Estábamos viviendo en el horror y pensando en la muerte en cada momento, declaró Mahmoud Had, un maestro jubilado, que, con sus cuatro hijos y esposa, escapó de la ciudad iraquí de Tal Afar.

El centro urbano sufre los bombardeos aéreos de la coalición internacional que encabeza Estados Unidos y también el fuego a discreción de los combatientes del Daesh o Estado Islámico refugiados en esa localidad.

Los ciudadanos que huyen del tal vez último reducto de los terroristas en Iraq, lo hacen en horas de la noche para evitar las represalias de los extremistas; quizás la menos dolorosa, el asesinato a mansalva.

‘Hemos escapado por la noche, durante la oración de la tarde’, relató Khalaf de 20 años de edad. ‘Todos los combatientes de Daesh estaban rezando en la mezquita y lo aprovechamos para huir. Si nos sorprendieran habrían vaciado de proyectile sus armas sobre nosotros como hicieron con algunos de nuestros vecinos.

El joven contó que su fuga ocurrió hace cinco semanas con otras 40 personas residentes en la aldea de Kisik. Caminaron un día entero para llegar a un punto de control del Ejército iraquí, explicó.

En Kisik, no hay agua, ni comida, ni pan, ni medicinas, nada, y los precios se han disparado hasta las nubes; una bolsa de arroz de un kilogramo vale al equivalente de unos 40 dólares.

Sultan Abdallah y su familia escaparon de Kisik con Khalaf y todos viven en el campamento de refugiados de Al Salamiya.

‘Nos pasamos tres meses sin comida’, apuntó Abdallah. Él está preocupado por un hermano, un primo y un tío que dejó atrás y no sabe de ellos.

Saad Al Bayati huyó de Tal Afar hace cinco días con su familia, por temor a los bombardeos aéreos, de los cuales escuchó lo sucedido en el casco viejo de la ciudad de Mosul, donde familias enteras murieron a causa de las bombas.

‘Yo no quería ver a mi familia enterrada bajo los escombros’, comentó.

A principios de este año, fuerzas iraquíes sitiaron a Mosul, ciudad proclamada capital del autodenominado Estado Islámico, para luego lanzar un asalto.

Esa ofensiva provocó un éxodo de personas que, atrapadas entre el Daesh y los ataques aéreos de la coalición internacional, recibieron metralla de ambos bandos y pusieron los muertos, como está pasando en Tal Afar, dicen los testigos.

También los terroristas utilizaban a los civiles como escudos humanos, pero el Ejército iraquí y el apoyo internacional continuaron disparando con un alto saldo de occisos.

Los extremistas impidieron que los familiares enterraran a sus muertos y así permanecieron durante días los cadáveres en las calles para atemorizar a quienes deseaban huir.

En total, más de 700 mil personas huyeron de Mosul, uno de los mayores éxodos en la historia de Iraq, y las agencias de ayuda humanitaria de Iraq y de la ONU no daban abasto para atender a los heridos o enfermos.

Expertos de Naciones Unidas y de la Organización Internacional para las Migraciones estiman que de 10 mil a 40 mil personas quedan en Tal Afar y sus alrededores, de ahí que la estampida sea menor, aunque el horror siga siendo el mismo para esos ciudadanos entre dos fuegos.

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