Los que iban bien por el mal camino sin conocer que el valor del silencio serían más importantes que las palabras, perdieron trigo y cosecha cuando Siria, a seis años de una terrible y despiadada guerra, vive y rompe los esquemas habituales en la historia del Medio Oriente.

Desde los centros de poder de Occidente, por medio de los acólitos en la región, satanizaron al presidente Bashar Al Assad, redujeron su gestión a un ‘grupo alauita que dominaba a una nación de mayoría sunnita’ y respaldaron con miles de millones de dólares y 28 mil toneladas de armas, a centenares de organizaciones terroristas.

Entre fines del 2011 y el 2013, el esquema distorsionador de las primaveras árabes se aplicó con particular y esmerada virulencia contra Siria, el Estado más secular, laico y contemporizador del mundo árabe contemporáneo, para propiciar el caos, la división y el despojo de las riquezas naturales de lo que ancestralmente se conoció como el Creciente Fértil.

Sin apelar a la sensatez, los servicios de inteligencia occidentales y en especial el Mossad del régimen sionista de Israel, no fueron realistas, perdieron la percepción de lo que sucedía en el terreno y actuaron en consecuencia con particular perfidia sin contar que Al Assad, a la cabeza del Gobierno y con la firmeza y valor de las Fuerzas Armadas, y una unidad en ciernes del pueblo, podían sobrevivir.

Los primeros años del enfrentamientos mostraron que Siria era capaz de resistir, aún cuando tuvieron que lidiar y prepararse sobre la marcha y desde un principio, para una guerra irregular jamás ejecutada con ‘tanta perfección técnica’ en la historia del mundo árabe.

La amplia experiencia del SAS -Servicio Aéreo Especial y principal grupo de operaciones especiales del Reino Unido-, en coordinación con la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) y el Mossad israelì, entre otros, aplicaron los esquemas tradicionales, auparon una guerra civil inexistente de presuntas bases confesionales y fueron respaldadas mediáticamente por más de 120 canales televisivos y el bloqueo a las señales satelitales de Siria.

A fines del 2015, sobre la base de convenios históricamente establecidos con Rusia desde la época de Hafez Al Assad, el Estado de esta nación del Levante solicitó, fundado en un principio táctico y estratégico, el respaldo aéreo de Moscú.

Nada más lógico y natural frente a una coalición internacional liderada por Estados Unidos que exhibe un poder ‘demoledor’ y a la que le importa un bledo los continuamente ‘justificados’ daños colaterales entre la población civil y la que más sufren una guerra.

A los dos años de la aplicación de la coordinación ruso-siria y los inestimables respaldos de Irán y el movimiento de resistencia libanés Hezbolá, entre otros, las Fuerzas Armadas de esta nación han demostrado la capacidad suficiente para revertir la situación en los campos de batalla en regiones de estepa, desierto o aglomeraciones urbanas.

Las prácticas de enfrentamientos se asimilaron sobre la marcha, con muchos más éxitos que fracasos, a los cual se une la utlización de la última y más avanzada técnica militar simbolizada en lo fundamental en los tanques T-90, blindados para el transporte y defensa de tropas, cohetes termobáricos y sistemas artilleros totalmente novedosos.

Sin dejar de emplear el doble rasero, la parcialidad desinformativa, los constantes cambios de ‘ánimo guerrero’ y el saboteo a negociaciones por la paz, Estados Unidos, las antiguas potencias coloniales y sus seguidores en la región, admiten ahora que Al Assad no es el mayor problema y disminuyen a términos ‘alegóricos’ las divisiones religiosas.

Pero para esos poderes, disminuídos en sus intenciones de dominio económico, es muy difícil reconocer que en dos años, Siria reconquistó más de 70 mil kilómetros cuadrados del territorio que usurparon los terroristas con el apoyo exterior, aún cuando la realidad les obligue a ‘cambiar’.

Siria, el presidente Al Assad, una parte mayoritaria del pueblo y fundamentalmente las Fuerzas Armadas, son el principal obstáculo a las pretensiones económicas y de hegemonía política basadas en el manejo inconsecuente de los petrodólares que propician el terrible saldo de más de 500 mil muertos y mutilados y pérdidas superiores a los 200 mil millones de dólares.

Una buena parte de los estratégicos e importantes yacimientos de petróleo y gas, fosfatos y mineros del centro, norte y este del territorio sirio están actualmente bajo control del Gobierno y esos éxitos en el plano militar son un principio que obliga a los enemigos a cambiar las reglas de un juego sucio.

Datos y ejemplos muestran cómo Siria ha logrado revertir a un costo dramático y en medio del espanto y el terror, la atención compleja a más de seis millones de desplazados internos y cerca de cuatro millones hacia el exterior y de los cuales, según reconoció Naciones Unidas, más de 600 mil han regresado en los últimos meses a sus lugares de origen.

De igual manera, la política de reconciliación nacional muestra notables avances, facilita la paz en más de dos mil poblados, ciudades y aldeas y propicia una relativa estabilidad en las cuatro zonas de distensión creadas en el norte, centro y sur de Siria, y en todo lo cual se incluye la aceptación de diversos grupos de extremistas por mantenerlas.

Los avatares de la guerra impuesta a Siria constituyen ahora y pese a quien le pese, un panorama que alienta a la sensatez y permite con objetividad y realismo despejar el camino hacia la paz a pesar del caos imperante en el mundo sobre la base del terror y la subestimación de la especie humana.