La Casa Blanca ha enviado a Colombia, Argentina, Chile y Panamá al vicepresidente Mike Pence en la gira de mayor nivel institucional a Latinoamérica desde que Donald Trump asumió la jefatura del Estado hace siete meses.

El principal objetivo de su viaje no ha sido de índole comercial; la razón de fondo es muy evidente: aumentar sobre el terreno la presión política, diplomática y económica que ya está ejerciendo sobre el Gobierno de Venezuela.

Pence tuvo que hacer de nuevo de apagafuegos de su jefe. La (pen)última torpeza del presidente de Estados Unidos fue amenazar a Caracas con una intervención armada para acabar con el caos político e institucional que padece ese país caribeño desde hace meses. «Tenemos muchas opciones para Venezuela, que es nuestro vecino. Estamos por todo el mundo y tenemos tropas por todo el mundo en lugares que están muy muy lejos; Venezuela no está muy lejos y la gente está sufriendo y muriendo. Tenemos muchas opciones para Venezuela, incluida una posible opción militar si es necesario», dijo Trump en el exclusivo club de golf que posee en Nueva Jersey.

Tamaño disparate no podía quedar sin respuesta, incluso entre los más leales aliados a la política de Washington. Ya en la bella ciudad costera de Cartagena de Indias, Pence tuvo que escuchar cómo el propio presidente colombiano, Juan Manuel Santos, rechazaba tajantemente el uso de las armas para dirimir el fuerte conflicto que enfrenta al Ejecutivo de Nicolás Maduro y la oposición.

«El fantasma de las intervenciones militares en América Latina hace mucho tiempo que desapareció y no queremos que vuelva a aparecer«, le espetó Santos.

«Los amigos tienen que decirse las verdades, le expresé al vicepresidente Pence que la posibilidad de una intervención militar no debe ser contemplada ni Colombia ni América Latina, desde el sur del río Grande hasta la Patagonia, podrían estar de acuerdo. América es un continente de paz. Mantengámoslo así», enfatizó más tarde el líder colombiano.

Las declaraciones de Santos revisten de un especial significado porque él es el máximo representante de uno de los 14 países de América Latina y el Caribe que este mismo mes de agosto suscribieron la llamada Declaración de Lima. El documento, firmado por los cancilleres de Argentina, Brasil, Canadá, Colombia, Costa Rica, Chile, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay y México, considera que Venezuela «ya no es una democracia» y que «son ilegítimos» los actos emanados de la Asamblea Nacional Constituyente. También condena «la violación sistemática de los derechos humanos y libertades fundamentales, la violencia, la represión y la persecución política, la existencia de presos políticos y la falta de elecciones libres bajo observación internacional independiente». En otras palabras, la Declaración de Lima representa un claro e inequívoco posicionamiento a favor de las tesis de los opositores a Maduro.

El vicepresidente norteamericano rebajó, en cierta medida, el tono belicoso y militarista de Trump, cuando transmitió a Santos que había sido enviado «para seguir buscando el apoyo de América Latina y lograr la restauración pacífica de la democracia en Venezuela» y que «cualquier medida que se tome será de forma consensuada con los países de la región». Dado el rechazo unánime de los latinoamericanos a utilizar las botas de los Marines en Caracas, la opción violenta se aleja del horizonte. Por el momento.

Pero la auténtica razón del periplo de Pence no es calmar a Santos y compañía. Radica en algo mucho más práctico. Se trata de estudiar, junto a algunos de sus socios latinoamericanos, «una gama de sanciones económicas y diplomáticas» que se unirán a las 12 medidas ya impuestas por Estados Unidos contra el líder venezolano y su círculo más cercano. «Estoy aquí para construir una alianza sin precedentes para aislar a Venezuela», desveló sin tapujos el exgobernador de Indiana.

Trump y Pence utilizan distintas palabras pero comparten la misma doctrina. La estrategia pasa por el estrangulamiento del postchavismo con el argumento de que Venezuela corre ya el riesgo de transformarse en un «Estado fallido» que amenazaría la seguridad y la prosperidad de todo el hemisferio americano, pues significaría más emigración ilegal, más narcotráfico, con el consecuente coste para las economías vecinas. Pence insistió, parafraseando a Trump, en que Estados Unidos «no se va a quedar tranquilo ante la creación de una dictadura» en Venezuela. Ese es el mensaje que traía en la maleta.

La siguiente parada de avión se fijó en Buenos Aires, donde Pence se entrevistó con el presidente argentino, Mauricio Macri, a quien felicitópúblicamente «por sus audaces programas de cambio para transformar la economía del país y reinstalar la reputación en el mundo». Todo un cumplido. A pesar de esa evidente palmada en la espalda, la crisis venezolana planeó sobre las entrevistas programadas, ennegreciendo las citadas alabanzas.

En Mercosur no ven que la violencia sea una alternativa y así lo subrayó Macri a Pence, quien le confió que cuentan con ellos en esta alianza porque «viven en el mismo vecindario». El dirigente argentino destacó que la fórmula para romper el nudo gordiano que atrapa a los venezolanos «no es la utilización de la fuerza sino profundizar en la vía política».

Macri cometió el error de subrayar que «hay unanimidad en el continente con el liderazgo de EEUU para mantener la presión» a Venezuela. Esa unanimidad no existe realmente, porque varias naciones de la región, como Ecuador o Bolivia, continúan apoyando el discurso del sucesor de Hugo Chávez.

El vicepresidente norteamericano ha viajado también a Chile, controlado todavía por la izquierda, prueba indiscutible de que el consenso contra Maduro se hace cada vez más amplio y no se circunscribe sólo a gobiernos de la derecha.

Pence, sin embargo, no ha recalado en Brasil, el gran ausente de su intensa tournée. ¿Por qué? La inestabilidad política reinante desaconsejaba esa eventualidad. El presidente brasileño, Michel Temer, se ha salvado por los pelos de ser investigado por corrupción, aunque un fiscal general asegura que tiene indicios suficientes para presentar otras dos demandas contra él por los presuntos delitos de obstrucción a la justicia y pertenencia a una organización criminal. Como dice el dicho, no estaba el horno para bollos.