La nueva esperanza «blanca» ha sabido estigmatizar al grueso de sus opositores, como los representantes de la chusma, la canalla y la negritud.

«El eterno retorno es un intento de unir los dos principios de la antinómica de la felicidad: es decir, aquel de la eternidad y aquel del: ‘otra vez’. La idea del eterno retorno produce por encanto, a partir de la miseria del tiempo, la idea especulativa (…) de la felicidad»

Walter Benjamin

— En la Argentina, la alianza Cambiemos ha logrado convertirse en algo así como el semblante de la fuerza social de la bonhomía, capturando, con ello, toda una serie de arraigados prejuicios sobre las bondades y virtudes de la vieja inmigración ultramarina (primera ambigüedad, en ello subyace el desprecio y la estigmatización de la hediondez mestiza, y/o negroide); allí radica el secreto de la eficacia transversal (policlasista) de su imaginería. Por otra parte, propone y propende hacia un paisaje post-peronista (aquí la segunda ambivalencia, hace jugar, también, el gorilismo) que más que desplazar el eje de trabajo-dignidad por el de consumo-mérito, propicia una mutación del eje primordial -el del trabajo-, hacia el de emprendedurismo-merito. En este orden de sentido, emprendedores son quienes saben «crear trabajo» en un mundo donde ya no resulta posible salir a «buscar» que alguien te lo dé; hete ahí el nuevo anclaje de la dignidad laboral-emprendedora.

Donde efectivamente opera un desplazamiento, es en la concepción de los «sujetos de derecho» que aquella mutación supone e implica. En tal sentido, su éxito resulta pasmoso e inquietante cuando se advierte que no pocos sectores de la ciudadanía se manifiestan dispuestos a perder ciertos derechos, para poder cultivar virtudes (habría que ver hasta dónde, efectivamente, se está [email protected] a renunciar). Se plantea el concepto de que los derechos no son innatos, ni mucho menos se conquistan, sino que se adquieren cultivando virtudes, tales o cuales (quizás aquí el gran drama es el de la efectiva irrealidad de la redicha «igualdad de oportunidades», pero la celebración moral de la «dignidad» meritocrática es una falacia fértil que la suple, mal que bien; subjetivamente, se trata de pasar «la prueba de la blancura»).

— Al parecer, la estratagema informacional-comunicacional oficialista opera, en general, a través de ambigüedades conducentes, y eso ha trastornado un poco la sensibilidad analítica del progre-izquierdismo vernáculo (tara algo llamativa, teniendo en cuenta todo lo que ha planteado y/o postulado en torno al postmodernismo, y al anclaje de la filosofía PRO en esta suerte de horizonte de época). [email protected] crí[email protected] han destacado sus rasgos «progres», o su novedad «democrática», y [email protected] [email protected] su prosapia oligárquico-liberal indefectiblemente represiva y excluyente. Para mi es evidente que se trata de dos caras de la misma moneda; en todo caso, más que «progre» o «democrático», la índole de Cambiemos me sabe más a la de un neoliberalismo civista, donde las virtudes de la transparencia, el compromiso y la abnegación (no tanto la compasión o la piedad), se conjugan con la intransigencia, la firmeza y la petulancia a la hora de hacer cumplir la ley, etc. A diferencia de lo que fue la politización populista, el civismo es franca y decididamente policial (en sentido marxiano-gramsciano); declara, proclama y declara venir a combatir las mafias, salvar la república, hacer justicia, poner Orden y traer Progreso (la alianza cambiemos no antagoniza con tales o cuales rivales políticos, anatemiza con supuestos némesis morales -la ambigüedad, aquí, radica en el dispositivo de eugenesia moral que esto parece suponer, y el advenimiento del fascismo post-moderno que parece habilitar).

