Tras cinco esperados episodios, el pasado 20 de agosto concluyó la primera temporada de la serie que por estos días acapara la atención de los espectadores de México, Canadá y Estados Unidos: ‘La renegociación del Tratado de Libre Comercio para América del Norte’ (TLCAN).

La buena noticia para los que están pendientes de este tipo de dramatizados es que los tres productores ejecutivos de ‘La renegociación’ —como abreviadamente llamaremos a este ‘remake’ de la serie original estrenada en 1994— decidieron renovarla para una segunda temporada cuando muchos temían que las encopetadas exigencias financieras de uno de sus protagonistas —Estados Unidos, el de mayor peso comercial en la trama— pondrían fin a la continuidad de la misma.

Juego de Cronos

No ocurrió así, afortunadamente; incluso se logró el acuerdo de adelantar la fecha de estreno de la temporada dos para inicios de septiembre —y no el 10 como se había anunciado—, lo que aviva la esperanza de que los creadores de la serie estén de veras enfocados en cumplir con las siete entregas pactadas antes de la ‘première’ y no concluirla abruptamente. Si alguna coincidencia muestran los productores ejecutivos de ‘La renegociación’ es la voluntad manifiesta de que las diferentes temporadas de la serie se sucedan lo más pronto posible, con un ‘ritmo acelerado’, para no dilatar mediante torpes artificios una trama que solo tiene dos finales verosímiles: o los protagonistas resuelven sus conflictos de modo amigable y se salva el TLCAN, o las ‘diferencias irreconciliables’ terminan con un incómodo ‘ménage à trois’ en el que una de las partes ya hace mucho tiempo que no disfruta y hasta se siente ultrajada.

A pesar de que la publicidad previa al estreno hacía prever una primera temporada de ‘La renegociación’ con fuertes nudos dramáticos, la realidad demostró que el alto déficit comercial que enfrenta al protagonista latino y al rubicundo villano anglosajón, si bien constituyó una parte esencial de la trama, no alcanzó en los cinco capítulos emitidos entre el 16 y el 20 de agosto los niveles teatrales de antagonismo que se anticipaban, quizás porque los guionistas se dieron cuenta del absurdo que significaba forzar a que uno de los personajes aumente su déficit comercial para que otro disminuya el suyo, quizás porque se limitaron a la presentación de los protagonistas y sus conflictos antes de pasar a enfrentarlos. Ni siquiera se cumplieron las expectativas de algunos que se dicen especialistas y hablaron de una fuerte depreciación del peso mexicano que haría tambalear la actitud resuelta del protagonista latino.

Ello no quiere decir que lo visto hasta ahora de ‘La renegociación’ haya estado exento de dramatismo. La subtrama de los bajos salarios que se pagan en México —lo cual ha propiciado la pérdida de puestos de trabajo por el éxodo de empresas estadounidenses, en especial del ramo automotriz, hacia tierras aztecas— dio un giro imprevisto en la historia cuando Canadá, el secundario de lujo de la serie y al que se veía en el guion como un potencial aliado del protagonista, pactó momentáneamente con el sempiterno villano rubicundo para de conjunto reclamarle al personaje latino por esa situación y por las condiciones laborales de los trabajadores mexicanos.

Como el protagonista no quiere que se le mencione un tema que le resulta en extremo delicado, es probable que en la segunda temporada de la serie esta subtrama cobre una mayor relevancia.

Asimismo, un incidente que por ahora parece ajeno a la historia principal de ‘La renegociación’ —el despido de Steve Bannon del círculo íntimo del presidente Donald Trump el pasado 18 de agosto— puede cobrar mayor peso en la segunda temporada, aunque resulta difícil predecir si ello significará un decremento en las intenciones de proteccionismo comercial del villano o un incremento en sus niveles de antagonismo, sobre todo ahora que debe reencauzar su discurso político ante el bajo ‘rating’ que han tenido sus últimas apariciones en pantalla. Los especialistas consideran que es previsible temer una mayor cuota de antagonismo en la anunciada segunda temporada de ‘La renegociación’, siquiera porque el villano rubicundo debe ser coherente con la verborrea agresiva y populista que lo convirtió en un bribón simpático para una parte significativa de los espectadores estadounidenses de la serie desde mucho antes de su estreno.

Los ‘showrunners’ del ‘remake’ del TLCAN deben estar satisfechos; también los espectadores: por ahora se puede considerar como exitoso el arranque de ‘La renegociación’, pues, a pesar de la disparidad de conflictos de los protagonistas, de sus altercados comerciales en materia de ‘dumping’ y subsidios, la Declaración Trilateral hecha por los productores ejecutivos tras el último capítulo de la primera temporada —»se reunirán de nuevo en México (…) del 1 al 5 de septiembre (…), continuarán en Canadá a finales de septiembre y regresarán a Estados Unidos en octubre»- apunta hacia el posible ‘happy ending’ que muchos anhelan, ese final feliz en el que se borren las etiquetas de héroe, villano y secundario de lujo que hoy acompañan a los histriones de una serie que durante cinco días de agosto acaparó la atención de los espectadores de México, Canadá y Estados Unidos.