecutivo norteamericano, que todavía no ha cumplido un año de andadura. Él es el séptimo alto cargo que sale del equipo de Trump desde que éste juró el cargo en la escalinata del Capitolio. Las otras bajas de importancia son, además de Priebus, el consejero de Seguridad Nacional, Mike Flynn; el predecesor de Scaramucci, Mike Dubke; el director del FBI, James Comey; el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer; y la fiscal general en funciones, Sally Yates.

La abrupta y sonada salida de Scaramucci de la Casa Blanca culminó una semana ‘terribilis’ en la que el jefe del Estado tuiteó contra su fiscal general, Jeff Sessions, al que insinuó que iba a destituir; despidió a Priebus; anunció por las redes sociales que va a expulsar de las Fuerzas Armadas a las personas transexuales, aunque no ha adoptado absolutamente ninguna medida legal para llevar esa decisión a cabo; y vio cómo sucumbía la contrarreforma sanitaria con la que los republicanos querían desmantelar el sistema de salud creado por Barack Obama por un solo voto en el Senado.

Estas escamaruzas palaciegas son muy vistosas y agradecidas para los medios de comunicación, pero en realidad sólo sirven para distraer la atención de los temas verdaderamente estratégicos y serios, como las cada vez más complejas relaciones políticas de Estados Unidos con Pekín o Moscú.

Trump convirtió en ley las nuevas sanciones aprobadas por la abrumadora mayoría de los representantes del Congreso, que castigan al Gobierno ruso por su presunta interferencia en las elecciones presidenciales de 2016, la controvertida reunificación de Ucrania y lo que consideran otras violaciones de las normas internacionales. La estampa de la firma va a tensar mucho la cuerda con el presidente ruso, Vladímir Putin, dispuesto como medida de respuesta a reducir de forma drástica el número de funcionarios diplomáticos norteamericanos que trabajan en Rusia.

Con los chinos las cosas no andan mucho mejor. La presión aumenta a propósito de Corea del Norte y sus ensayos de misiles intercontinentales. El manómetro indica ya lecturas alarmantes. Que se lo digan al propio secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, quien cree que las relaciones entre ambas superpotencias se encuentran ya en un punto muy delicado, y avisa de que se corre el peligro de llegar a un «conflicto abierto».

«¿Cómo definiríamos esta relación [con China] y cómo nos aseguraremos de que puede continuar la prosperidad económica en beneficio de ambos países y del mundo, y que donde tenemos diferencias las trataremos de gestionar de una forma que no lleve a un conflicto abierto?», se preguntó Tillerson en un encuentro programado con la prensa en Washington.

«¿Podemos trabajar juntos para abordar esta amenaza global [el desafío nuclear de Pyongyang] donde tenemos un objetivo común? Y donde tenemos diferencias, en el mar del Sur de China, y tenemos algunas diferencias comerciales que necesitan ser abordadas, ¿podemos trabajarlas de una forma que no lleve a un conflicto abierto y encontrar las soluciones necesarias que nos sirvan a ambos?», añadió. Sus declaraciones, en clave diplomática, no son muy tranquilizadoras.

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