Durante la campaña electoral y luego del apretado triunfo del 2 de abril, el ahora presidente de Ecuador, Lenín Moreno, insistió en que impondría su estilo de gobernar y que llamaría a un gran diálogo nacional, incluso con sectores de oposición, en un esfuerzo por reconciliar a un país polarizado.

Ecuador salía de una década bajo el mandato de Rafael Correa, líder del proyecto político de la Revolución Ciudadana, quien, con su estilo de gobernanza y de comunicación, había creado simpatías, pero también fuertes resistencias, sobre todo en la derecha.

Desde el mismo día de su asunción al poder, Moreno anunciaba que no habría más enlaces ciudadanos sabatinos, que se constituyó durante la era de Correa en la principal herramienta para rendir cuentas de su gestión y desmentir el discurso de opositores y de sectores mediáticos.

Moreno, también, anunciaba la supresión de los ministerios coordinadores, el indulto a personajes enjuiciados durante el gobierno anterior, la revisión de la Ley de Comunicación, el acercamiento con los medios de prensa tradicionales y que su gabinete estaría formado por grupos diversos.

Estos anuncios desataron una serie de comentarios, principalmente en las redes sociales, entre la militancia de Alianza PAÍS, que estaba a favor de esas medidas, y la que las rechazaba.

LOS DIÁLOGOS DE LENÍN

En la línea de los diálogos, Moreno mantuvo en los primeros meses encuentros con líderes de distintas agrupaciones políticas, entre ellos el alcalde de Guayaquil, del opositor Partido Social Cristiano; Abdalá Bucaram, hijo del exmandatario del mismo nombre, y la dirigencia de Pachakutik, a la que le entregó en comodato por 100 años la sede en Quito.

Estos encuentros provocaron las primeras reacciones del expresidente Correa, quien cuestionó, sobre todo, el encuentro con Bucaram, cuya familia durante la campaña se dedicó a ofender a los principales dirigentes de Alianza PAÍS, entre ellos al vicepresidente Jorge Glas.

Posteriormente, Correa y la directiva del movimiento oficialista denunciaron que, a propósito de los diálogos, se estaría cediendo en los principios ideológicos. Se puso como prueba un supuesto pacto para entregar la administración de las eléctricas, uno de los sectores que más ingresos genera al fisco, a la familia Bucaram.

Sin embargo, la pugna entre los líderes del movimiento se agravó cuando el presidente Moreno, en cadena nacional, presentó las cifras de la deuda pública dejada por su antecesor y las medidas económicas para recuperar la economía.

Desde Bélgica, donde se encuentra con su familia, a través de las redes sociales Correa desmintió las aseveraciones de Moreno en cuanto a la deuda pública, y advirtió que con este escenario se buscaba justificar un probable “paquetazo” de medidas económicas.

Al mismo tiempo, el ambiente político se caldeaba con las revelaciones de las investigaciones de corrupción, especialmente en la trama conocida como Odebrecht, en las que se mencionaba al vicepresidente Jorge Glas.

Fue a propósito de estos hechos que se produjo la ruptura entre los mandatarios el pasado 2 de agosto con la publicación de una carta pública del vicepresidente, en la que cuestionó las acciones del presidente Moreno, quien, por su parte, al día siguiente le retiró las funciones asignadas por considerar que fue “una carta grosera” del segundo mandatario.

LA MEDIACIÓN DE ALIANZA PAÍS

En medio de ese conflicto, el bloque de 74 asambleístas de AP, en un esfuerzo por calmar la tensión, emitió el 4 de agosto un pronunciamiento en el que exhortaba al diálogo a sus líderes para no poner en riesgo el proyecto político, del cual podían sacar provecho sus reales adversarios.

También se comprometieron a emprender acciones inmediatas para facilitar el restablecimiento de una relación política basada en los postulados del proyecto político. Garantizaron, además, la lucha contra la corrupción, el respaldo a la política pública del mandatario, y no caer en las prácticas del “viejo país”, como la aceptación de mecanismos de compra de conciencias y cooptación.

DOS PRESIDENTES DIFERENTES

La analista política y una de las fundadoras de AP, Aminta Buenaño, considera que lo que ocurre en el movimiento oficialista se debe a que el país pasó de un presidente enérgico, confrontador y mediático, a un mandatario reflexivo, dialogante, que desea gobernar sin que se lo sienta.

“¿Uno es mejor que otro? No. Diversos en la unidad. Son dos caras de una misma moneda. Son distintos, y cada cual tiene su estilo, pero ambos enmarcados en la línea de conducta social por la que votó la mayoría de los ecuatorianos”, escribió en el diario público El Telégrafo.

Por su parte, el historiador Jaime Galarza da por hecho un escenario de ruptura.

“Alianza PAÍS está rota. A poco de la victoria obtenida el 2 de abril, la más importante organización política ecuatoriana se rompió en varios pedazos, principalmente en dos: los seguidores del fundador y declarado presidente vitalicio del movimiento, Rafael Correa, y los seguidores del mandatario Lenín Moreno”.

El también escritor lamenta que esta ruptura esté causando desconcierto, decepción y alejamiento de militantes.

A pesar de ese escenario, Buenaño es optimista y llama a la militancia a tener paciencia y dar un espacio al presidente Moreno para gobernar.
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Total desconcierto

Para el periodista chileno-ecuatoriano Patricio Mery Bell, “lo que se está viviendo en Ecuador es un proceso esquizofrénico”. Entrevistado por la Radio del Sur, Mery Bell considera que la actuación de Moreno “ha sido irracional”. Dijo el periodista que aunque el gobernante ha puesto el diálogo como prioridad en el país, no lo aplicó con el vicepresidente Jorge Glas. Asimismo, destacó que la fiscal que investiga a Glas tiene vínculos con los EEUU, que el actual ministro de Hidrocarburos trabajó para Halliburton y que el nuevo director del diario público El Telégrafo trabajó para rotativo El Comercio.

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