La indignación de EEUU por la supuesta injerencia rusa en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 podría tener algo más de sentido si la potencia norteamericana no se hubiera comportado antes de la misma manera, opina el investigador principal del Instituto Cato, Ted Galen Carpenter, en su artículo para The National Interest.

Las acusaciones contra Moscú sirvieron como pretexto para impulsar una ley que introduce nuevas sanciones contra las compañías rusas. El presidente de EEUU, Donald Trump, firmó la pieza legislativa salida del Congreso el pasado 2 de agosto. Varios políticos y periodistas comenzaron a calificar las acciones de Moscú como un «acto de agresión». Uno de los congresistas comparó lo ocurrido con Pearl Harbor y los atentados del 11S.

«Sin embargo, según pone de manifiesto la experiencia histórica, Washington ha intervenido reiteradamente en los asuntos internos de decenas de países, muchos de los cuales eran democracias. Un caso ejemplar lo observamos en Ucrania en 2014, durante la llamada revolución del Euromaidán», recuerda Ted Carpenter.

El 21 de noviembre de 2013 estallaron las protestas en el centro de Kiev en respuesta a la decisión de las autoridades de suspender los preparativos para la firma del acuerdo de asociación con la Unión Europea. El hecho provocó una oleada de manifestaciones conocido con el nombre colectivo de Euromaidán.

Varios meses de violentas protestas callejeras desembocaron el 22 de febrero en un golpe de Estado que apartó de la Presidencia al entonces mandatario, Víktor Yanukovich.

Desde el punto de vista de Carpenter, los errores del mandato de Víktor Yanukóvich, los escándalos de corrupción asociados a él y la desaceleración económica, sin embargo, no pueden hacer olvidar que los ciudadanos de Ucrania lo eligieron de una manera democrática.

«El respeto a las instituciones y los procedimientos democráticos debería haberle permitido mantenerse en el poder durante todo el plazo previsto por la ley, que concluía en 2016», matiza Carpenter.

Sin embargo, Washington optó por prestar apoyo a la oposición ucraniana que, al fin y al cabo, fue la locomotora del golpe de Estado posterior. Por ejemplo, el vicepresidente de EEUU, Joe Biden, visitó Kiev y declaró que Washington asignaría 20 millones de dólares «para garantizar la seguridad en Ucrania».

La subsecretaria del Departamento de Estado de EEUU, Victoria Nuland, también participó de manera activa en los acontecimientos relacionados con la crisis política ucraniana. Visitó Kiev tres veces en el invierno de 2013-2014, durante los disturbios. El viaje de Nuland sirvió para expresar su apoyo simbólico a los manifestantes. De hecho, hasta les llevó dulces, que repartió personalmente.

«Mirar hacia otro lado y decir que el pueblo ucraniano, sin ninguna injerencia externa, decidió sublevarse contra su Gobierno significa tergiversar los hechos drásticamente (…) Los funcionarios estadounidenses intervinieron de manera directa en la situación en Ucrania», resalta el analista.

De esta manera, Ted Carpenter resume que «condenar algunos aspectos del comportamiento de Moscú sería legítimo. Sin embargo, de esta indignación moral de EEUU se desprende un olor a hipocresía».

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