Los mandatarios de los países más influyentes de Occidente, como EEUU, Francia o el Reino Unido, cada vez tienen menos apoyo de la población, afirma el especialista en asuntos internacionales y columnista de Sputnik Rostislav Íshenko.

El nivel de popularidad del presidente de EEUU, Donald Trump, alcanzó su mínimo histórico —tan solo el 34%— tras los violentos enfrentamientos entre neonazis y antifascistas, que tuvieron lugar en la ciudad estadounidense de Charlottesville y que pueden también propagarse a otras regiones del país norteamericano.

Ahora, el mandatario estadounidense corre el riesgo de perder el apoyo de la derecha conservadora blanca, que anteriormente constituía el núcleo esencial de su electorado.

El presidente más joven de la historia de Francia, Emmanuel Macron, que llegó el 15 de agosto a sus primeros 100 días como presidente del país, tampoco cuenta con el apoyo mayoritario del pueblo francés. El nivel de popularidad de Macron solo alcanza el 36%, y es incluso más bajo que el de su predecesor, François Hollande, quien además había sido el presidente peor valorado en la historia de la república.

A su vez, el ministro de Macron François Bayrou, exresponsable de Justicia —quien solo estuvo en el poder poco más de un mes— o el general Pierre de Villiers, conocido por estar en contra de la reducción del presupuesto militar, ya han dimitido.

En cuanto al Reino Unido, el apoyo a la primera ministra, Theresa May, también está por los suelos. Solo 11 meses después de la victoria del Partido Conservador en las elecciones, el 9 de junio, el partido perdió la mayoría en el Parlamento. La propia primera ministra también corre el riesgo de renunciar a su cargo en un futuro próximo.

Los tres políticos llegaron al poder de modos diferentes, pero en general, recorrieron el mismo camino, desde altos niveles de popularidad hasta la falta de apoyo.

Emmanuel Macron fue promovido por las élites que controlan la política en  Francia, mientras que Donald Trump fue candidato de la llamada élite alternativa. A su vez, Theresa May supone un intento de llegar a un compromiso entre la élite tradicional y la alternativa.

«Occidente perdió flexibilidad política y ya no es capaz de adaptarse a las nuevas condiciones. La crisis del sistema, así como la falta de recursos, no dejan a las élites espacio para el compromiso. La lucha es cada vez más encarnizada, y las élites pierden el control sobre los acontecimientos. El único modo de reducir las tensiones en el país es ‘propagarlas’ en el extranjero. No obstante, esta posibilidad se ve bloqueada por la fuerza militar de Rusia y China. De este modo, Occidente está en un callejón sin salida», concluye Íshenko.