La calle con el romántico nombre “Arboleda verde” es la más lejana en el pueblo de Trudovsky, en Donetsk, justo antes de llegar a Marinka, bajo control ucraniano. Los forasteros jamás pasan por allí, los francotiradores ucranianos conocen las caras de los resientes locales y no suelen disparar. Pero no les gustan los extraños y solo con ver a uno lanzan un disparo de advertencia. El primero. El segundo no es de advertencia. Intentar fotografiar los hogares destruidos de los residentes locales no es una opción si puede suponer perder la vida. Solo logramos sacar una foto en la distancia, usando el zoom al máximo.

En toda la larga calle, que una vez tuviera gran cantidad de viviendas, ahora solo quedan ocho familias. Hace tiempo que los demás residentes se han marchado. Aquí la mitad de las casas están o destrozadas o completamente quemadas. Esta es la parte más cercana al frente, en el campo de visión de los puestos de control y de las posiciones del Ejército Ucraniano.

Svetlana vive con su hijo y su marido en esta calle. Su vivienda está situada en lo alto de una colina, con vistas a Marinka y las posiciones de las tropas ucranianas.

Cuando comenzó la guerra, la familia de Svetlana fue al mar, a Mariupol. Fue un julio caluroso y estaba de vacaciones. Entonces trabajaba en un almacén farmacéutico en Donetsk. En aquel momento, nadie habría imaginado que las vacaciones se alargarían durante tanto tiempo, parecía que la lucha acabaría rápido y todo volvería a la normalidad. En Mariupol, a excepción de las vacaciones, no tenían nada. Su hogar estaba en Donetsk. La familia decidió volver. Desde entonces, durante ya tres largos años, la familia vive en la línea del frente.

Durante seis meses no hubo luz eléctrica. Vivían bajo las velas, cocinaban con leña y no podían guardar los alimentos. Tenían que comer todo a la vez porque no había forma de conservarlos. Ahora siguen viviendo de la misma forma.  Svetlana se explica: “ahora hay luz eléctrica, pero por la tarde habrá ataques y se interrumpirá”. Hasta que eso se repare, los alimentos se ponen malos en el frigorífico. Así que el frigorífico no está utilizable”. En 2014-2015 era imposible salir de casa: los ataques se prolongaban sin cesar prácticamente durante todo el día. Avanzaban yendo de casa a casa. Ahora, aunque está más calmado, siguen moviéndose de la misma forma. Tres años de esta “compañía” han tenido consecuencias.

Cuando, tras seis meses de ausencia, volvió a hacerse la luz (antes de que se interrumpiera por los bombardeos), la calle era una fiesta. Pero no para la familia de Svetlana. Su casa sufrió el primer impacto. Una bomba impactó cerca de la base de la casa: destruyó dos puertas, las ventanas e hizo un agujero en la pared. La segunda bomba explotó cerca de la cocina destruyendo las ventanas y parte del tejado. En aquel momento, su marido reparó el tejado, pero más adelante resultó que había sido para nada. No sufrió solo un impacto. Ahora el tejado parece un remiendo: una parte está reparado con tejas, otra con linóleum y una parte con material de construcción. Svetlana cree que han tenido suerte, los tejados de sus vecinos son un coladero.

Después de varios impactos, la familia reparó la casa con sus propios medios. Nadie sabe cuánto tiempo aguantará entera, ya que se producen ataques a diario. Periódicamente se queman casas en la calle. Svetlana recuerda el momento en que se quemaba la casa de unos vecinos. Incluso los niños ayudaron a extinguir el incendio. El suministro de agua no tiene la presión suficiente y es imposible usar mangueras, así que llevaron el agua en cubos. Llevó mucho tiempo apagar el incendio, pero pudieron salvar la casa.

En el pueblo no hay trabajo y ahora Svetlana está en casa con su hijo. El almacén en el que trabajada antes de la guerra dejó de funcionar. Ahora el único sueldo de la familia es el de su marido, que sigue trabajando. También les ayuda Cruz Roja Internacional: cada tres meses entregan ayuda humanitaria a los residentes de esta zona destruida.

El hijo de nueve años de Svetlana, Nikita, está en tercer curso. Es buen estudiante y también buen deportista. Sus padres le prometieron que, si terminaba segundo con buenas notas, todos irían a descansar al mar, a la localidad de Sedovo, la única zona de vacaciones de la RPD. Sin embargo, no han podido cumplir la promesa por motivos económicos, apenas ganan lo suficiente para sobrevivir en el frente. Pero el niño no se desespera y cree que el año que bien podrá ver el mar. En el colegio le ofrecieron enviarle de vacaciones a Rusia, pero el niño lo rechazó: está acostumbrado a estar con sus padres, siempre van juntos a todas partes, así que tienen que ir de vacaciones juntos.

Durante los bombardeos, la familia se queda en casa y se aleja de las ventanas. En casa no tienen sótano. El pequeño Nikita es valiente durante los bombardeos, ni llora, ni se esconde e intenta demostrar que no tiene miedo. Pero en realidad los bombardeos dan mucho miedo. La guerra ha afectado la salud del niño en dos ocasiones: en una ocasión perdió el 50% de la visión en ambos ojos. Ahora hace viajes regulares al hospital para recibir tratamiento.

A pesar de todo, Svetlana trata de mantener el optimismo: ríe, bromea, anima a su marido y a su hijo. Cree que la guerra abandonará su tierra en algún momento, cesará el fuego, olvidarán el miedo y la calle volverá a ser un lugar tranquilo y agradable en el que en los árboles canten los ruiseñores, los peces chapoteen en las charcas y ningún disparo interrumpa la vida en paz.

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