Los recientes atentados terroristas en Cataluña, que provocaron 15 muertos y más de 100 heridos, sirvieron para que afloraran al menos cinco conclusiones de las que se pueden extraer importantes lecciones para el futuro.

1.— Un comando terrorista joven pero preparado

El perfil de los terroristas denota que todos eran jóvenes musulmanesmenores de 25 años, que actuaban tras haber sido captados por un imán local muy radical que les lavó el cerebro convenciéndoles de que Occidente es su enemigo. Algunos estaban perfectamente integrados, con trabajos bien remunerados. El comando, que tenía conexiones en París y Bruselas, tenía un objetivo mucho más sangriento: planeaba golpear en lugares emblemáticos de Barcelona como la basílica de la Sagrada Familia. Pero la voladura accidental de la casa donde reunían explosivos y bombonas de butano modificó súbitamente sus planes. Optaron por improvisar un atropello masivo en Las Ramblas de Barcelona y en la localidad turística de Cambrils. Este ‘modus operandi’, similar al de los ataques de Niza, Berlín o Londres, requería poca infraestructura y se enmarca dentro del fenómeno mundial de radicalización que auspicia la organización terrorista Daesh. El hecho de que este grupo esté perdiendo la guerra en Siria o Irak implicará la aparición de nuevas células durmientes, principalmente en Europa.

2.— Fuertes brotes de islamofobia en la opinión pública

Transcurrida menos de una semana de los hechos, ya se hicieron visibles algunas muestras de intolerancia hacia los colectivos islámicos, que saltaron a otros territorios de España. Las pintadas llamando asesinos a unos carniceros musulmanes, los ataques al menos a cuatro mezquitas, incluso la agresión física a un menor alertan de que la islamofobia y el terrorismo se retroalimentan. La ola de insultos y de odio es más fuerte que la que se produjo tras los atentados del 11-M en 2004 en Madrid, aunque éstos fueran también de corte yihadista. La razón es que entonces la sociedad española interpretó que la causa había sido la guerra de Irak, así que se enconó en la política, pero no en el rechazo al islam. Eso ha cambiado ahora. Aunque todavía representan casos aislados, la tendencia es muy preocupante pues puede convertirse en el germen de próximos enfrentamientos o provocaciones de organizaciones extremistas o ciudadanos descontrolados.

3.— Caos informativo en los medios de comunicación

La excepcional magnitud de los acontecimientos y el legítimo afán de informar cuanto antes a los ciudadanos dieron rienda a situaciones muy poco profesionales. Se estuvieron difundiendo noticias falsas durante horas como la de que un terrorista —o dos— se habían hecho fuertes en un bar turco cercano al lugar de los hechos y habían tomado rehenes. Reputados periódicos digitales confirmaron bulos que posteriormente fueron desmentidos por las autoridades catalanas. Afortunadamente, algunos medios tuvieron la valentía de admitir sus propios errores y hacer un análisis autocrítico de la lamentable situación, al subrayar que los atentados fueron «probablemente, uno de los que mayor caos ha producido en los medios de comunicación españoles». Loable ejercicio pedagógico que debería hacerse extensivo a otros compañeros periodistas para que no se publiquen más interpretaciones apresuradas cuando no manipuladas o fotos de víctimas que no aportaban datos sino morbo. Moraleja: es preciso contrastar la información y tener siempre presente la razón de servicio público que ampara a la prensa.

4.— Los políticos no estuvieron a la altura de las circunstancias

Los ataques dejaron muy mal parados a los políticos. Casi todos, independientemente de su ideología, intentaron sacar un mezquino rédito de las tristes circunstancias que los rodeaban. El enfrentamiento entre el poder central y el autonómico se hizo dolorosamente evidente desde el primer minuto cuando el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, y el de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, comparecieron por separado ante la prensa para hacer sus respectivas declaraciones. Un día después, conscientes del mensaje de desunión que transmitían, se presentaron juntos, pero el daño ya estaba hecho. La estrategia de comunicación fue un absoluto fiasco. Por no hablar de las sonadas meteduras de pata de unos y otros.

Por ejemplo, el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, dio por desarticulada la célula terrorista antes de tiempo y fue desautorizado por los policías catalanes. Otro disparate colosal lo cometió el consejero de Interior del Ejecutivo regional, Joaquim Forn, cuando dijo literalmente que entre los muertos «había dos personas catalanas y dos personas de nacionalidad española». Al utilizar esos términos pareció como si de dos nacionalidades distintas se tratara; como si desconociera que las víctimas catalanas, en tanto que nacionales de España, también son españolas; o lo que es peor, como si las pérdidas no fueran las mismas en uno y otro caso. Bueno, pues el tal Forn no rectificó sus palabras. Sin comentarios.

5.— Luces y sombras en el papel de la Policía

En este capítulo, es preciso explicar dos particularidades. Primera, la competencia en materia policial en Cataluña recae sobre el Gobierno catalán. Segunda, el Ejecutivo y el Parlamento catalanes tienen previstocelebrar un referéndum de autodeterminación el próximo 1 de octubre, pese a que no cuenta ni con la autorización de las autoridades de Madrid ni con el apoyo de los dos grandes partidos a escala nacional. Con estos antecedentes de autonomía y separatismo, la actuación de la Policía regional o Mossos d’Esquadra fue manipulada políticamente para acomodarse a los intereses a veces contrapuestos de unos y otros.

No obstante, en honor a la verdad, la intervención de los agentes del orden catalanes rayó en la brillantez, pues el lunes 21 de agosto habían conseguido neutralizar al autor material de la masacre que se encontraba huido, después de que fuera localizado gracias a la colaboración ciudadana. Todo un éxito. Pero eso no oculta otras claves que plantean dudas sobre la eficacia policial, como los antecedentes del imán que organizó los ataques, la presunta alerta de la CIA sobre un atentado en Las Ramblas, la decisiónde no colocar bolardos u obstáculos móviles en ciertas arterias céntricas de Barcelona o el hecho de que los terroristas acumulasen más de 100 bombonas de butano sin levantar sospechas.