En tal sentido, este neoliberalismo civista se opone, genuina y deliberadamente, al neoliberalismo popular de corte menemista; incivil, «salvaje», «mafioso», y que lejos de ser combatido, habría sido amparado por «el garantismo» nacional y popular. Restaurar la república y ordenar su infraestructura neoliberal sería la tarea. El propio entramado dirigente-empresarial del PRO, nos muestra, de tal modo, que «el Cambio» resulta plausible, y que empieza, efectivamente, por casa (Macri habría cambiado, se dice, dejó atrás los negociados de «la patria contratista» y cultiva la responsabilidad empresarial; claro que este «cambio» personal se ha mostrado por demás dudoso, sino como una lisa y llana impostura).

— Si bien es cierto que la gobernanza «populista» no significó, ni mucho menos, una subversión de la estructura social, sí que amenazó con subvertir su orden simbólico racista — y acaso también machista y heteronormado. Como tal subversión no parce haberse consumado, sólo ha quedado la imagen de una degradación moral de la sociedad, y la nueva esperanza «blanca» — «hermosa» y «pura»- ha sabido explotar este panorama, para estigmatizar al grueso de sus opositores, como los representantes de la chusma, la canalla y la negritud de alma en general. Pero, al mismo tiempo, nos da la chance de cambiar, con y como [email protected] (la táctica del acercamiento de los dirigentes PRO con «la gente», es muy eficaz en este sentido), «cree en [email protected]», [email protected] podemos ser parte de la fuerza social de la bonhomía, salir adelante y sacar adelante al país de tal manera.

[email protected] podemos pasar «la prueba de la blancura» y, para el caso, ¿qué mayor concreción de la igualdad de oportunidades que esa? ¿Qué mayor difuminación de las diferencias de clase, que ser parte de la gente con clase? ¿Qué mejor manera de sublimar las diferencias de clase que la eugenesia moral? ¿Qué mayor muestra de cuidado para «la gente de buena voluntad» que la represión, estigmatización y la persecución de sus abyectas otredades? La alianza cambiemos no antagoniza con tales o cuales rivales políticos, anatemiza con supuestos némesis morales (la ambigüedad, aquí, radica en el dispositivo de eugenesia moral que esto parece suponer; más todavía, el sombrío advenimiento de un fascismo post-moderno que todo esto parece habilitar). Su filosofía moral es ahistórica y antihistórica, reniega del pasado y pregona un futuro que no es más que un eterno retorno a este presente. Su postulado no es el de la negatividad crítica, sino más bien el de la afirmación cínica. Su felicidad no está en la gloria, sino en la seguridad. No aspira a asaltar los cielos, sino al «cuidado de sí».

— La bonhomía PRO no reniega del interés egoísta, al contrario, mas al mismo tiempo nos lo presenta bajo un semblante abnegado, comprometido y altruista.

«Como vemos, el interés egoísta posee dos pesos y dos medidas para pesar y medir a los hombres, dos maneras de ver el mundo, dos pares de anteojos, uno de ellos rosados, los otros oscuros. Cuando se trata de convertir a otros hombres en instrumentos suyos y de paliar los medios equívocos, el egoísmo se pone las gafas color de rosa para ver nimbados de gloria sus instrumentos y sus medios y el egoísmo finge dejarse llevar y llevar a los demás por los dulces sueños de un alma delicada y sumisa. Cada una de las arrugas de su semblante aparece transfigurada por la sonrisa de la bondad. Aprieta la mano del adversario hasta magullarla, pero como una prueba de confianza y de amor. Mas, de pronto, se deja oír entre bastidores, donde se han esfumado las ilusiones de la escena y donde trata de cerciorarse recelosamente de la eficacia de los instrumentos y de los medios. El rigorista conocedor de la naturaleza humana, cauteloso y desconfiado, se pone las prudentes gafas oscuras, los anteojos de la práctica. Y, como un diestro tratante en caballo somete a los hombres a una larga inspección ocular a la que no se escapa detalle, y los ve tan pequeños, tan sucios y tan deleznables como lo es el propio egoísmo».

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