Doctora Ortega Díaz, nunca la vi en persona. Solo en fotos, y este sábado -también en fotos-, la vi en ropa casual y a bordo de una motocicleta. Huyendo, dicen unas y unos. Escapando, dicen otras y otros. En honor a la verdad, no sé cuál de los dos calificativos es el apropiado. Eso no me quita el sueño. Es otro, el asunto el que me inquieta.

¿Cómo se atreve a encaramarse en una motocicleta sin enrollarse la cabeza en un casco? Más allá de los riesgos de esguañangamiento a los que se sometió (sin ningún tipo de necesidad, porque nadie la estaba persiguiendo ni iba a cobrar la pensión, porque era sábado), ¡pasó por las armas el Reglamento de la Ley de Transporte Terrestre!

El video también revela que iban tres a bordo del vehículo, “olvidando” que se trata de un medio diseñado solo para dos usuarios, según lo que uno ha escuchado y lo que está escrito en la misma norma. Además, iban como alma que lleva el diablo (no sé cuál de los tres era Satán), a pesar de que la ley aludida limita la corredera a 60 kilómetros por hora con un máximo de 90 kilogramos encima. Hummm, algo me dice que esa pobre motocicleta llevaba exceso de equipaje.

Doctora, ahora que dejó de ser Fiscal General (recuerde que el día de la ropa formal y la moto tipo “colectivo”, fue destituida por la Asamblea Nacional Constituyente), le agradezco haber sido justa en algún momento de la historia del país. Pero, y eso me tiene tan mal como haberla visto pisotear la regla de tránsito, me angustia el estado de injusticia en que dejó decenas y decenas de tristes y lamentables casos originados por los actos de terrorismo que esta vez –a diferencia del pasado- aplaudió, alentó, apadrinó y estimuló.

Lamentaré siempre haber descubierto su menosprecio por el casco de la justicia ciudadana que debió garantizar desde su cargo. No haberlo usado a tiempo nos cuesta luto, tristezas y odios que solo el transitar del tiempo y la aplicación de la justicia (de la verdadera justicia) se encargarán de disipar.

 

Ildegar Gil